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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Una semana más tarde el Comité de Salvación Pública cuenta con un nuevo miembro: Lazare Carnot, el ingeniero militar que Robespierre había conocido en la Academia de Arras.

– Los militares no me caen bien -dijo Robespierre-. Son ambiciosos y tienen unas extrañas prioridades. Pero son necesarios. -Luego añadió distraídamente-: Carnot siempre daba la impresión de saber de lo que estaba hablando.

Así, Carnot fue conocido posteriormente como el Organizador de la Victoria, y Robespierre como el Organizador de Carnot.

Cuando el presidente del Tribunal Revolucionario fue arrestado (bajo sospecha de haber manipulado el juicio contra la asesina de Marat) fue sustituido por el ciudadano Hermann, miembro del tribunal de Arras, el único capaz de reconocer que cuanto dice Robespierre es de puro sentido común.

– Lo conocí de joven -informó a la señora Duplay.

– Y sigue siendo usted joven -afirmó ésta.

El antiguo presidente fue arrestado por los gendarmes durante una sesión del Tribunal. Fouquier-Tinville era muy aficionado a los dramas; su primo no tenía el monopolio.

Cuando el ministro del Interior dimitió, los dos candidatos rivales para ocupar dicho cargo fueron Hébert y Jules Paré, convertido en un renombrado abogado. Resultó elegido éste último.

– Por supuesto, todos sabemos por qué ha sido elegido -dijo Hébert-. Había sido secretario de Danton. Algunos personajes importantes no necesitan trabajar sino que se limitan a dejar que sus servidores ejerzan el poder en su nombre. Danton tiene a otro empleado suyo, Desforgues, en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Paré y Danton son tan amigos como lo eran Danton y Dumouriez.

– Es un tipo odioso -declaró Danton-. Debería de contentarse con haber colocado a sus hombres en el Ministerio de la Guerra y distribuir su periódico a las tropas.

Hébert expresó sus opiniones en el Club de los Jacobinos, algunos de cuyos miembros lo aplaudieron. Cuando abandonó la tribuna de oradores, Robespierre tomó la palabra:

– Nadie tiene derecho a manifestar la más leve crítica contra Danton. Cualquiera que intente desacreditarlo deberá demostrar que posee su misma energía, temple y celo patriótico.

Más aplausos. Algunos miembros se pusieron en pie para aclamar a Danton mientras éste, con aspecto desaliñado, sin corbata y sin afeitar, inclinaba la cabeza en señal de agradecimiento. También aclamaron a Robespierre, el cual se arregló los puños -un gesto que utilizaba como quien se persigna- y saludó sonriendo a sus admiradores. Acto seguido aplaudieron al ciudadano Camille, probablemente por el mero hecho de existir. Eso es lo que a él le gusta, ser el centro de atención, el personaje más admirado de la Revolución, el enfant terrible que siempre consigue satisfacer sus caprichos. Suponemos que también se hallaba presente Renaudin, el agresivo fabricante de violines, autor de un memorable gancho de derecha; pero de momento el único peligro era el entusiasmo de los patriotas, que se abalanzaban sobre Camille para abrazarlo. Por segunda vez se encontró con la mejilla aplastada contra el hombro de Maurice Duplay y recordó la primera vez, cuando consiguió escapar por los pelos de la persecución de Babette.

– ¿Por qué esa cara de preocupación? -le preguntó Danton.

– Deseo preservar la armonía entre vosotros -contestó Camille haciendo un pequeño gesto con las manos, como si sostuviera entre ellas un huevo, lo cual demostraba la fragilidad de dicha armonía.

A finales de agosto fueron llamados a filas muchos jóvenes, y el general Custine (ci-devant conde de Custine) perdió la cabeza. El 26, Elisabeth Duplay contrajo matrimonio con Philippe Lebas, un joven decididamente poco agraciado, pero un buen republicano, amable y leal.

– ¡Al fin! -exclamó Camille-. ¡Qué alivio!

Robespierre lo miró sorprendido. Le parecía muy bien que la joven se casara, pero a fin de cuentas sólo tenía diecisiete años.

Frente a las panaderías se formaban unas largas colas de gente insatisfecha. El precio del pan había descendido, pero escaseaba y era malo.

El diputado «montañés» Chabot mantuvo una agria discusión con Robespierre a propósito de la nueva constitución.

– No ha conseguido eliminar la pobreza de la República -dijo, agitando unos documentos ante sus narices-. No asegura el pan a los pobres.

Robespierre lo miró enfurecido. Ésta era la cuestión que más le preocupaba, asegurar el pan a los pobres. Cualquier otro objetivo, en comparación con éste, carecía de importancia. Era un objetivo simple, fácil de alcanzar. Sin embargo, existían numerosas dificultades que le impedían resolver el problema.

– Mi más ferviente deseo es hacer que desaparezca la pobreza. Pero trabajamos dentro de los límites de lo posible.

– ¿Quieres decir que el comité, con todos los poderes de que dispone…?

– Habéis otorgado numerosos poderes al comité, pero al mismo tiempo nos habéis encomendado una serie de tareas que no podemos cumplir, como por ejemplo abastecer al Ejército de reclutas. Esperáis que el comité resuelva todos los problemas, pero estáis celosos de sus poderes. Si yo fuera capaz de realizar el milagro de los panes y los peces, supongo que diríais que nos habíamos excedido en nuestro mandato -le espetó Robespierre, alzando la voz-. Si no hay pan, la culpa la tiene el bloque inglés. Echadles la culpa a los conspiradores.

Tras esas palabras, se marchó. Chabot nunca le había caído bien. Trataba de no dejarse influir por el hecho de que éste tuviera el aspecto de un pavo, rojo e hinchado, según decía todo el mundo. Era un ex fraile capuchino, aunque resultaba difícil imaginar que fuera capaz de cumplir los votos de pobreza y castidad. Él y el diputado Julien eran miembros de un comité encargado de erradicar la especulación ilegal, supuestamente siguiendo el principio de que nadie mejor que un ladrón para… Por desgracia, Julien era amigo de Danton. Robespierre pensó en el gesto que había hecho Camille, como si sostuviera un pequeño y frágil huevo. Se rumoreaba que Chabot pensaba casarse con una hebrea, hermana de dos banqueros llamados Frei, unos refugiados de los Habsburgo. Tras su matrimonio, Chabot se convertiría en un hombre rico.

– Los extranjeros te disgustan por principio -le dijo Camille.

– No me parece un mal principio teniendo en cuenta que estamos en guerra con el resto de Europa. ¿Qué han venido a hacer a París todos esos ingleses, austriacos y españoles? Deben de tener algunas lealtades en alguna parte. La gente dice que son simples hombres de negocios, pero yo me pregunto: ¿A qué clase de negocios se dedican? ¿Por qué permanecen aquí, donde el dinero no vale nada y están a las órdenes de los sansculottes? En esta ciudad son las lavanderas las que fijan el precio del jabón.

– ¿Tú qué opinas?

– Porque son unos espías, unos saboteadores.

– Se nota que no entiendes nada de finanzas.

– Cierto. Hay cosas que no alcanzo a comprender.

– Se puede sacar mucho dinero de una situación que se deteriora día a día.

– Cambon es nuestro experto en finanzas. Si me lo explicara, quizá lo comprendería.

– Pero ya has sacado tus propias conclusiones. Y supongo que estarás de acuerdo en arrestar a esas personas bajo sospecha de ser espías.

– Enemigos extranjeros.

– Eso dices ahora, pero más adelante… Toda ley de internamiento vulnera la justicia.

– Debes comprender…

– Lo sé -le interrumpió Camille-. Se trata de una emergencia nacional, de medidas extraordinarias. Nadie puede acusarme de no haberme mostrado enérgico con nuestros oponentes. Jamás me ha temblado el pulso… A propósito, ¿por qué habéis demorado el juicio de los hombres de Brissot? ¿Qué sentido tiene luchar contra los tiranos de Europa si nosotros mismos nos comportamos como tiranos? ¿Qué sentido tiene nada?

– Esto no es una tiranía, Camille. Es posible que nunca tengamos que utilizar los poderes que nos han otorgado, o como mucho sólo durante unos meses. Es para preservar nuestra supervivencia en tanto que nación. Dices que jamás te ha temblado el pulso. En cambio yo he vacilado en numerosas ocasiones. ¿Me tienes por un salvaje, un sanguinario? Creía que tenías mejor opinión de mí.

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