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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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En medio de tal demostración pública de adoración hacia su medio hermana, Kahlan se sintió muy pequeña e insignificante. No era capaz de poner fin a tanta alegría.

Al fin, el capitán Ryan se subió al carro junto a ella y alzó los brazos pidiendo silencio.

— ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Ya basta! ¡Dejad de actuar como una panda de chiquillos delante de la Madre Confesora! ¡Demostradle que también sabéis ser hombres!

Finalmente los vítores cesaron, aunque sólo para ser reemplazados por amplias sonrisas y ojos brillantes. El capitán Ryan unió ambas manos y dirigió a la mujer una mirada más bien avergonzada antes de retroceder un par de pasos encima del carro para dejarle sitio.

— La gente de Ebinissia no fue tan afortunada —continuó diciendo Kahlan en el mismo tono tranquilo.

El silencio invernal se hizo quebradizo. Las heladas ramas de los árboles crujían por efecto de las leves corrientes de aire que ascendían por las laderas, a ambos lados del paso del valle en el que habían instalado el campamento. Las sonrisas se marchitaron.

— Todos y cada uno de vosotros habéis perdido a amigos, asesinados en Ebinissia, y muchos de vosotros teníais seres queridos, familiares, que murieron a manos de los hombres que se encuentran a pocas horas de marcha por el paso. —Kahlan carraspeó y tragó saliva al tiempo que clavaba la mirada en el suelo—. Yo también conocía a algunos de los que murieron.

»Anoche —prosiguió, alzando la vista—, fui a su campamento para averiguar quiénes son y, si era posible, persuadirlos de que regresaran a sus hogares. Pero su única intención es conquistar todos los países y someterlos bajo su yugo. Han jurado matar a todo aquel que se niegue a unirse a ellos. Ebinissia se negó.

Los muchachos gritaron y agitaron los puños. Ellos se encargarían de neutralizar la amenaza, decían.

Kahlan siguió hablando pese a sus gritos, acallándolos.

— Los que masacraron a vuestros compatriotas, hombres y mujeres, se hacen llamar la Orden Imperial. No luchan en nombre de ningún país ni ninguna tierra. Luchan para conquistarlo todo y someter a todos. No responden ante ningún gobierno, ningún rey, ningún señor y ningún consejo. Creen que la ley está en sus manos y ellos la dictan.

»En su mayor parte son hombres de D’Hara, pero otros se les han unido. Vi a keltas entre ellos.

Oleadas de airados susurros recorrieron la multitud. Kahlan esperó un momento antes de añadir:

— Y también vi a hombres de otros países; vi a galeanos.

Esta vez, voces escandalizadas y furiosas gritaron que no era cierto, que se equivocaba.

— ¡Los vi con mis propios ojos! —Una vez más los soldados se quedaron en silencio—. Ojalá estuviera equivocada —dijo, suavizando el tono—, pero los vi. Hombres de muchos países distintos se han unido a ellos. Y más se les unirán si creen que así podrán participar de la victoria y de la nueva ley, si creen que así tendrán su parte en los saqueos y podrán ocupar posiciones de autoridad y poder.

»La ciudad de Cellion se encuentra a apenas unos días de marcha. La Orden Imperial exigirá a sus habitantes que se rindan y les juren lealtad, o serán masacrados.

»Si no los detenemos, a Cellion le seguirán otras ciudades, otros pueblos, aldeas y granjas. Y, al final, todos caerán ante su espada. Yo me dirijo a Aydindril para congregar las fuerzas de la Tierra Central contra la Orden Imperial, pero eso llevará tiempo. Mientras, todos aquellos que piensan estar del lado del poder, pasarán a engrosar sus filas. En estos momentos no hay nadie capaz de impedir que esos hombres maten a cualquiera que se cruce en su camino.

»Excepto vosotros.

Kahlan tensó la espalda mientras esperaba que sus palabras calaran, preparándose también para lo que debía añadir a continuación. La mujer dejó que el silencio se enseñoreara una vez más del valle.

— En estos momentos no cuento con el lujo de poder conferenciar con el Consejo Supremo y, como Madre Confesora de la Tierra Central, debo hacer algo que ninguna de mis predecesoras tuvo que hacer desde hace más de mil años. Por la autoridad que me confiere mi cargo, yo sola he declarado la guerra en nombre de la Tierra Central. El ejército de la Orden Imperial debe ser aniquilado hasta el último de sus hombres. La Tierra Central no negociará ni cederá en nada y bajo ninguna circunstancia aceptará la rendición de la Orden Imperial.

»He jurado en nombre de la Tierra Central que no se les dará cuartel.

Rostros atónitos se quedaron mirándola.

— Tanto si vivo como si muero, este decreto es irrevocable. Cualquier país o persona que se una a la Orden Imperial correrá la misma suerte.

»No os pido que luchéis en nombre de Galea. Como Madre Confesora que soy, os pido que luchéis por la Tierra Central. Pues no es solamente Galea la amenazada, sino todas las tierras y toda la gente libre.

Los hombres dijeron que estaban a la altura de la tarea. De las filas brotaron algunos gritos de convencimiento de ser los hombres adecuados para llevar a cabo el edicto, que tenían la razón y triunfarían.

— ¿De veras lo creéis así? Quiero que todos vosotros os fijéis en los rostros que os rodean. —La mayoría de los soldados la miraron a ella—. ¡Haced lo que os digo! ¡Mirad las caras que tenéis alrededor! ¡Mirad a vuestros camaradas!

Un poco confusos, empezaron a mirar alrededor y a torcer el cuello para ver a ambos lados así como a sus espaldas. Algunos sonreían y otros reían, como si fuera un juego.

Cuando pareció que habían acabado, Kahlan prosiguió:

— Algunos de vosotros, los menos, recordaréis los rostros que acabáis de ver. Los recordaréis con pena y dolor. Si decidís lanzaros a esta lucha, la mayoría de vosotros no los recordará, pues habrá muerto en la batalla.

En el frío silencio Kahlan distinguió el lejano parloteo de una ardilla, hasta que también ese sonido se perdió en la distancia.

Cuando tomó de nuevo la palabra, todas las sonrisas habían desaparecido:

— La Orden Imperial está integrada en su mayoría por tropas de D’Hara y también los comandantes son d’haranianos. Los soldados de D’Hara comienzan su entrenamiento cuando tienen la mitad de la edad que tenéis vosotros, participan en conflictos internos en su país, sofocan disturbios y rebeliones. No se limitan a practicar tácticas de batalla, sino que luchan en serio día sí y día no. Su vida es luchar, y saben hacerlo de todos los modos posibles. He escuchado la confesión de muchos d’haranianos, y os digo que la mayoría de ellos no conocen el significado de la palabra paz.

»Desde la primavera pasada, cuando Rahl el Oscuro los lanzó contra la Tierra Central, han estado haciendo lo que mejor se les da; la guerra. Han luchado en una batalla tras otra. Todos quienes se les han opuesto, han caído.

»Disfrutan luchando; es su máximo placer. Y no tienen miedo a casi nada. Organizan concursos, a menudo mortales, para ganarse el derecho de estar en la vanguardia, para poder ser los primeros en golpear al enemigo, para ganarse el derecho de ser los primeros en caer.

Kahlan escrutó los juveniles rostros y prosiguió:

— ¿Confiáis en vuestro entrenamiento, en vuestras tácticas de batalla?

Todos asintieron, mirándose unos a otros y esbozando sonrisas confiadas. La mujer señaló a un joven que, por los galones de la chaqueta, debía de ser sargento, y le dijo:

— Tú. Pongamos que estás en el campo de batalla, luchando contra los hombres a los que perseguís que llegan al ataque. Tú estás al mando de los piqueros y los arqueros. Se acercan. Son miles, que gritan, corren y vienen con la intención de romper tus fuerzas en dos, quebrar la retaguardia de tu ejército. Ves que van armados con pesadas lanzas, que ellos llaman argones, con unas púas largas y delgadas que si se te clavan son casi imposibles de arrancar. Producen unas espantosas heridas casi siempre mortales. Ya llegan con sus argones. Son miles de soldados. ¿Qué táctica emplearías?

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