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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Unos dedos se aferraban a una de esas ramas. Era un hombre agarrado por la punta de los dedos, con las piernas colgándole sobre una caída de unos trescientos metros. Gruñía por el esfuerzo de tratar de encaramarse con los pies al hielo, pero era demasiado resbaladizo.

Kahlan se quedó justo al borde, cogida de la rama, contemplando cómo el hombre temblaba. Hilos de agua que burbujeaban sobre el hielo y sobre su rostro le empapaban el cabello así como su uniforme kelta. Los dientes le castañeteaban.

Entonces alzó la mirada y la vio sobre él a la luz de la luna.

— ¡Ayúdame! —gritó—. ¡Por favor, ayúdame!

No podía tener muchos más años que ella. Kahlan lo miró sin ninguna emoción. El joven tenía unos ojos muy grandes, que seguramente enamoraban a las jovencitas. Pero las muchachas de Ebinissia seguro que no se enamoraron al ver esos ojos.

— ¡En nombre de los buenos espíritus, ayúdame!

— ¿Cómo te llamas? —preguntó Kahlan, arrodillándose.

— ¡Huon! ¡Me llamo Huon! ¡Por favor, ayuda!

Kahlan se tendió sobre el hielo y enganchó un pie alrededor de una raíz enmarañada, mientras se agarraba con más fuerza con una mano a la recia rama. La otra la extendió hacia el joven, pero no lo suficiente para que éste la cogiera.

— Huon, te ayudaré con una condición, he jurado que no tendría piedad y no la tendré contigo. Si me coges de la mano, te tomaré con mi poder. Serás mío ahora y para siempre. Si quieres seguir vivo, será como servidor de una Confesora. Si estás pensando en arrastrarme al abismo contigo antes de que tenga tiempo de descargar mi magia, te aviso que no te haría tal oferta si tuvieras la más pequeña posibilidad de lograrlo. He tomado a más hombres de los que puedo contar. No tendrás tiempo; antes serías mío.

Huon parpadeó. Sacudió la cabeza para desprenderse del agua helada que le caía sobre los ojos y la miró.

Kahlan le tendió la mano.

— Elijas lo que elijas, Huon, tu antigua vida ha acabado. Si vives, ya no serás quien eres ahora. Huon habrá desaparecido para siempre; serás mío.

— Por favor —susurró el kelta—, ayúdame a subir. No te haré ningún daño. Juro que te dejaré marchar. Me costará horas volver al campamento a pie, y para entonces tú ya estarás muy lejos. Por favor, ayúdame a subir.

— ¿Cuántas personas en Ebinissia te suplicaron que les perdonaras la vida? ¿Y a cuántas salvaste? —La voz de la mujer sonaba tan gélida como el hielo sobre el que estaba tendida—. Soy la Madre Confesora y he declarado la guerra sin cuartel a la Orden Imperial. Mientras uno de vosotros siga con vida, el juramento sigue en pie. Elige, Huon, morir o ser tomado por mi poder. De un modo u otro, estás acabado.

— La gente de Ebinissia tuvo lo que se merecía. Preferiría entregarme al mismo Custodio antes que ser tocado por tu asquerosa magia. Los buenos espíritus nunca me aceptarían si estuviera contaminado por tu oscura magia profana. —Los labios del joven esbozaron una desdeñosa sonrisa para añadir—: ¡Que el Custodio te lleve, Confesora!

Dicho esto, abrió los brazos y cayó silenciosamente al abismo.

Mientras cabalgaba de regreso al campamento de los reclutas de Galea, reflexionaba sobre lo que Riggs, Karsh y Slagol le habían dicho, así como en todos los seres mágicos que habitaban en la Tierra Central.

Kahlan pensó en el hermoso país de los geniecillos nocturnos, con vastas praderas situadas en el corazón de antiguos y remotos bosques, donde los geniecillos se reunían al crepúsculo para danzar en el aire por encima de la hierba y de las flores silvestres, como felices luciérnagas. La Confesora había pasado muchas noches tendida de espaldas en la hierba mientras los geniecillos flotaban sobre ella y charlaban de cosas de la vida, de sueños, esperanzas y amores.

Entonces pensó en las criaturas que habitaban el lago Longo, seres translúcidos, casi invisibles, que parecían hechos de cristal líquido o del agua en la que vivían. Kahlan nunca había hablado con ellos, pero contemplaba cómo emergían por la noche para bañarse en la luz de la luna sobre las rocas y en las orillas. Pese a que no poseían voz, Kahlan las comprendía y había jurado protegerlas.

También estaban los árboles susurradores, con quienes se había comunicado en una experiencia inquietante y misteriosa pero también muy hermosa y apacible.

Todos los árboles susurradores estaban unidos a través de las raíces que se tocaban bajo tierra, y cada uno de ellos hablaba en nombre de la colectividad. Pero también cada uno tenía un nombre que susurraba a quien le prometiera sencillos favores. Se trataba de una colectividad que, al mismo tiempo, era un solo individuo. Si se talaba un árbol susurrador, todos compartían el mismo dolor de la muerte, pues no podían eludir el contacto que los unía. Kahlan los había visto sufrir, y sus gemidos harían incluso llorar a las estrellas.

Existían otros seres mágicos y gente que poseía magia. A veces no era tarea nada fácil establecer un límite entre lo que era animal y humano. Algunos habitantes de la Tierra Central eran en parte animales, o tal vez algunos animales eran en parte humanos. Eran seres extraños, encantadores y extremadamente tímidos.

La Tierra Central era un lugar de magia, desde las más simples criaturas que habitaban las cuevas Aullantes y que te permitían ver sus nidos a través de muros de roca sólida, hasta pueblos como la gente barro, que poseían un tipo de magia muy simple capaz solamente de una cosa.

Como Madre Confesora, todos esos seres, y muchos otros, eran responsabilidad suya y, como Madre Confesora, mandaba sobre todos ellos para proteger esos lugares mágicos, para que la carga se repartiera entre todos. Era un arreglo que Confesoras y magos apoyaban desde hacía miles de años.

«Seres de la penumbra» los había llamado Riggs. Ése era uno de los muchos nombres que les daba la Sangre de la Virtud, porque muchos de ellos salían sólo por la noche. Por esa razón, la Sangre los asociaba con la oscuridad y, guiados por el miedo, con la oscuridad del Custodio de los Muertos.

La Sangre de la Virtud era un atajo de hombres totalmente irracionales y obtusos, que consideraban que la magia era la fuerza de la que se servía el Custodio para extender su influencia al mundo de los vivos. Se habían arrogado el deber de enviar al mundo de los muertos a cualquiera que, según ellos, sirviera al Custodio, lo cual incluía a cualquier persona que se opusiera a su modo de ver las cosas. En algunos países la Sangre estaba proscrita, pero en otros, como en Nicobarese, recibía el apoyo y el patrocinio de la Corona.

Tal vez Riggs tenía razón. Tal vez ella debería haber impuesto el peso de su ley a hombres como ésos, para detenerlos. No obstante, el Consejo no fue creado para que todo el mundo se doblegara ante sus criterios. La fuerza y la belleza de la Tierra Central era justamente su diversidad, incluso si parte de esa diversidad era fea. Lo que para uno era feo, para otro era hermoso, por lo cual se permitía que cada país y cada pueblo se gobernase a sí mismo, siempre y cuando no tratara de conquistar por las armas a otros. Se soportaba con tolerancia a los seres repugnantes para que los bellos pudieran florecer. A veces no resultaba nada sencillo que el Consejo se atuviera a su cometido de obligar a los países a colaborar en algunas cosas pero, al mismo tiempo, les permitiera ser autónomos en otras.

Tal vez Riggs estaba en lo cierto. Aunque los países más pequeños no vivían bajo el temor de ser conquistados, los habitantes de otros reinos sufrían bajo el yugo de líderes crueles o ineptos, sin esperanza de recibir ninguna ayuda del exterior. Si el establecimiento de un poder central podía acabar con el sufrimiento de esos infortunados, ¿por qué no mejorar sus condiciones de vida?

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