La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
El joven sacó pecho y respondió con confianza:
— Ordenaría a los piqueros que se dispusieran en apretada formación en forma de caja o cuña para proteger a los arqueros. Con las picas hacia afuera, por encima de los escudos, presentarían al enemigo un muro prieto e impenetrable. Los escudos protegerían a los piqueros, que a su vez protegerían a los arqueros. Éstos abatirían a los soldados enemigos antes de que pudieran acercarse lo suficiente para usar sus argones. Los pocos que lograran eludir las flechas, serían empalados en las picas. El ataque sería repelido y, muy probablemente, perderían muchos hombres en el intento, con lo cual se lo pensarían muy mucho antes de reincidir.
Kahlan asintió como si estuviera impresionada.
— Buena respuesta. —El sargento sonrió encantado. Los soldados que lo rodeaban también sonrieron, orgullosos de ser tan buenos soldados—. He visto algunos de los ejércitos más avezados de la Tierra Central usar esa misma táctica cuando los d’haranianos lanzaron sus primeros ataques, en primavera, cuando el Límite cayó.
— Bueno, ahí lo tenéis —replicó el sargento—. Las flechas de los arqueros y las puntas de las picas repelerían el ataque.
Kahlan le dirigió una leve sonrisa.
— ¿Recuerdas la vanguardia de D’Hara, esos hombres de los que os he hablado, los más corpulentos y violentos, los que se ganan el derecho a ir en cabeza del ataque? Bueno, han desarrollado tácticas especiales y muy personales para usar contra vosotros. Para empezar, llevan escudos mientras corren, por lo que la mayoría de ellos escapan a las flechas.
»Y supongo que se me ha olvidado deciros otra cosa sobre sus argones. Esas lanzas tienen el asta casi por completo recubierta de hierro y un único propósito. Mientras cargan contra vosotros, sin que las flechas causen apenas bajas, arrojan sus argones.
— Pero nosotros también tenemos escudos —objetó el sargento—. Cuando se quedaran sin argones, estarían a la merced de nuestras picas.
Kahlan cruzó los brazos y asintió.
— La vanguardia está integrada por hombres que se han ganado el derecho de ir en primera fila, y son hombres muy corpulentos. El menor de ellos seguramente tiene brazos que son el doble que los vuestros. Los argones están afilados como navajas, y cuando son arrojados por brazos tan poderosos penetran en los escudos y se quedan clavados allí. No podríais arrancarlos debido a las largas púas.
Las sonrisas confiadas se iban esfumando mientras Kahlan posaba la mirada en un rostro después del otro y proseguía:
— Con los argones clavados sólidamente en los escudos, soltaríais las picas y desenvainaríais las espadas para tratar de hacer trizas los mangos. Pero no olvidéis que esos mangos están recubiertos de hierro y no ceden. Las lanzas pesan mucho, y los extremos se arrastran por el suelo. Los d’haranianos pueden correr casi a la misma velocidad a la que vuelan sus lanzas. Al llegar donde estáis vosotros, saltan encima de los mangos de las lanzas clavados en los escudos, a los que arrastran al suelo, lo cual os deja a vosotros de rodillas, a merced de sus pesadas hachas.
Con los brazos aún cruzados, Kahlan se inclinó hacia los jóvenes soldados y continuó:
— He visto cómo partían a hombres de la cabeza hasta el ombligo con esas hachas.
Los soldados se miraban unos a otros de soslayo. Su confianza se tambaleaba.
Kahlan asintió con aire burlón, al tiempo que descruzaba los brazos.
— Claro que estamos hablando de suposiciones. He visto a las fuerzas de D’Hara acabar con un experimentado ejército casi diez veces más numeroso utilizando la táctica que os he descrito. En espacio de una hora dieron la vuelta a la tortilla y lo que en un principio era una aplastante derrota la convirtieron en victoria.
»Un asalto d’haraniano con argones es casi tan devastador como una clásica carga de la caballería, claro que ellos cuentan con más soldados a caballo que ningún otro ejército, y no se trata de una caballería al uso. Será mejor que ni siquiera os hable de ella.
»En la conquista de Ebinissia perdieron casi a la mitad de sus hombres y, no obstante, ahora están en su campamento cantando y bebiendo. Si vosotros hubierais perdido casi a la mitad de vuestros camaradas, ¿podrías estar de tan buen humor?
»Sé que creéis que podéis ganar la batalla a un ejército diez veces mayor que el vuestro, y sé también que tal cosa es posible. Pero son esas expertas tropas d’haranianas las que, en el campo de batalla y utilizando las tácticas habituales de la guerra, podrían lograr esa hazaña.
»Por favor, creed que no pretendo menospreciar vuestro valor, pero en el campo de batalla no estáis a su altura. Todavía no. No podríais vencer ni a un ejército la mitad de numeroso que el suyo luchando como lucha el enemigo.
»Pero eso no significa que no podáis ganar, sino que debéis luchar de otro modo. Estoy convencida de que podéis lograr la victoria y pienso deciros qué hacer para lograrlo, y también guiaros en el primer combate. La Orden Imperial no es invencible. Es posible derrotarla.
»A partir de este día ya nunca más volveré a llamaros muchachos. A partir de hoy ya sois hombres.
»Ya no sois solamente soldados de Galea, vuestra patria, sino que ahora sois ciudadanos y soldados de la Tierra Central. Si no logramos detener a esos hombres, no sólo Galea será conquistada sino toda la Tierra Central. Apelo a vosotros para impedírselo.
La apiñada multitud de soldados, enardecidos por las palabras de la Confesora, gritaron que ellos se encargarían de hacerlo. Kahlan contempló a los jóvenes soldados que, llenos de confianza, juraban luchar hasta la muerte. A su derecha percibió airados susurros; algunos hombres discutían y se daban empellones. Algunos querían hablar y otros trataban de impedírselo.
— Si decidís participar en esta batalla, tendréis que obedecer las órdenes sin cuestionarlas —dijo Kahlan—. Pero por esta vez, como excepción, podéis hablar libremente sin temor a las represalias. Si alguien tiene algo que decir, que lo diga ahora, o que se calle para siempre.
Un soldado se soltó el brazo que otro le agarraba y la miró, iracundo.
— Somos hombres y no seguimos a las mujeres en la batalla.
— Pero sí que seguís a la reina Cyrilla.
— Ella es nuestra reina, y luchamos por ella. No nos guía en la batalla. Eso es trabajo de hombres.
Kahlan entrecerró los ojos y le preguntó:
— ¿Cómo te llamas?
El soldado miró a los camaradas que lo rodeaban y luego alzó el mentón para responder:
— Me llamo William Mosle. Y he sido entrenado por el príncipe Harold en persona.
— Y yo fui entrenada por su padre, el rey Wyborn, que también era mi padre. Soy medio hermana de la reina Cyrilla y del príncipe Harold.
Murmullos de asombro recorrieron las huestes congregadas. Sin apartar los ojos de Mosle, Kahlan alzó una mano para pedir silencio.
— Pero eso no me da derecho al mando. Sois soldados y vuestro deber es obedecer las órdenes de vuestros comandantes, y ellos las de la reina, que a su vez debe acatar las decisiones del Consejo Supremo de la Tierra Central. Y el Consejo sigue las órdenes de la Madre Confesora.
»En estos momentos yo ocupo el puesto. Mi apellido es Amnell, como el de vuestra reina, pero ante todo pertenezco por linaje a las Confesoras. Soy la Madre Confesora de la Tierra Central y, como tal, si te ordeno que te metas en un lago, tu deber es meterte en él hasta que tragues agua y veas peces. ¿Está lo suficientemente claro, soldado?
Un puñado de hombres daban leves empujones a Mosle, animándolo a seguir exponiendo sus objeciones.
— Eso significa que podéis darnos órdenes, pero no que sepáis lo que hacéis.
Kahlan lanzó un suspiro y se apartó del rostro algunos mechones empapados de sangre reseca, que se puso detrás de una oreja.
— Hoy no tengo tiempo de explicarte todo el entrenamiento que he recibido, ni todas las luchas casi imposibles de vencer en las que he participado, ni todos los hombres que he tenido que matar en esas luchas.