La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
No obstante, si todos se sometieran a un único poder, cualquier otro tipo de existencia, aunque fuese inferior a la que prevalecía, perecería y nunca tendría la oportunidad de crecer. El tipo de poder único que representaba la Orden Imperial no era más que esclavitud.
A Kahlan le sorprendió encontrar centinelas galeanos apostados más lejos del campamento que antes. Ya no estaban tan separados entre sí y se habían ocultado bien; le salían al paso en el último momento con arcos prestos y acero desenvainado. Era evidente que Chandalen, Prindin y Tossidin habían estado aleccionándolos. Al reconocerla, los centinelas la saludaban llevándose un puño al corazón.
El amanecer teñía el cielo de un oscuro tono gris acerado. No era un día tan frío como los anteriores, pues las nubes cubrían el paisaje como una cálida manta. Nick avanzaba penosamente sobre la nieve hacia el campamento y, aunque Kahlan se sentía agotada, cuando vio a hombres correr hacia ella se puso de nuevo en actitud de alerta y su cabeza se llenó de todas las cosas que debían hacerse.
Chandalen, Prindin, el capitán Ryan y el teniente Hobson estaban hablando con un grupo de hombres cuando la vieron cabalgar hacia ellos. Los cuatro corrieron a su encuentro. A su alrededor el campamento bullía de actividad; había hombres cocinando, otros comiendo, guardando pertrechos, preparando armas y atendiendo los carros y los caballos. Kahlan distinguió a Tossidin, ataviado con su manto hecho de piel de lobo blanco que, en compañía del teniente Sloan, agitaba los brazos mientras explicaba algo a un grupo de soldados. Éstos lo escuchaban en silencio, con las lanzas clavadas en la nieve. Era como un oscuro puercoespín sentado en la blanca nieve.
La mujer dejó escapar un gemido de cansancio mientras desmontaba ante los hombres que habían acudido a recibirla. Los demás continuaban con sus quehaceres, pero se movían más lentamente, observándola con gran interés. Los cuatro hombres la contemplaron con los ojos muy abiertos. Ninguno dijo nada.
— ¿Qué estáis mirando? —les espetó Kahlan, algo irascible.
— Madre Confesora, estáis cubierta de sangre —respondió el capitán Ryan—. ¿Estáis herida?
Kahlan bajó la vista hacia la piel blanca de su manto y comprobó que ya no era blanca. También entonces se dio cuenta de que tenía la piel del rostro tirante por la sangre seca, así como el cabello.
— Oh, no pasa nada. Estoy bien —afirmó en tono más sosegado.
Chandalen y Prindin suspiraron aliviados.
El teniente Hobson, que no dejaba de mirarla con ojos desorbitados, inquirió:
— ¿Qué hay del mago? ¿Lo visteis?
— Llevo encima todo lo que queda de él —respondió Kahlan enarcando una ceja.
Chandalen la miró con una sonrisa taimada.
— ¿A cuántos más mataste?
Kahlan se encogió de hombros con gesto cansino.
— He estado tremendamente ocupada y no he tenido tiempo de contarlos. Pero supongo que, incluyendo los incendios, deben de ser más de cien. Lo importante es que el mago está muerto. Dos de sus comandantes también han muerto y al menos dos más están heridos.
Tanto el capitán Ryan como el teniente Hobson palidecieron.
La sonrisa de orgullo de Chandalen se hizo aún más amplia.
— Me sorprende que nos hayas dejado alguno para que lo matemos nosotros, Madre Confesora.
— Todavía quedan muchos —repuso Kahlan, sin devolverle la sonrisa—. Nick hizo casi todo el trabajo —añadió, frotando el hocico del caballo.
— Ya os dije que no os fallaría, Madre Confesora —dijo Hobson.
— Y no lo hizo. Me fue de más ayuda que los buenos espíritus. Sin él, ahora estaría muerta.
Kahlan hincó una rodilla en la nieve frente a los dos oficiales galeanos e inclinó la cabeza.
— Imploro vuestro perdón —dijo, tomando una mano de cada uno de los jóvenes entre las suyas—. Aunque ignoráis cómo realizar lo que debe hacerse, habéis antepuesto vuestro deber hacia la Tierra Central a mis órdenes. Quiero que todos sepáis que estaba equivocada y que actuasteis movidos por una noble intención. —La Madre Confesora besó ambas manos—. Poseéis un corazón honrado. Habéis tenido siempre presente vuestro deber por encima de todo. Os suplico que me perdonéis.
Sobrevino un silencio mientras Kahlan aguardaba de rodillas. Finalmente, el capitán le susurró:
— Madre Confesora, por favor levantaos. Todo el mundo está mirando.
— No hasta que me perdones. Quiero que todos sepan que hiciste lo correcto.
— Pero vos no sabíais lo que estábamos haciendo, ni por qué. Solo pensabais en nuestra seguridad. —Kahlan esperó. El joven capitán se quedó un momento más en incómodo silencio—. Muy bien, os perdono… No lo volváis a hacer.
Kahlan se levantó, les soltó las manos y les dirigió una leve sonrisa desprovista de humor.
— Que sea la última vez que me desobedecéis.
El capitán Ryan asintió, muy serio.
— Así será… —Inmediatamente sacudió la cabeza y se explicó—. Quiero decir que no, que no será así… Os obedeceremos en todo, Madre Confesora.
— Sé qué quieres decir, capitán. —Kahlan lanzó un cansado suspiro antes de añadir—: Tenemos mucho que hacer antes de atacar a esos hombres.
— ¿Tenemos? —gritó Chandalen—. ¡Dijiste que sólo les enseñaríamos algunas cosas y que luego seguiríamos viaje hacia Aydindril! No podemos vernos envueltos en esta batalla. Ya has corrido demasiados riesgos. Debemos…
— Tengo que hablar con vosotros tres —lo atajó Kahlan—. Ve a buscar a Tossidin. Capitán, por favor reúne a los hombres, incluidos los centinelas. Quiero dirigirme a todos juntos. Después espera con tus hombres. Enseguida estaré con vosotros. Y dejad una tienda montada para mí; tengo que descansar unas horas mientras se prepara todo.
Kahlan se alejó fuera del alcance de los soldados galeanos, seguida por Chandalen, mientras Prindin iba en busca de Tossidin. Cuando los tuvo a los tres delante, los miró. Chandalen se mostraba ceñudo, y los dos hermanos esperaban impasibles.
— La gente barro posee magia —empezó a decir Kahlan en voz baja.
— Nosotros no tenemos magia —protestó Chandalen.
— Sí que la tenéis. Crees que no es magia porque naciste con ella y no concibes la vida sin ella. No conoces a otras gentes, ni sus costumbres. La gente barro habla con los espíritus de sus antepasados y puede hacerlo porque posee magia. Tú crees que es lo más normal del mundo, pero en otros lugares, con otras gentes, no es así. Vuestra capacidad para hacerlo es un tipo de magia. La magia no es una fuerza extraña y poderosa, sino simplemente el modo de ser de algunas gentes y de algunas criaturas.
— Otros pueden hablar con los espíritus de sus antepasados si lo desean —objetó Chandalen.
— Unos pocos sí, pero la mayoría no. Para ellos es hablar con los muertos, y eso es magia, una magia que les da miedo. Tú y yo sabemos que no es algo de lo que se haya de tener miedo, pero nunca lograrías convencer a esa gente de que lo que hacéis está bien. Para ellos siempre sería algo malo. La gente cree en lo que la educaron, y a ellos los educaron para creer que hablar con los muertos es malo.
— Pero los espíritus de los antepasados nos ayudan —intervino Prindin—. Ellos nunca nos causan ningún daño; sólo ayudan.
Kahlan posó una mano sobre su hombro y miró a los ojos de expresión preocupada.
— Lo sé. Es por eso por lo que ayudo a mantener a todos alejados de vosotros; para que viváis como deseéis. Existen otros pueblos, pocos, que poseen el mismo tipo de magia y también hablan con sus antepasados, como vosotros. Y hay otros pueblos y otras criaturas que poseen una magia distinta a la vuestra, pero a la que valoran tanto como vosotros valoráis la vuestra. ¿Comprendéis? —preguntó, mirando a los tres por turno.
— Sí, Madre Confesora —contestó Tossidin.
Prindin asintió, mientras que Chandalen soltaban un gruñido y se cruzaba de brazos.