El ocaso de la magia
- Автор: Heinrich D. J.
- Серия: Trilogía Penhaligon #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Purita Méndez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:
—Kagyar se aseguró de que los enanos nunca se olvidasen de cómo vivir bajo tierra para que, en caso de que se produjera otra catástrofe, supieran cómo sobrevivir.
—Sé algo sobre los Inmortales. Kagyar también les concedió a los enanos algo que los hacía inmunes a aquellos vientos –añadió Flinn–. ¿Qué era esa cosa?
—No tiene nombre, es un antídoto contra esos venenos…
—Y es, además, un antídoto contra la magia –lo interrumpió Flinn.
Braddoc asintió.
—Kagyar también creó a Denwarf, una criatura que no era un enano sino un ser de piedra. Denwarf fue creado después de que los enanos se instalasen en Rupestre, cosa que desconoce la mayor parte del mundo. Kagyar adiestró a Denwarf para que hiciera florecer la civilización de los enanos. Al completar esta encomienda, Denwarf desapareció entre las profundidades de Rupestre.
Flinn se detuvo y se giró para mirar a su acompañante, quien dejó escapar un gruñido al intuir cuál sería la próxima pregunta. Antes de que Flinn abriese la boca, alzó una mano y dijo:
—La resistencia de un enano a esos extraños vientos aumenta a medida que su experiencia y conocimiento del mundo se hacen mayores, de forma que su apego a la tierra también se hace más fuerte.
Flinn lo examinó de arriba abajo con una mirada penetrante.
Braddoc supo que no podría ocultarle nada, y se removió inquieto.
—¿Cuál es el problema? –inquirió Flinn.
—Nunca había contado esta historia con anterioridad.
—¿Quieres dejarlo?
Braddoc arqueó sus cejas.
—¿Me lo permitirías?
Flinn no dijo nada por un momento, y al cabo asintió con lentitud.
—Sí. Sería… justo.
El enano sonrió complacido.
—Éste es el Flinn que yo recuerdo –comentó. Dando otra chupada a su pipa, Braddoc prosiguió, dejando escapar el humo con cada palabra que pronunciaba–. La mayoría de los enanos viven al menos doscientos años, algunos incluso más. Y otros…, bueno, otros se dan cuenta de que después de quinientos años todavía están en plena forma.
—¿Me estás diciendo que tienes más de quinientos años?
—No, te estoy contando que tengo más de quinientos años –le espetó–. Ha habido otros de más edad.
—¿Y eso es debido a tu conexión con el mundo?
—Exacto. Nosotros…, es decir, yo también me convertí en un guardián del conocimiento de los enanos. Puedo… comunicarme con nuestros antepasados y pedirles que me aconsejen de qué forma debo guiar a mi gente de Rupestre. Ellos me dijeron que debía ayudarte con tu misión.
—¿Cuándo te hablaron de mí?
Braddoc se volvió, sintiéndose repentinamente avergonzado, cosa que nunca le había pasado en toda su larga vida.
—No puedo mentirte a ti, Flinn. Me lo dijeron mucho antes de que perdieras tu título y a tu amada. La noche en que te conocí sabía que estarías en aquella posada buscando pelea. Te ayudé porque tenía que hacerlo, ¡pero nunca me arrepentí de ello! –añadió Braddoc.
Flinn observó al enano en silencio. Las comisuras de sus labios se arquearon para formar algo parecido a una sonrisa.
—No importa, Braddoc –le dijo, posando una mano en el hombro de su compañero–. Yo… lo comprendo.
Braddoc alzó la cabeza y le devolvió la sonrisa.
—Gracias –susurró.
El enano se tranquilizó y apretó con fuerza la boquilla de la pipa entre los dientes.
—Este ojo –continuó, tras suspirar largamente–, como ya sabes, no es real. Es un regalo de Kagyar, uno de sus artilugios.
En el rostro de Flinn se dibujó una expresión de sorpresa.
—Ignoraba de dónde lo habías sacado. ¿Iniciaste alguna vez el camino a la inmortalidad?
—Una vez, pero no por mucho tiempo –contestó Braddoc, enfilando la dirección en que debían avanzar–. Decidí que mi deber era servir a mi gente, no a Kagyar.
—Debió de ser difícil la elección.
—Sin duda –repuso Braddoc con solemnidad.
Divisaron un descampado en el bosque. Braddoc contempló a Flinn para ver si identificaba la zona. El hombre parecía absorto en sus cavilaciones.
—Aquí era donde vivías –le dijo al salir del bosque–. Aquí te instalaste, después de perder tu título de caballero.
Flinn paseó la mirada por todo el claro.
—Parece que una casa ardió completamente. ¿Era la mía?
El enano asintió.
—La construiste con tus propias manos.
—Dices que perdí mi título de caballería por traición. ¿Quiere eso decir que la gente me evitaba? –inquirió Flinn.
Braddoc creyó percibir una ligera sensación de tristeza o incluso dolor en la voz de Flinn.
—¿Recuerdas algo más sobre este lugar, o alguna otra cosa?
Flinn saltó por encima de un tronco quemado.
—¿Por qué crees que es tan importante que recupere la memoria de mortal? –lo interrogó de repente.
La onda de poder que emitió el carismático Inmortal hizo trastabillar a Braddoc. Al recuperar el equilibrio, el enano tragó saliva.
—No puedes obligarme a contestar a esa pregunta y no voy a hacerlo –respondió cruzándose de brazos para repeler un posible ataque de Flinn, asustado ante la posibilidad de tener que usar todo el poder de su lente.
Flinn retrocedió y juntó las manos tras de sí.
—Lo siento –se disculpó con expresión abatida–. Oí que Odín, el Padre Universal, decía que a veces ser Inmortal era demasiado fácil.
—No tengo la menor duda sobre eso –murmuró Braddoc–. Sin embargo, dudo que la mayoría de los Inmortales se hubiesen molestado en disculparse ante un mortal, ni siquiera con uno como yo.
Ni el propio Kagyar se disculpó ante mí cuando… Bueno, eso no importa –se apresuró a añadir el enano.
Braddoc extrajo su pipa del bolsillo y la encendió con la yesca.
Cuando consiguió un resplandor incandescente, continuó:
—Te voy a decir algo sobre lo que acabas de hacer. Cuando digo que la mayoría de los Inmortales no ofrecerían sus disculpas, no se trata de una trivialidad. El que lo hayas hecho ya te diferencia de ellos.
—Necesito saber más sobre el mundo de los mortales que sobre el de los Inmortales –replicó Flinn–. Me ayudaría en la batalla que se avecina.
—Puesto que no me obligaste a decirte por qué quiero que recuperes tu pasado, te lo diré: mis antepasados me advirtieron que si tú no pudieses recordar nada de tu pasado podrías utilizar tus poderes para… fines no deseados –declaró Braddoc, dejando escapar una bocanada de humo antes de proseguir en un tono más grave–. Se me ordenó que te acompañase en tu misión.
—¿Para controlar mis actos? –preguntó Flinn en voz baja.
Braddoc asintió.
—También se me ordenó que te destruyese en caso de que actuases en contra de la salvación de Mystara.
Flinn giró sobre los talones y avanzó entre las ruinas de su antigua casa de mortal. Su rostro no traslucía expresión alguna.
—No recuerdo nada de esto –comentó, volviéndose hacia el enano–. Tampoco te recuerdo a ti, ni mi honor, ni a mi amada. Nada de eso me importa. Mi misión es cerrar la puerta que comunica los dos mundos, nada más. Tendrás que tomar tus propias conclusiones sobre las consecuencias de mis actos, pero te permito que me acompañes en mis viajes.
Braddoc se inclinó solemnemente. No le habría sido fácil permanecer con Flinn si éste no lo hubiese deseado.
Flinn deambuló por el prado, tropezando con alguna tabla que debía de haber pertenecido a algún mueble.
—Debo viajar a las tierras de las antiguas razas de Mystara y descubrir sus… secretos –dijo de pronto–. Cada raza posee un término que designa su propio secreto. Creo que los enanos llaman al suyo denwail.
—Denwail representa todo aquello que dota a los enanos de su gran habilidad sobre las cosas mecánicas y las materias del mundo –replicó Braddoc, aunque aquella palabra era tan antigua que apenas recordaba su significado–. Es lo que da a los enanos el poder de crear hermosas joyas y piezas de orfebrería. Creo que vosotros lo llamáis «inspiración».