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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Y la tengo. ¿Pero controlas el comité, o simplemente constituyes su fachada?

– ¿Cómo quieres que lo controle? -replicó Robespierre-. No soy un dictador.

– No te hagas el ingenuo -dijo Camille-. Confío en que no te dejes engañar por Saint-Just. Te lo digo para recordarte que no debes perder el control de la situación. Y si creo que esto era una tiranía, tengo todo el derecho a decirlo.

El caso es que la Revolución ha quedado reducida a un concentrado más áspero: lacayos convertidos en ministros, viejos amigos que ocupan cargos de autoridad. Hasta septiembre el Tribunal ha condenado sólo a veintiséis de los doscientos sesenta acusados que han comparecido ante el mismo. Pero esa situación no tardará mucho en cambiar. A medida que los problemas aumentan, la mano de obra disminuye. Los supervivientes tienen la sensación de conocerse desde hace tiempo.

Camille sabía que ese verano había cometido una seria equivocación; no debió haber abandonado a Arthur Dillon al criterio de la República. Al mismo tiempo, había demostrado su poder personal. A medida que empezaba a refrescar, que empezaban a coger troncos para encender la chimenea, que el pálido y dorado sol otoñal secaba las hojas de los jardines públicos, notó una progresiva sensación de aislamiento. Sin ningún propósito concreto, tomó las siguientes notas:

Piteo dijo que en la isla de Tula, que Virgilio llamaba Ultima Tula, distante seis días de viaje de Gran Bretaña, no existía la tierra, ni el mar, sino una mezcla de los tres elementos, y que era imposible recorrer a pie ni alcanzarla en barco. Se refería a ella como si la hubiera visto con sus propios ojos.

2 de septiembre de 1793: discurso de la Sección Sansculottes

(antiguamente conocida como Jardins-des-Plantes)

ante la convención

¿Acaso no sabéis que la única base de la propiedad es la extensión de las necesidades físicas? Es preciso fijar un límite a las fortunas personales…, nadie debería poseer más tierras de las que puedan cultivarse con un número estipulado de azadones… Un ciudadano no debe poseer más que un comercio o taller… el trabajador, el comerciante o el agricultor industrioso, no sólo debería ser capaz de obtener con su esfuerzo lo esencial para ganarse el sustento, sino aquello que contribuyera a su felicidad…

Antoine Saint-Just

La felicidad es un concepto nuevo en Europa.

El 2 de septiembre llegó a París la noticia de que el pueblo de Tolón había entregado su población y su Armada a los británicos. Había sido un acto de traición sin precedentes. En un solo día Francia perdió dieciséis fragatas y otros veintiséis de sus sesenta y cinco buques de guerra. El año anterior por estas fechas, la sangre corría por las alcantarillas.

– Utilizas esto -dijo Danton. El ruido procedente de la sala de la Convención era ensordecedor-. No dejas que te abrume. Lo agarras con fuerza -añadió, haciendo un gesto como si sujetara a alguien por el cuello-. Por ser un asesino de septiembre, jamás me había sentido tan popular.

Robespierre empezó a decir algo.

– Habla más alto, no te oigo -dijo Danton.

Se encontraban en una pequeña estancia, desierta y polvorienta, a la que se accedía por un pasadizo que comunicaba con la sala de debates. Estaban solos, pero el tumulto era tan fuerte que casi podían oler a la muchedumbre. Camille y Fabre se retiraron a un rincón.

5 de septiembre de 1793: los sansculottes habían montado una manifestación, o una revuelta, entre sus representantes.

– ¿Por qué te apoyas contra la puerta, Danton?

– Para impedir que entre Saint-Just -contestó secamente Danton, sin más explicaciones. Robespierre abrió la boca para decir algo, pero Danton se apresuró a interrumpirle-: No digas una palabra. Hébert y Chaumette han organizado esto.

Robespierre sacudió la cabeza.

– Bueno -dijo Danton-, quizás haya algo de verdad en ello. Puede que los sansculottes se hayan organizado, lo cual constituye un precedente que me disgusta. Es preciso controlar la situación. Les concederemos lo que piden como un regalo de la Montaña. Controles económicos, límites de precios y arresto de sospechosos. Pero nada más, nada de interferir en la propiedad privada. Sí, Fabre, ya sé lo que los hombres de negocios opinan sobre los controles económicos, pero esto es una emergencia, tenemos que ceder. Además, ¿por qué he de justificarte mis decisiones?

– Debemos presentar un blanco móvil a Europa -dijo Robespierre suavemente.

– ¿Qué has dicho?

Nada. Robespierre agitó la mano, tenso e impaciente, como si no tuviera importancia.

– Espero que te hayas convencido de la necesidad de internar a los sospechosos, Camille. La definición tendrá que aguardar. Sí, ya sé que es el núcleo de la cuestión, pero necesito un papel para redactar el proyecto de ley. Silencio, no quiero discutir ahora contigo.

– ¿Quieres hacer el favor de escucharme? -le gritó Robespierre.

Danton lo miró perplejo.

– Adelante.

– Mañana serán elegidos los nuevos miembros del comité. Queremos que Collot d’Herbois y Billaud-Varennes entren a formar parte del mismo. Nos están creando muchos quebraderos de cabeza con sus críticas. Es el único medio de hacerlos callar. Ya sé que es una política cobarde, pero no queda más remedio. El comité quiere que regreses.

– No.

– Te lo suplicamos, Danton -dijo Fabre.

– Os proporcionaré todo el apoyo que necesitéis. Pediré que se os otorgue más poderes. Haré que la Convención os conceda cuanto pidáis, pero no quiero formar parte del comité. Me agota. ¡Maldita sea! ¿Es que no lo comprendéis? No estoy hecho para formar parte de un comité. Me gusta trabajar solo, seguir mi propia intuición. Odio vuestra condenada agenda, vuestras actas y vuestros procedimientos.

– ¡Tu actitud es exasperante! -gritó Robespierre.

La algarabía procedente de la sala de la Convención se intensificó.

– Dejadme que solucione esto -dijo Danton-. Soy el único capaz de hacerse oír.

– Me disgusta… -dijo Robespierre, pero el estrépito sofocó sus palabras-. El pueblo es bueno y generoso -gritó-, y si entorpecen la Revolución, como en Tolón, debemos culpar a sus dirigentes.

– ¿A qué viene eso? -preguntó Danton.

– Robespierre trata de formular una doctrina -se apresuró a contestar Fabre, alzando la voz-. Opina que ha llegado el momento de largarnos un sermón.

– Es preciso que prolifere la vertu -afirmó Robespierre.

– ¿Qué?

– Vertu. Amor a la patria. Capacidad de sacrificio. Espíritu cívico.

– Aprecio tu sentido del humor -dijo Danton, señalando con el pulgar la sala de debates-. Pero la única vertu que comprenden esos cabrones es la que le demuestro todas las noches a mi mujer.

Robespierre lo miró como si estuviera a punto de romper a llorar. A continuación, salió precedido de Danton.

– Ojalá no hubiera dicho eso -murmuró Fabre, agarrando a Camille del brazo y conduciéndolo hacia la puerta.

Anotado en el cuaderno privado de Maximilien Robespierre: «Danton se burló de la idea de la vertu, comparándola con lo que él hace todas las noches con su esposa.»

Cuando Danton comenzó a hablar, los manifestantes lo vitorearon y los diputados se pusieron en pie para aplaudirle. Al cabo de unos minutos reanudó su discurso. Su semblante expresaba una mezcla de sorpresa y gratitud, como si se preguntara: «¿Qué es lo que he hecho para merecer esto?» Luego continuó exhortándoles, cediendo, unificando, apoyando su causa, en una palabra, salvó la situación. Al día siguiente, cuando fue elegido de nuevo para presidir el comité, Robespierre fue a visitarlo a su casa. Visiblemente tenso, se sentó en el borde de la silla y rechazó el refresco que le ofreció Danton.

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