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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Al salir a la calle, Camille se volvió y vio a través de la ventana las sombras de Deschamps y sus ayudantes. De pronto empezaron a caer unas gruesas y cálidas gotas de lluvia, mientras a lo lejos, sobre Versalles, se oía tronar. La multitud aguardaba pacientemente, hombro contra hombro, el desarrollo de los acontecimientos.

David se hizo cargo de todo. Los restos de Marat fueron depositados en un ataúd de plomo, el cual a su vez fue introducido en un sarcófago de pórfido, perteneciente a la colección de antigüedades del Louvre. Para el cortejo fúnebre decidieron transportar el cadáver sobre unas andas funerarias, envuelto en la bandera tricolor (empapada en alcohol). Un brazo desnudo, perteneciente a un cadáver mejor conservado y cosido al cuerpo de Marat, sostenía una corona de laurel. Unas jóvenes vestidas de blanco y portando ramas de ciprés rodeaban al difunto.

A continuación desfilaban los miembros de la Convención, de los Clubes y el Pueblo. El cortejo comenzó a las cinco de la tarde y terminó hacia medianoche, a la luz de las antorchas. Fue enterrado tal como Marat había vivido, bajo tierra, en una fosa cubierta de bloques de piedra y rodeada por una verja de hierro.

El corazón, embalsamado, fue depositado en una urna. Los patriotas del Club de los Cordeliers decidieron conservarlo en su sede por siempre jamás, hasta el fin del mundo. «¡El sagrado corazón de Marat!», gritaban las gentes.

aquí yace marat

el amigo del pueblo

asesinado por los enemigos del pueblo

13 de julio 1793

Al contemplar la expresión de Robespierre durante el cortejo fúnebre, un observador comentó que parecía como si condujera el cadáver a un vertedero de basuras.

IX. Indios orientales

(1793)

25 de julio. Danton echó bruscamente la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada. Louise lo miró asustada; le preocupaba que, en uno de sus arrebatos de cólera o hilaridad rompiera una silla, por más que él trataba de tranquilizarla asegurándole que tenían dinero suficiente para reemplazar cualquier mueble que resultara dañado.

– El día que me largué del comité presencié algo inaudito: Fabre d’Églantine se quedó mudo. -Danton, que estaba ligeramente bebido, se inclinó sobre la mesa para acariciar la mano de su nueva esposa-. Por lo que veo, aún no has recuperado el habla.

– No, no -respondió Fabre titubeando-. Es cierto que no le deseo ni a mi peor enemigo presidir un comité en el que esté Saint-Just. Y también es cierto, como dices, que han elegido a Robert Lindet, un sólido patriota del que podemos fiarnos. Y Hérault, que es amigo nuestro…

– Pero no estás convencido. Mira, Fabre, yo soy Danton, ¿no lo entiendes? Puede que el comité me necesite, pero yo no necesito al comité. Ahora permitidme que proponga un brindis a mi salud, puesto que no se le ha ocurrido a nadie hacerlo. A la salud del nuevo presidente de la Convención -dijo Danton, alzando su copa y dirigiéndose hacia Lucile-. Ahora quiero brindar por mi amigo, el general Westermann, a quien deseo que prospere contra los rebeldes de la Vendée.

Tiene suerte, pensó Lucile, de haber conseguido que devolvieran a Westermann el mando de las tropas, después de su última derrota; y Westermann tiene suerte de estar libre.

– A la salud del sagrado corazón de Marat -dijo Danton. Louise le dirigió una mirada de reproche-. Lo siento, mi amor, no pretendía soltar una blasfemia, sólo repito lo que dicen las pobres y decepcionadas gentes efe la calle. ¿Por qué perseguiría la Gironda a Marat con tanto ahínco? Pero si ya estaba medio muerto. Por otra parte, si esa arpía actuaba por iniciativa propia, tal como dice, ello viene a demostrar lo que siempre he sostenido, que las mujeres no tienen el menor sentido político. Hubiera debido asesinar a Robespierre, o a mí.

– No digas eso, te lo ruego -protestó Louise, a quien le resultaba difícil imaginar que alguien pudiera atravesar con un cuchillo de cocina aquellas gruesas capas de grasa y músculo.

– Una gota de tinta tuya vale más que toda la sangre del cuerpo de Marat -dijo Danton, mirando a Camille. Acto seguido, llenó de nuevo las copas. Si se bebe otra botella es capaz de quedarse dormido, pensó Louise-. Y brindo por la libertad -añadió Danton-. Alce su copa, general.

– Por la libertad -dijo el general Dillon, conmovido-. Confiemos en poder gozar de muchos años de libertad.

26 de julio. Robespierre estaba sentado con los puños crispados entre las rodillas. Era la viva imagen de la tristeza.

– ¿No lo comprendes? -preguntó-. No quiero verme envuelto en esas cosas, siempre he rechazado un cargo público.

– Sí -contestó Camille. Todavía le dolía la cabeza después de los excesos en el banquete en casa de Danton-, pero la situación ha cambiado.

– Verás… -empezó a decir Robespierre. De vez en cuando se interrumpía y se apretaba la mejilla porque había desarrollado un minúsculo tic facial que le fastidiaba sobremanera-. Está claro que una autoridad central firme y enérgica… con el enemigo avanzando en todos los frentes… Sabes que siempre he defendido el comité, siempre he creído que era necesario…

– Sí, no es necesario que te justifiques. Has ganado unas elecciones, no has cometido ningún delito.

– Y existen unas facciones…, puedo nombrar a Hébert, a Jacques Roux…, que no desean que Francia tenga un gobierno fuerte. Se aprovechan de la insatisfacción del hombre de la calle, tratan de crear un mal ambiente. Proponen medidas ultrarrevolucionarias, medidas que a la gente honrada le parecen repugnantes e inadmisibles. Tratan de desacreditar la Revolución, de sofocarla. Por eso afirmo que son agentes del enemigo. -Robespierre se tocó de nuevo la mejilla-. ¡Es una lástima que Danton sea tan insensible!

– Es evidente que no cree que el comité sea tan importante como tú crees.

– Que conste que yo no deseaba ese cargo -dijo Robespierre-. El ciudadano Gasparin cayó enfermo y me he visto obligado a aceptarlo. Confío en que no empiecen a llamarlo el comité Robespierre. Sólo soy uno de tantos…

Uno de mis mejores amigos ha abandonado el comité, pensó Camille, y otro ha entrado a formar parte del mismo. Camille está acostumbrado, desde 1789, a representar el papel de público experimental para que Robespierre ensaye sus discursos. Desde el día en que se produjo aquel momento cargado de tensión en casa de los Duplay -«siempre te he tenido en mi corazón»- está convencido de que su amigo le exige más de lo que está dispuesto a darle. Robespierre se está convirtiendo en una persona en cuya compañía es imposible sentirse relajado un instante.

Dos días más tarde se otorgó al Comité de Salvación Pública la facultad de emitir órdenes de arresto.

Jacques Roux, cuyo número de seguidores aumenta día a día, anunció que el autor de su boletín de noticias era «el fantasma de Marat». Hébert comunicó a los jacobinos que si Marat precisaba un sucesor -y los aristócratas otra víctima- él estaba dispuesto a cumplir ese papel.

– ¡Ese estúpido engreído! -exclamó Robespierre-. ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa?

El 8 de agosto, Simone Evrard compareció ante la Convención para pronunciar una apasionada denuncia contra ciertas personas que conducían a los sansculottes a la perdición. Sus opiniones, según dijo, eran las expresadas por aquel mártir, su marido, en sus últimas horas. Fue un discurso fluido, convincente. De vez en cuando se detenía para mirar sus notas, tratando de descifrar la diminuta e irregular caligrafía del ciudadano Robespierre.

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