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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Aquí es donde nací -dijo, apoyándose en Louise.

Louise se arrebujó en su capa y contempló la mansión que se erguía ante ellos, envuelta en una densa neblina.

– No en esa casa -dijo Danton-, en otra situada cerca de aquí. -Luego se dirigió a los niños y añadió-: Mirad, ésa es la casa de vuestra abuela. ¿Os acordáis de ella?

Qué pregunta tan tonta. Georges siempre piensa que sus hijos son mayores de lo que son y cree que tienen la memoria de un adulto. François-Georges, que tenía poco más de un año cuando murió su madre, se había dormido en brazos de Louise. Antoine, agotado tras las emociones del viaje, se agarraba al cuello de su padre como un náufrago a una balsa.

Louise contempló a la luz de la antorcha que sostenía el marido de Anne Madeleine a su alarmante cuñada, que saltaba y brincaba a su alrededor como una colegiala.

– ¡Georges, Georges, querido hermano! -exclamó, precipitándose sobre él.

Danton la ciñó por la cintura mientras su hermana se apartaba el pelo de la frente y lo besaba en las mejillas. Luego cogió en brazos a uno de los niños y lo examinó detenidamente. Anne Madeleine era quien lo había rescatado de debajo de las pezuñas del toro.

Seguidamente apareció Marie-Cécile; las monjas de su convento se habían dispersado y ella había regresado a casa, donde debía estar. ¿Acaso no le había prometido su hermano ocuparse de ella? Todavía exhibía el porte de una monja, pensó Danton, mientras Marie-Cécile trataba de ocultar las manos en las mangas de un hábito que ya no llevaba. Por último apareció Pierrette, una mujer alta, sonriente y rolliza, una solterona de aspecto más maternal que la mayoría de las madres parisienses. Sostenía en brazos al hijo pequeño de Anne Madeleine, que le estaba llenando de babas la pechera del vestido. Todas rodearon a Louise, tocándola y estrujándola, comparando su delgada figura con las opulentas carnes de Gabrielle.

– ¡Qué joven eres! -exclamaron-. ¡Pareces una palomita!

Al cabo de un rato, las hermanas de Danton se dirigieron a la cocina.

– Parece muy seria y responsable -comentó una de ellas-. Apenas tiene pecho.

– Pensé que quizá se presentaría con Lucile, aquella joven de ojos negros. Creí que quizás habría conseguido separarla de su marido.

– No, ese Camille y su mujer son tal para cual -respondió otra.

La visita de los Desmoulins había sido una de las experiencias más emocionantes que habían vivido, y estaban ansiosas de que regresaran y les relataran las últimas novedades y rumores que circulaban por la capital.

Las hermanas se pusieron a representar la escena que en aquellos momentos se estaría desarrollando entre Georges-Jacques y su madre.

– Es un consuelo verte de nuevo antes de que me muera -dijo Marie-Cécile con voz temblorosa.

– ¿Morirte? -repitió Anne Madeleine-. No seas boba, no vas a morirte. Nos enterrarás a todos.

– Hay que ver las palabrotas que suelta a veces Georges-Jacques -dijo Pierrette-. ¿Creéis que se trata con gente poco recomendable?

En el salón de la mansión, la señora Recordain miró a Louise con sus luminosos ojos azules.

– Entra, hija mía, no vayas a resfriarte. Siéntate a mi lado -dijo, clavando los dedos en la cintura de Louise. Llevaban dos meses casados y aún no estaba embarazada. Al menos la chica italiana había cumplido con su deber. Ahora Georges-Jacques les había traído a casa una de esas delicadas parisienses.

Como si se temieran que su madre estuviera sometiendo a la pobre Louise a un riguroso examen, las hermanas de Danton aparecieron súbitamente, unas campesinas rollizas y saludables, vestidas con ropas prácticas. Las tres rodearon a Georges-Jacques bromeando, dándole palmaditas en la cabeza, preguntándole qué le apetecía comer y colmándole de mimos.

«Es mejor que seas tú quien lo descubra.» Fabre no había oído a Lucile decir esa frase, pero sin embargo no dejaba de rondarle por la cabeza. El día en que Danton se marchó de París se sentó en su casa, a solas, tratando de reprimir sus deseos de ponerse a gritar y golpear las paredes como un niño malcriado que no consigue satisfacer sus caprichos. Luego cogió la breve, educada y fría nota que le había enviado Danton antes de su partida a Arcis, la rompió en pedacitos y la arrojó al fuego.

Tras una tensa y agotadora entrevista en el Club de los Jacobinos, Fabre interceptó a Saint-Just y a Robespierre cuando éstos salían de la sala de debates. Saint-Just no asistía asiduamente a las reuniones nocturnas; opinaba que esas sesiones eran absurdas, aunque se guardaba muy bien de decirlo, y que los miembros del club eran unos fatuos. A Saint-Just no le interesaba la opinión de los demás. Estaba ansioso por partir dentro de unos días hacia Alsacia junto con los Ejércitos en campaña.

– Un momento, ciudadanos -dijo Fabre-, deseo hablar con vosotros.

Saint-Just lo miró irritado. Robespierre recordó lo del nuevo calendario y sonrió fríamente.

– Os lo ruego -les suplicó Fabre-. Es por un asunto de suma importancia.

– Sólo podemos concederte algunos minutos -contestó Robespierre.

– Estamos muy ocupados -apostilló Saint-Just.

Robespierre sonrió de nuevo al notar el tono del joven Antoine, que parecía indicar: «Max es amigo mío y no queremos jugar contigo.» Supuso que quizá Fabre retrocedería unos pasos para observar a Saint-Just a través de sus anteojos, pero no fue así. Pálido, torpe e impaciente, Fabre insistió de nuevo. La brusquedad de Saint-Just le había desconcertado.

– Debo ver al comité -dijo Fabre-. Es un asunto que les concierne.

– Entonces no lo vayas pregonando.

– Sólo los conspiradores murmuran -replicó Fabre, alzando la voz-. Dentro de poco toda la República se habrá enterado de ello.

Saint-Just lo miró enojado.

– No estamos en el escenario -dijo secamente.

Robespierre miró perplejo a Saint-Just.

– Tienes razón, Fabre. Si tu noticia concierne a la República, no hay razón para ocultarla. -Al mismo tiempo miró a su alrededor para comprobar si alguien había oído sus palabras.

– Es una cuestión de salvación pública.

– En ese caso debes acudir al comité.

– No -terció Saint-Just-. Esta noche tenemos una agenda muy apretada y trabajaremos hasta el amanecer. Todos los asuntos son urgentes y no podemos aplazarlos. Además, ciudadano Fabre, debo estar en mi despacho mañana a las nueve de la mañana.

Fabre no le hizo caso. Cogió a Robespierre del brazo y le dijo:

– Debo revelar una conspiración. -Robespierre lo miró atónito-. Sin embargo, no hay un peligro inminente. Si actuamos rápidamente mañana, conseguiremos frustrarla. El joven ciudadano Saint-Just necesita descansar. No está acostumbrado a permanecer desvelado como nosotros, los viejos patriotas.

Eso fue un error. Robespierre lo miró fríamente y dijo:

– Según mis informes, ciudadano Fabre, solías permanecer desvelado en un casino cuya existencia ignoran los patriotas de la Comuna, en compañía del ciudadano Desmoulins y varias mujeres de dudosa reputación.

– Debes tomar en serio lo que digo -le rogó Fabre.

– ¿Se trata de una conspiración complicada? -preguntó Robespierre.

– Sus ramificaciones son gigantescas.

– Muy bien. El ciudadano Saint-Just y yo nos reuniremos en el comité de Seguridad General.

– Lo sé.

– ¿Te parece bien?

– Perfectamente. Así resolveremos antes el problema.

– Perfectamente. Nos encontraremos a…

– Lo sé.

– De acuerdo. Buenas noches.

– El comité nos espera, Robespierre -dijo Saint-Just, impaciente.

– Espero que no -replicó Robespierre-. Espero que hayan comenzado a revisar los asuntos del día sin esperarnos. Nadie es indispensable.

Tras esas palabras, echó a andar tras Saint-Just.

– Ese hombre no es de fiar -observó éste cuando se hubieron alejado-. Es demasiado teatral. Es un histérico. No me cabe la menor duda de que esa presunta conspiración es producto de su desbordante imaginación.

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