La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Necesitaba una justificación: la conspiración de Saint-Just contra la República, que Camille había detectado con el infalible ojo de un auténtico patriota. «Yo soy la Revolución.» ¿Quién iba a dudar que lo había matado en un patriótico arranque de ira? Todos sabían que tenía un temperamento vivo y enérgico. Para evitar enojosas preguntas, utilizaría un cuchillo pequeño, discreto.
No seas estúpido, se dijo. Saint-Just no va a matarte, y mucho menos tú a él.
Asistió al comité de la Guerra, del que era secretario, y desde sus dependencias escribió una alegre y sensata carta a su casa, pidiendo a su padre que no citara con tanta frecuencia a Rose-Fleur en su correspondencia pues Lucile estaba celosa de ella.
No obstante, la fantasía se había instalado en su mente y no conseguía librarse de ella. Pensó en el orificio en el costado de Lepelletier, la herida causada por el cuchillo de un carnicero, que le había producido la muerte tras una lenta agonía. Debía actuar rápidamente; Saint-Just era bastante más corpulento y fuerte que él, de modo que tenía que matarlo de una puñalada. En el Club de los Jacobinos, cuando oía la estentórea voz del joven, se sonreía. En la Convención, mientras Saint-Just hablaba desde la tribuna, moviendo la mano izquierda como si descargara un golpe seco, Camille se entretenía urdiendo su plan.
13 de julio.
– Una persona de Caen -dijo Danton-. Al parecer, Pétion y Barbaroux se ocultaron allí durante las últimas semanas. Se trata de una conspiración girondina. Te aseguro que yo no la organicé.
– El otro día oí a un individuo gritar en la calle algo sobre un «asesinato»… Temí que… en un momento de… no, déjalo, no tiene importancia.
Danton lo miró perplejo. Al cabo de unos instantes, dijo:
– De todos modos, esto es el fin de la Gironda. Son una pandilla de asesinos y cobardes. Enviaron a una mujer.
En la estrecha callejuela se había formado un nutrido grupo de gente, una sólida masa, casi silenciosa, que contemplaba fascinada las dos ventanas iluminadas de la casa de Marat. Eran las doce y media de una noche curiosamente liviana, en la que reinaba un calor subtropical. Camille trató de subir la escalera que conducía a la vivienda, pero el sansculotte que custodiaba la entrada le detuvo.
– Nunca te había visto de cerca -dijo, observando detenidamente a Camille-. ¿Cómo ha reaccionado Danton?
– Está muy afectado.
– No irás a decirme que está disgustado…
Camille estaba acostumbrado a que la muchedumbre lo aclamara, pero ese tono de familiaridad era diferente, más desagradable.
– Algunos dicen que Danton y Robespierre lo han matado para cerrarle la boca -dijo el sansculotte-. Otros aseguran que han sido los monárquicos, otros los brissotinos.
– Te conozco -respondió Camille-, te he visto corriendo detrás de Hébert. ¿Qué haces aquí?
Supuso que habrían empezado a pelearse por la herencia.
– Ah -respondió el hombre-. Père Duchesne tiene sus intereses. El pueblo necesita un nuevo Amigo. No seréis ninguno de vosotros…
– Tal vez Jacques Roux.
– Tú y ese cerdo de Dillon…
Camille lo apartó bruscamente a un lado y subió la escalera. Legendre ya había llegado. Llevaba la faja tricolor anudada descuidadamente en torno a su voluminosa tripa. El suelo parecía temblar bajo sus pies, como si todavía retumbaran los gritos de las mujeres; pero todo estaba en silencio, a excepción de unos débiles sollozos que sonaban a otro lado de una puerta cerrada. Apenas has probado bocado, se dijo Camille, por eso te parece que las paredes oscilan y que el aire es irrespirable.
La asesina se hallaba sentada en el cuarto de estar. Tenía las manos atadas a la espalda, y junto a su silla había dos centinelas que sostenían sus picas. Ante ella había una mesita cubierta con un mugriento paño blanco, sobre el que reposaban sus pertenencias: un reloj de oro, un dedal, un carrete de hilo blanco, unas monedas, un pasaporte, un certificado de nacimiento, un pañuelo de encaje y un estuche de cartón de un cuchillo de cocina. En la alfombra, a sus pies, yacía un sombrero negro con tres cintas verdes.
Camille se apoyó en la pared y la observó. Tenía una piel translúcida y delicada, el tipo de cutis que enrojece rápidamente bajo el sol y refleja la luz. Era una muchacha de pecho voluminoso y aspecto saludable, alimentada con leche de vaca recién ordeñada, el tipo de chica que le sonríe a uno en la iglesia, vestida con un traje adornado con unos lazos y oliendo a flores los domingos después de Pascua. Te conozco, pensó Camille; te recuerdo de cuando era niño. Alrededor de su rostro colgaban los restos de un sofisticado moño, como el que suele lucir una joven de provincias antes de cometer un asesinato.
– Sí, haz que se ruborice -dijo Legendre-. Se ruboriza fácilmente, pero no por haber cometido un crimen. Doy gracias a la Providencia por estar vivo. Se presentó en mi casa hace un rato. Ella lo niega, pero sé que estuvo allí. Mi familia sospechó de ella, y no la dejaron pasar. Sin duda fue con el propósito de matarme.
– Enhorabuena -contestó Camille. Sabía que la joven se sentía incómoda con las manos atadas a la espalda.
– No se ruboriza por haber asesinado a nuestro mayor patriota -dijo Legendre.
– Si eso era lo que se proponía, no hubiera perdido el tiempo contigo.
Simone Evrard estaba junto a la puerta de la habitación en la que se hallaba el cadáver, apoyada contra la pared, sin poder sostenerse apenas, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
– Todo estaba lleno de sangre, Camille -dijo-. No sé cómo vamos a limpiar la sangre del suelo y las paredes.
Cuando Camille abrió la puerta de la habitación, Simone alzó débilmente la mano, como si quisiera impedirle entrar. El doctor Deschamps se volvió bruscamente, y uno de sus ayudantes se adelantó para detener a Camille.
– Debo cerciorarme… -murmuró Camille.
– Lo lamento -dijo el doctor Deschamps-. No sabía que se trataba de usted. Le advierto que no es un espectáculo agradable. Estamos embalsamando el cadáver, pero con este calor… -añadió el médico, secándose las manos con una toalla-. Dado el estado del cadáver, dentro de cuatro o cinco horas… Es como si se descompusiera estando todavía vivo.
Cree que estoy aquí en calidad de representante de la Convención, pensó Camille, como un acto protocolario. Cuando bajó la vista para mirar el cadáver, el doctor Deschamps se apresuró a sostenerlo del brazo.
– Fue una muerte instantánea -dijo-. O casi. Apenas tuvo tiempo de gritar. No sufrió. El cuchillo penetró por aquí -añadió el médico, señalando la herida-. Atravesó el pulmón derecho, la arteria y el corazón. Como no podíamos cerrar la boca, tuvimos que cortarle la lengua. ¿Se encuentra usted bien? Como verá, el cadáver es totalmente identificable. Creo que será mejor que salga de aquí, temo que le maree el intenso humo de las hierbas aromáticas que hemos quemado para sofocar el olor a descomposición.
Fuera, Simone seguía apoyada en la pared y respiraba trabajosamente.
– Les he dicho que administraran a esa mujer un opiáceo -dijo el doctor Deschamps, enojado-. ¿Desea que firme algún papel? ¿No? De acuerdo. Supongo que lleva usted una escolta oficial. No sé a qué viene ese disimulo, todo el mundo sabe que Marat ha muerto. Han venido unos miembros del Club de los Jacobinos y se han puesto a vomitar sobre mis ayudantes. Usted parece a punto a desmayarse, de modo que le aconsejo que salga a que le dé el aire. ¿Se encargará usted de la esposa o de la concubina de Marat?
Tras esas palabras, el médico cerró la puerta. Simone se arrojó en brazos de Camille. En la habitación contigua sonaban unas voces irritadas.
– Yo era su esposa -dijo Simone-. No se casó conmigo por la Iglesia, ni en el Ayuntamiento, pero me juró por todos los dioses de la creación que yo era su esposa.
¿Pretenderá que le aconseje sobre sus derechos?, se preguntó Camille.
– Legalmente es como si fuera usted su viuda -dijo-. Hoy en día nadie presta atención a estas formalidades. Es usted dueña de todo, de la impresora y del papel para la próxima edición del periódico. Tenga cuidado de que no se lo quiten. Supongo que el Estado sufragará los gastos del funeral.