La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– No.
– ¿Es que Louise no te cuenta ninguna noticia?
– No creo que le importe lo que haga Julien. Seguramente ni siquiera sabe que existe.
– La policía ha registrado su vivienda. Han requisado sus papeles.
Danton abrió los ojos.
– ¿Y bien? -preguntó.
– Chabot me reveló confidencialmente que los había quemado todos. Deduzco que deseaba que te transmitiera ese mensaje.
Danton se inclinó hacia adelante y miró fijamente a Camille.
– ¿Fabre?
– Fabre está aterrado.
– Tiene un temperamento muy nervioso.
– Yo también, Georges-Jacques, yo también. ¿Qué puedo hacer? Fabre ha cometido un fraude. Cuando la Compañía de las Indias Orientales fue liquidada, ciertos documentos fueron falsificados en interés de la compañía. Esos documentos eran unos decretos de la Convención, y sólo un diputado pudo haberlos manipulado. Es probable que Chabot esté mezclado en ello, junto con media docena de personas, quienes seguramente ignoran quién es el máximo responsable. Julien probablemente culpará a Chabot, y éste a Julien. Cada uno conoce secretos del otro.
– ¿Te ha confesado algo Fabre?
– Intentó hacerlo, pero le dije que no quería saber nada. Lo que te he explicado son meras conjeturas. A la policía le llevará algún tiempo llegar a esas mismas conclusiones, y más aún recabar pruebas.
Danton cerró los ojos de nuevo y dijo:
– Pronto será la época de la vendimia. Lo único que podemos hacer es prepararnos para cuando llegue el invierno.
– Aún no te lo he contado todo.
– Pues acaba de una vez.
– François Robert tiene problemas. ¿Es que tu esposa no te cuenta nada?
– Eso tampoco debió parecerle importante. ¿También está implicado en lo del fraude de la compañía?
– No, lo han acusado de tener tratos con el mercado negro. Ocho barriles de ron. Para su tienda.
– ¡Qué ridiculez! -exclamó Danton, descargando un puñetazo sobre el brazo del sillón-. Les ofreces la oportunidad de escribir una página de la historia y prefieren seguir siendo unos tenderos.
En aquel momento entró precipitadamente Louise.
– No debes disgustarlo -le recriminó a Camille.
– Se han hecho ricos gracias a mí. No les pido que se maten a trabajar. Les doy un cargo importante y les concedo todos sus caprichos. Lo único que les pido a cambio es que me voten, que pronuncien algún discurso de vez en cuando y que si deciden convertirse en delincuentes de poca monta lo hagan discretamente para no perjudicarme.
– El asunto del ron no tiene importancia, pero lo de la Compañía de las Indias es serio. No obstante, François Robert es colega nuestro. Su conducta nos afecta también a nosotros. Haz el favor de pedir a tu esposa que nos deje solos.
– El médico dice que no debes alterarte.
– Déjanos solos, Louise. Prometo no alterarme. Ya me he calmado.
– ¿Qué tratáis de ocultarme?
– Nada -respondió Camille-. No vale la pena.
– Es una niña, no comprende ciertas cosas. No sabe quiénes son esos hombres.
– Fue nuestra Sección, la de los cordeliers, la que denunció a François. La Convención también opina que se trata de un asunto sin importancia y se negaron a retirar su inmunidad parlamentaria. De lo contrario habría sufrido un severo castigo. Él y Louise tendrán que marcharse y procurar que la gente se olvide de ellos.
– Qué forma de acabar -dijo Danton, malhumorado-. Cuando recuerdo los tiempos posteriores a la caída de la Bastilla, cuando redactaban Le Mercure Nacionale en la trastienda, a la pequeña Louise dándose aires y arremetiendo contra el impresor… Era un buen chico, François. Yo solía decirle: «Ve a hacer esto y lo otro», y él contestaba, apartándose un mechón de la frente: «Enseguida Georges-Jacques. ¿Necesitas que te traiga algo de la tienda?» Qué forma tan absurda de acabar. Cuando le veas, dile que le agradecería que se olvidara de mi nombre.
– No creo que lo vea.
– ¡Nuestra propia Sección! Debí haber dejado el Club de los Jacobinos en manos de Robespierre y quedarme en mi propio distrito. ¿Quién lo dirige ahora? ¿Hébert? Los viejos cordeliers debimos haber permanecido unidos.
Los dos amigos guardaron silencio durante unos momentos. Los viejos cordeliers… Solo hace poco más de cuatro años que cayó la Bastilla, exactamente cuatro años y tres meses. Parece que hayan pasado veinte años. Danton ha engordado y está lleno de problemas; Dios sabe cómo tendrá los órganos internos. El asma de Robespierre ha empeorado, y uno no puede por menos de notar que se está quedando calvo. Hérault presenta un aspecto cada día menos lozano y su papada, sobre la cual Lucile hizo un cruel comentario, amenaza con hacerse más pronunciada. Fabre sufre problemas respiratorios. En cuanto a Camille, está hecho un saco de huesos y sus jaquecas son cada vez más frecuentes y agudas.
– ¿Conoces a un individuo llamado Comte? -preguntó a Danton-. Contéstame sí o no.
– Sí. Lo empleé como agente en Normandía. Se ocupaba de cuestiones gubernamentales. ¿Por qué?
– Está en París. Va diciendo por ahí que estabas confabulado con los hombres de Brissot para instalar al duque de York en el trono de Francia.
– ¿El duque de York? ¡Dios bendito! -exclamó Danton con amargura-. Creí que sólo Robespierre era capaz de inventarse algo tan fantástico.
– Robespierre se disgustó mucho al enterarse de la noticia.
– ¿Se la creyó?
– No, claro que no. Dijo que se trataba de una conspiración para desacreditar a un patriota. Menos mal que todavía tenemos a Hérault en el comité. Mandó que arrestaran a Comte para impedir que siguiera calumniándote. Por eso vino a verte David, en nombre del comité de Policía. Fue una mera formalidad.
– Comprendo -contestó Danton-. «Buenos días, Danton. ¿Eres acaso un traidor?» «Por supuesto que no, David. Puedes regresar tranquilamente a tus pinceles.» «De acuerdo, tengo que dar los últimos toques a un cuadro. Que te mejores.» ¿Te refieres a ese tipo de formalidad? Imagino la reacción de Robespierre, con su obsesión por todo lo que huela a conspiración.
– Suponemos que Comte es un agente de los británicos. Al fin y al cabo, nos preguntamos Robespierre y yo, ¿cómo es posible que ese tipo insignificante, ese sirviente, ese mandado, conozca los planes de un hombre como Danton?
– ¿Adónde quieres ir a parar, Camille? -preguntó Louise-. ¿Por qué no le preguntas sin rodeos si es cierto lo que decía ese tal Comte?
– Porque es absurdo -respondió bruscamente Camille-. Porque tengo otras lealtades, y si es cierto lo matarán.
Louise lo miró horrorizada y se llevó una mano al cuello. Camille comprendió de inmediato su dilema: deseaba y al mismo tiempo no deseaba que muriera.
– No te inquietes, Louise -dijo Danton con voz cansada-. Ve a terminar de preparar el equipaje. No debes dar importancia… a esas ridículas historias. Como dice Robespierre, no son más que calumnias.
Louise vaciló.
– ¿Estás decidido a ir a Arcis?
– Por supuesto. He escrito a mi familia comunicándoles nuestra llegada.
Louise salió de la habitación.
– No tengo más remedio que ir -dijo Danton-. Debo recobrar la salud. Sin eso, todo es inútil.
– Cierto -respondió Camille, tratando de rehuir su mirada-. Supongo que no te apetece asistir a los juicios importantes.
– Acércate -dijo Danton extendiendo una mano. Camille fingió no darse cuenta-. Estoy harto de la ciudad. Estoy harto de la gente. ¿Por qué no me acompañas? Te vendrá bien un cambio de aires.
Lo he perdido, piensa Danton. Prefiere a Robespierre y ese clima de perpetua frialdad.
– Te escribiré, Georges -respondió Camille. Luego se acercó a Danton y le besó brevemente en la mejilla. Era lo menos que podía hacer por él.
Llegaron a Arcis por la tarde. Había refrescado. En cuanto se apeó del carruaje, Danton sintió que el sol no calentaba tanto, que la tierra perdía su calor estival.