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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Lo he oído -dijo.

– Son las tácticas ofensivas de Fabre. Ha perdido la cabeza.

– No me parece una frase muy oportuna -observó Lucile.

– No me agobies -protestó Fabre-. Tus manos tampoco están limpias. Cuando caigas, Camille -añadió, pasándose el índice por el cuello en sentido horizontal-, nadie te ayudará a levantarte, sino que se burlarán de ti.

– Es aficionado a las metáforas -dijo Lucile.

– Todo esto… -dijo Fabre, haciendo un gesto con las manos como si sostuviera una bola entre ellas-… todo esto estallará como una fruta podrida. Te ruego que intercedas por mí, Camille, habla con Robespierre -le suplicó desesperado.

– De acuerdo -respondió Camille. Deseaba aplacarlo, impedir que continuara haciendo una escena ante Lucile-. Baja la voz, pueden oírte los sirvientes. ¿Qué quieres que le diga a Robespierre?

– Si menciona mi nombre -contestó Fabre, respirando trabajosamente-, dile que… siempre he sido un patriota.

– Procura calmarte -dijo Lucile.

Fabre miró a su alrededor como si se sintiera ofuscado.

– Debo marcharme -dijo, cogiendo su sombrero-. Lo lamento, Lucile. No es necesario que me acompañes a la puerta.

Camille lo siguió.

– No te preocupes, Philippe -murmuró-, todavía quedan por atrapar muchos peces pequeños, según dice Robespierre.

– ¿Por qué me has llamado por mi nombre de pila? -inquirió Fabre.

– Cuídate -respondió Camille sonriendo.

Cuando regresó al cuarto de estar, Lucile le preguntó:

– ¿Qué estabais murmurando?

– Unas palabras de consuelo.

– No me mientas. ¿Qué es lo que ha hecho Fabre?

– En agosto… ¿Has oído hablar de la Compañía de las Indias Orientales? Me alegro, porque hemos ganado mucho dinero con ella. Como recordarás, el valor de las acciones cayó, y luego ascendió de nuevo. Todo era cuestión de comprar y vender en el momento oportuno.

– Mi padre dijo que suponía que habías ganado mucho dinero con eso. Aunque respeta el hecho de que hicieras uso de la información que poseías, dice que en sus tiempos os habrían considerado unos delincuentes. «Claro que en mis tiempos -añadió-, no existían los augustos y virtuosos miembros de la Convención para apoyarse en esas turbias maniobras.»

– Comprendo que tu padre reaccionara así. ¿Sabe cómo lo conseguimos?

– Probablemente. Pero no trates de explicármelo, sólo quiero saber las consecuencias.

– Cuando la compañía iba a ser liquidada, hubo una discusión en la Convención sobre la forma de hacerlo. Es posible que la liquidación no se llevara a cabo como pretendía la Convención. No lo sé.

– Pero en realidad sí lo sabes.

– Ignoro los detalles. Según parece, Fabre infringió la ley, cosa que nosotros no hicimos, o al menos, se disponía a infringirla.

– Pero por la forma en que se expresó, deduje que tú y Danton también corríais peligro.

– Es posible que Danton esté implicado en el asunto. Lo que Fabre nos ha dado a entender es que no debemos investigar los asuntos de Danton.

– Pero no creo que Danton se atreviera a… -Lucile no sabía cómo expresarlo con tacto-. ¿Crees que sería capaz de echarle la culpa a otro?

– Fabre es amigo suyo. Cuando estábamos en el ministerio, traté de advertirle que Fabre estaba sobrepasando los límites acordados. «Fabre es mi amigo -contestó Danton-. Hemos pasado mucho juntos y nos conocemos perfectamente.»

– Así que Georges lo protegerá…

– No lo sé. No quiero hablar de ello con ninguno de los dos porque me vería a obligado a referir lo que supiera a Robespierre, el cual tendría que informar al comité.

– Deberías hablar con Robespierre. Si existe algún peligro de verte envuelto en este asunto, es mejor que seas tú quien lo descubra.

– Pero eso significa ayudar al comité, cosa que no me apetece.

– Si el comité es el único medio de tener un Gobierno firme, debes ayudarlo.

– Detesto los gobiernos firmes.

– ¿Cuándo comenzarán los juicios importantes?

– Pronto. Dada su situación, Danton no podrá demorarlos por más tiempo. Y Robespierre no se atreverá a hacerlo.

– Supongo que sigues estando de acuerdo en que se juzgue a esa gente.

– ¿Cómo no iba a estarlo? Monárquicos, brissotinos…

La ley de sospechosos. Los sospechosos son: quienes han contribuido a la tiranía (tiranía real, tiranía de los brissotinos); quienes no pueden demostrar que han cumplido sus obligaciones cívicas; quienes no se mueren de hambre y no disponen aparentemente de ningún medio de subsistencia; quienes las Secciones les han negado un certificado de ciudadanía; quienes han sido eliminados de un cargo público por la Convención o sus representantes; quienes pertenecen a una familia aristocrática y no han dado muestras de un fervor revolucionario constante y extraordinario; o quienes han emigrado.

Posteriormente, el ciudadano Desmoulins declara que 200.000 personas han sido detenidas bajo esa ley. El comité de vigilancia de cada Sección tiene como misión elaborar unas listas de sospechosos, privarlos de sus documentos de identidad y detenerlos en un lugar seguro. Esos lugares, denominados «edificios nacionales», consisten en conventos, castillos abandonados y almacenes vacíos. A Collot d’Herbois se le ha ocurrido una idea mejor. Sugiere que los sospechosos sean encerrados en viviendas minadas y luego volarlas.

Desde que se ha convertido en miembro del Comité de Salvación Pública, Collot se abstiene de criticarlo. Cuando entra en la sala del comité, el ciudadano Robespierre procura marcharse por otra puerta.

Decreto de la Convención Nacionaclass="underline" «El Gobierno francés seguirá siendo revolucionario hasta que la paz… El Terror está a la orden del día.»

Antoine Saint-Just: «Es preciso castigar a todo aquel que se muestre pasivo en los asuntos relativos a la Revolución y no haga algo por ella.»

– Así que han modificado el calendario -dijo Danton-. Es demasiado para un inválido.

– Así es -contestó Camille-. La semana tiene ahora diez días. Resulta más conveniente para el esfuerzo de guerra. Ahora nuestras fechas arrancan a partir de la fundación de la República, de modo que nos hallamos en el mes I del año II. Han pedido a Fabre que se invente unos nombres absolutamente ridículos para aplicarlos a los meses. Fabre ha decidido poner al primero el nombre de Vendémiaire. O sea que hoy… -Camille arrugó el ceño-, sí, hoy sería el 19 de Vendémiaire.

– En esta casa estamos a 10 de octubre.

– No tienes más remedio que aprendértelos. Debemos ponerlos en las cartas oficiales.

– No pienso escribir ninguna carta oficial -replicó Danton.

Se había levantado de la cama pero hablaba y se movía lentamente. De vez en cuando apoyaba la cabeza en el respaldo del sillón en el que estaba sentado, y cerraba los ojos unos instantes.

– Cuéntame lo de la batalla cerca de Dunkerque -dijo-. Cuando me retiré del mundo, todos decían que era una gran victoria para la República. Ahora tengo entendido que el general Houchard ha sido arrestado.

– El comité y el Ministerio de la Guerra decidieron que el general pudo haber causado más daños de los necesarios al enemigo. Lo han acusado de traición.

– Sin embargo, fue el comité el que lo nombró. Supongo que se organizaron unas divertidas escenas en la Convención.

– Si, pero Robespierre salió triunfante.

– Parece que se ha convertido en uno de los miembros más eficaces del comité.

– Es muy responsable. Todo lo hace bien.

– Debo dejarlo todo en sus manos. El médico me ha ordenado que me traslade al campo. ¿Irás a verme a Arcis en cuanto tengas unos días libres?

– Yo no nunca tengo ningún día libre.

– Te expresas como Robespierre.

– ¿Te has enterado de lo del diputado Julien?

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