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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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—Eso es lo que debo encontrar: la inspiración de cada raza –le confirmó Flinn cruzándose ostentosamente de brazos–. Cuando me haga con todo eso se me indicará el siguiente paso que deberé seguir.

—¿Cuándo comienzas la búsqueda?

—¡Ahora mismo!

Flinn cambió de postura y agitó su mano derecha, a la vez que avanzaba hacia Braddoc. El enano retrocedió, y entonces advirtió que estaba en un lugar distinto… Un lugar oscuro bajo tierra. Los poderes protectores de su lente lo ayudaron a recuperarse con celeridad. Se estremeció al recordar lo que le había sucedido en otras ocasiones en que había usado los poderes del ocular.

—Estamos en Rupestre –señaló Flinn–. Enséñame el camino a Denwarf.

6

—Explicadnos de nuevo el porqué de tanta prisa en llegar a Armstead –le preguntó Melios.

El consejero de Penhaligon se había reunido en la sala de juntas, varios días después de la bendición de Paz. Jo permanecía sentada en el centro de la enorme mesa semicircular. Sus dedos acariciaban las piedras de abelaat de la empuñadura de su espada.

—La puerta que conduce al mundo de los abelaat está abierta, lo que les da la posibilidad de cruzar a nuestro mundo –repitió acaloradamente–. Cuanto antes los ataquemos, menos tropas tendrán para combatirnos.

—¿Afirmáis que tenemos que instalar una guarnición permanente cerca de la aldea de Armstead para atacar a esas… cosas, a medida que salgan por esa… puerta? –inquirió lady Astwood.

Jo le dirigió una mirada de furia a la aristócrata, pero, en vez de responderle de forma agresiva, como hubiese querido, se limitó a contestar:

—A no ser que tengáis otro plan, no veo otra alternativa.

Sir Graybow se puso en pie y comenzó a deambular por detrás de la silla de la baronesa Arteris, quien se volvió para interrogarlo con la mirada. Sir Graybow se detuvo varias veces como si tuviese la intención de decir algo, pero se limitó a agitar levemente la cabeza y guardar silencio. A Jo le daba la sensación de que hablaba para sí mismo.

—Sir Graybow… –lo llamó la baronesa.

—¿Sí? –repuso el anciano en voz baja. Dándose cuenta de la situación, se volvió hacia la baronesa–. Dispensadme, señoría, estaba divagando.

—¿Os importaría compartir vuestras divagaciones?

Graybow no dijo nada por un momento, como si estuviese sopesando sus decisiones. Con un gesto de desaprobación hacia sí mismo, respondió:

—Según lo que nos cuenta la escudero Menhir, no podemos solventar este asunto por cuenta propia.

—¿Por qué tenemos que confiar en lo que la escudero nos cuenta? –cuestionó el consejero Melios–. Tan sólo tenemos su palabra y un apresurado mensaje de una insignificante delegación de Entrada, lo cual no son suficientes pruebas para creer que esos abelaat nos hayan invadido, o que ese abatón esté realmente haciendo el daño que ella afirma.

El resto de los miembros del consejo se volvieron hacia Melios. Si Jo no hubiera estado segura de que lo que pretendía el consejero era desacreditarla por la única razón de haber sido escudero de Flinn, habría entendido su punto de vista.

—Creo que el consejero Melios ha puesto el dedo en la llaga –dijo lady Astwood–. Lo siento, jovencita –agregó, volviéndose hacia Jo–, pero lo que afirmáis me parece casi demasiado fantástico para ser cierto.

Jo empuñó a Paz y se irguió, con la espada apuntada hacia abajo.

Le devolvió a la mujer su acusadora mirada y exclamó:

—¿Casi demasiado fantástico? He visto con mis propios ojos los efectos del abatón. Vuestras linternas siguen sin funcionar y los hechiceros permanecen acobardados en sus aposentos. ¿Por qué continuamos esta discusión?

La baronesa Arteris se levantó y dirigió una mirada a cada miembro de la mesa.

—Esto ha ido demasiado lejos. Es obvio que muchos de vosotros estáis en desacuerdo con la visión de la escudero Menhir debido a sus afiliaciones pasadas. Si es así, sugiero que abandonéis la mesa en estos momentos o me veré obligada a desposeeros de vuestros títulos…

—¡Cómo os atrevéis! –espetó Melios–. ¡Cómo osáis amenazar a mi familia, que ha sido leal a Penhaligon y fiel a la noble casa de Karameikos desde los albores del reino! ¡No tenéis el derecho ni la autoridad para llevar a cabo vuestra amenaza!

—No os acusé directamente, consejero –le respondió la baronesa con frialdad–. Vos mismo os habéis delatado como el principal antagonista. Si insistís en daros por aludido, ya conocéis vuestras opciones. –La baronesa hizo un gesto hacia Jo y continuó–: Son tiempos difíciles, creo en la palabra de la escudero Menhir y creo en el juramento de Fain Flinn. La palabra de un caballero es su honor, y el honor de la escudero Menhir se aproxima más al de un caballero que el vuestro.

Melios propinó un violento puñetazo a la mesa y profirió una maldición. Jo retrocedió, acariciando la empuñadura de su espada ante el temor de que el hombre intentase atacar saltando por encima de la mesa. Melios se volvió lentamente hacia la baronesa, quien permanecía en aparente calma fuera de su alcance.

—Si tenéis algo que decir, consejero, os sugiero que habléis antes de que os expulse de esta sala –advirtió sir Graybow en tono amenazador. Indicó a los guardias con un gesto que se acercasen.

—No tenéis derecho –murmuró Melios, con voz lenta y mesurada–. No tenéis…

—Todo lo contrario, consejero –le interrumpió la baronesa–. Tengo todo el derecho. Ya he ordenado una gran congregación de fuerzas.

Tengo autoridad para dar y desestimar órdenes; para confiscar propiedades; para levar ejércitos. Si decido utilizar vuestras propiedades como cuartel general, podéis estar seguro de que mis órdenes se acatarán mañana por la mañana. –Melios se aferró a su silla al oír las palabras de la baronesa. Temblaba de tal modo que Jo pensó que la sangre se le iba a derramar por la nariz y la boca.

Los guardias lo rodearon e intentaron agarrarlo cada uno por un brazo. El consejero se giró y golpeó a uno de ellos con tal violencia que le rompió la nariz; un chorro de sangre bañó el rostro del hombre.

—¡Quitadme las manos de encima! –aulló con los ojos saliéndosele de las órbitas. Melios apartó su silla de una patada y, haciendo caso omiso de todos los presentes, incluidos los guardias rodeó la mesa–. ¡Haré llegar este asunto al rey en persona! –gritó al alcanzar la puerta–. ¡En persona!

El hombre desapareció sin mediar otra palabra, dejando tras de sí un profundo silencio. El segundo guardia ayudaba a su compañero a caminar hacia la puerta, presionándole un pañuelo contra la nariz para contener la hemorragia.

—¿Creéis realmente que acudirá al rey? –inquirió lady Astwood con calma.

—Importa poco –respondió sir Graybow volviendo a su asiento, al igual que la baronesa–. La convocatoria de fuerzas dejará en descrédito cualquier historia que quiera inventar. Después de todo, nuestros mensajeros llevan tres días de delantera y, como parece que la magia no funciona, o lo hace de modo irregular, no podrá mandar un mensaje por esos medios.

—¡Y por ello debemos actuar con rapidez! –imploró Jo, adelantándose para dirigirse a la baronesa–. Ya tenéis informes que hablan de abelaat que atacan pueblos y aprisionan a la gente. A vuestra gente. Si…

—Escudero Menhir –la interrumpió la baronesa Arteris–, no pretendáis chantajearme con argumentos sobre mi gente. Es por ellos que he decidido reunir un ejército para defender las ciudades que todavía no están sitiadas, en lugar de atacar Armstead directamente.

—¿Qué…? ¡Pero si ya sabéis que los abelaat están entrando! ¡Si no los detenemos en la puerta conquistarán el ducado!

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