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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– No se encuentra bien -contestó Catherine-. Está tomando uno de sus baños especiales.

– Es muy urgente.

– ¿Dillon? -Simone lo miró con sus almendrados ojos y se levantó, añadiendo-: Acompáñeme. La noticia le ha hecho mucha gracia.

Marat estaba sentado en una pequeña bañera, en una calurosa habitación, con una toalla sobre los hombros y un paño envuelto alrededor de la cabeza.

La habitación estaba invadida por un fuerte olor medicinal. Tenía el rostro hinchado; debajo de su acostumbrado color macilento asomaba algo peor, un tinte azulado. Sobre la bañera había una tabla apoyada, en la que estaba escribiendo.

Simone indicó, con un ligero gesto con el pie, una silla con el asiento de paja.

Marat levantó la vista de las pruebas que estaba corrigiendo.

– ¿Estás disgustado? Siéntate, Camille, no sea que te subas a la silla y me sueltes un discurso.

Camille obedeció, tratando de no mirar a Marat.

– Supongo que ofrezco un aspecto de lo más estético -dijo éste-. Una obra de arte. Deberían exhibirme en un museo. En realidad, dada la cantidad de gente que viene a verme, me siento como un objeto de museo.

– Me alegra verte tan bromista, aunque en tu lugar yo no estaría de tan buen humor.

– ¿Te refieres a lo de Dillon? Te diré en cinco minutos lo que opino sobre eso. Teniendo en cuenta que Dillon es un aristócrata de nacimiento, debería ser guillotinado…

– No tiene la culpa de ser un aristócrata.

– Existen ciertos defectos que uno no puede evitar, pero eso no justifica otras cosas. Puesto que Dillon es el amante de tu mujer, si tratas de salvarlo sólo conseguirás demostrar tus perversas tendencias. Dado que los comités se han atrevido a arrestarlo, te autorizo a arremeter contra éstos -dijo Marat, descargando un puñetazo sobre la tabla-. Aplástalos.

– Temo que si Dillon comparece ante el Tribunal acusado de esos absurdos cargos… si comparece ante el Tribunal siendo inocente…, lo condenen. ¿Crees que es posible?

– Sí. Tiene unos enemigos muy poderosos. ¿Qué creías? El Tribunal es un instrumento político.

– Fue creado para sustituir a la ley de las masas.

– Eso dijo Danton. Pero es más que eso. Vamos a asistir a unos espectáculos increíbles -dijo Marat-. En cuanto a ti, Camille, si defiendes a esos ci-devants corres el riesgo de que te suceda algo muy desagradable.

– ¿Y tú? -preguntó éste secamente-. ¿Has empeorado? ¿Vas a morirte?

– No, soy duro y resistente… -contestó Marat, tosiendo y golpeando el costado de la bañera- como el acero.

Unas escenas en la Convención Nacional. Desmoulins, amigo de Danton, y Lacroix, también amigo de Danton, se gritaban como unas verduleras. Desmoulins, el amigo de Danton, atacaba desde la tribuna de oradores al comité Danton, mientras le llovían los abucheos e insultos de todas partes de la cámara. De pronto, el diputado Billaud-Varennes exclamó desde lo alto de la Montaña:

– Esto es un escándalo, debemos detenerlo, está ensuciando su nombre.

Al fin, Camille se marchó indignado. Esos espectáculos se estaban convirtiendo en algo habitual. Fabre salió tras él.

– Escribe lo que hemos presenciado -le dijo.

– Descuida, lo haré. -Había dado a conocer la carta que le había enviado Dillon desde la cárcel, la había leído ante los diputados. Soy inocente, afirmaba Dillon, eso no beneficia en nada a nuestro país-. Escribiré un panfleto. ¿Cómo crees que debo titularlo?

– «Una carta a Arthur Dillon.» A la gente le gusta leer las cartas de los demás. -Fabre señaló la sala de la Convención y añadió-: De paso puedes aprovechar para ajustar algunas cuentas y lanzar alguna campaña de ataque.

Súbitamente, Fabre pensó: «¿Pero qué estoy haciendo? Sólo me falta mezclarme en el asunto de Dillon.»

– ¿Qué quiso decir Billaud con eso de que estaba manchando mi nombre? -inquirió Camille-. ¿Acaso soy una institución?

Conocía perfectamente la respuesta: sí, él era la Revolución. Al parecer, ahora opinaban que debían proteger a la Revolución de sí misma.

Un anciano diputado se acercó a Camille, que le miró con cara de pocos amigos, y le propuso que se tomaran un café. ¿Conoces bien a Dillon?, le preguntó el hombre. Sí, muy bien. ¿Estás al corriente de lo de Dillon y tu esposa? No quiero disgustarte, pero creo que deberías saberlo. Camille asintió mientras escribía mentalmente un párrafo del panfleto. No mereces esto, dijo el diputado. Mereces algo mejor, Camille. Supongo que es lo de siempre, estás muy ocupado con tus asuntos, la chica se aburre, es frívola y caprichosa, y, francamente, no tienes la planta de Dillon.

Las palabras de aquel anciano tan amable y paciente, que quizá también había sido traicionado por su esposa hacía veinte años, que trataba de descifrar una situación que no comprendía, que sólo conocía por los malévolos rumores que habían llegado a sus oídos, que trataba de ayudarlo, confirmó a Camille que aún existían personas buenas en el mundo. Gracias, le dijo educadamente. Al salir del café y dirigirse a su despacho, sintió fluir por sus venas el poder de las palabras, como si se tratara de una droga. Era como los viejos tiempos del Révolutions. Durante las siguientes semanas se comportó como si estuviera levemente trastornado. Cuando no estaba escribiendo, o enzarzado en una batalla campal con un colega, se sentía apático, exánime, como un espectro. Extrañas fantasías se apoderaban de él; el lenguaje del debate público asumió violentos e inesperados derroteros.

«Después de Legendre -escribió-, el miembro de la Convención Nacional que tiene una opinión más elevada de sí mismo es Saint-Just. Su talante demuestra que se considera la piedra angular de la Revolución, el Santísimo Sacramento.»

Saint-Just contempló el párrafo, que un alma caritativa había subrayado con tinta verde, sin inmutarse. No soltó una carcajada, como hubiera hecho el protagonista de una novela. «¿El Santísimo Sacramento? Yo haré que él se sienta como Saint-Denis.»

– Muy bueno -observó Camille cuando le refirieron el comentario que había hecho Saint-Just-. Por tratarse de Antoine, es francamente divertido. Quizás acabe convirtiéndose en un hombre ingenioso.

Al cabo de un rato se puso a revolver en la estantería.

– Lucile, ¿dónde está el detestable poema épico en veinte volúmenes que escribió Saint-Just? Había un verso que comenzaba: «Si yo fuera Dios.» No recuerdo cómo proseguía, pero estoy seguro de que todos nos reiremos un buen rato con él.

De pronto se dejó caer en un sillón.

– ¿Pero qué estoy haciendo? Saint-Just y yo estamos en el mismo bando. Ambos somos jacobinos, republicanos…

– Enseguida te lo busco -respondió Lucile.

– No te molestes.

De pronto tuvo unas visiones de ese santo, del santo patrón de Francia, que había recorrido varias leguas transportando la cabeza en la mano. Primero vio a Denis atravesando la Place de Grêve. Le habían cortado la cabeza de un tajo, y apenas sangraba; pero la cabeza que sostenía en la mano izquierda pertenecía a Camille. Luego lo vio de nuevo entrando en casa de los Duplay, para mantener una entrevista privada con Robespierre; y por último aguardando junto a la puerta del Club de los Jacobinos, como un patriota recién llegado, humilde y provinciano, deseoso de introducirse en el gran mundo.

Al cabo de un par de días se le ocurrió que lo único que cabía hacer era tomar la iniciativa. Sería muy sencillo matar a Saint-Just. Lo imaginó solo, en un determinado momento, en un lugar propicio. Lo mataría de un disparo, o (para no hacer ruido) de una puñalada. Camille vio el dolor reflejado en los aterciopelados ojos de Saint-Just.

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