La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Sin duda está consumido por los remordimientos. Se aprovechó de la buena fe de Gabrielle, la madre de sus hijos. Cuando murió, supuse que estaba tan dolido que jamás se recuperaría de ese trance, y le escribí para consolarlo. Le abrí mi mente y mi corazón, sin reservas, sin dudas ni recelos… «Tú y yo somos una misma persona», le dije. Quizá fuera una exageración. Debí mostrarme más precavido, pero sufría por él… Al leer mi carta, debió sonreírse y comentar con sus amigos: «Está loco. ¿Cómo puede afirmar que somos la misma persona? Es soltero, sólo mantiene relaciones temporales, que además niega. No puede imaginar siquiera lo que yo siento.»
Pero Danton es un patriota, se dice Robespierre, apoyando las manos en el escritorio. No es necesario añadir nada más; no importa que sus modales me disgusten. Danton es un patriota.
Al cabo de un rato abrió un cajón y sacó una libreta negra. Estaba sin estrenar. La abrió por la primera página, mojó la pluma en el tintero y escribió: Danton. Quería añadir algo más, por ejemplo: no quiero que nadie lea esto, es mi diario privado. Pero aunque no presumía de conocer a la gente, sabía que con ello sólo conseguiría exacerbar su curiosidad, el deseo de hurgar en sus asuntos personales. Bien, que lo lean, pensó… O podía llevarse la libreta a todas partes. Aunque en aquellos momentos se detestaba, empezó a escribir todo cuanto recordaba de su conversación con Camille.
Maximilien Robespierre
En nuestro país pretendemos sustituir la moralidad por el egoísmo, la rectitud por el código personal del honor, los principios por los prejuicios, los deberes públicos por las obligaciones sociales, el imperio de la razón por la tiranía de la moda, el desprecio al vicio por el desprecio a la desgracia, el amor a la gloria por el amor al dinero, la gente buena por la buena sociedad, el mérito por la intriga, la grandeza del hombre por la mezquindad de los grandes, un pueblo magnánimo y feliz por otro frívolo y triste: en definitiva, todas las virtudes y prodigios de la república por los ridículos vicios de la monarquía.
Camille Desmoulins
Hasta la fecha hemos creído, junto con los legisladores de antaño, que las virtudes constituían la base necesaria de una república; el mérito del Club de los Jacobinos será el haber fundado una república basada en el vicio.
A lo largo del mes de junio estallan numerosas revueltas en la Vendée. Los rebeldes se apoderan de Angers, Saumur y Chinon, y son derrotados por estrecho margen en la batalla de Nantes, donde la Marina inglesa aguarda frente a las costas para apoyarlos. El comité Danton no está ganando la guerra, ni puede prometer la paz. Si en otoño la situación no mejora, los sansculottes tomarán la ley en sus manos y arremeterán contra el Gobierno y sus dirigentes. Al menos ésa es la sensación que impera (tanto si Danton está presente como si está ausente) en la cámara del comité de Seguridad Pública, cuyas deliberaciones permanecen en secreto. Debajo del tricornio negro que constituye el emblema de su cargo, el ciudadano Fouquier examina los montones de papeles que hay sobre su mesa, planificando diversiones para confundir al enemigo, mientras va adquiriendo el mismo aspecto seco y demacrado de Robespierre.
Si es preciso organizar una diversión, ¿por qué no arrestar a un general? Arthur Dillon es amigo de destacados diputados, un candidato al cargo de comandante en jefe del frente septentrional; ha demostrado su valor en Valmy y en otras muchas batallas. En la Asamblea Nacional era un liberal; ahora es republicano. ¿Que más lógico, pues, que lo encierren en la cárcel, el 1 de julio, acusando de pasar secretos militares al enemigo?
Su familia se había puesto de acuerdo en que la salud de Claude exigía que éste diera largos paseos todos los días. El médico había participado en el complot, aduciendo que el ejercicio no hacía daño a nadie, y si uno de los miembros más impresentables de la Convención deseaba tener una aventura con su suegra, Claude no tenía por qué interponerse en su camino.
En realidad, a Annette le parecía que su vida era mucho menos interesante de lo que creían los demás. Por las mañanas leía la prensa provinciana, recortaba los artículos más importantes y hacía unos extractos. Luego, sentada junto a su yerno, le ayudaba a abrir las cartas, anotaba en ellas lo que debía hacer, enviar o decir, si era preferible que contestara ella o él, o bien arrojaba la carta directamente al fuego. ¿Quién iba a decirme que acabaría siendo tu secretaria?, comentó Annette. Llevamos casi diez años engañando cruelmente a la familia, haciéndoles creer que nos acostamos juntos. No podían recordar la fecha exacta -fue en 1784- en que Fréron apareció acompañado de Camille. En aquellos tiempos Annette no tenía costumbre de tomar nota de todo.
Si consiguieran recordar la fecha, darían una fiesta para celebrarlo. Annette siempre estaba dispuesta a dar una fiesta. Durante unos instantes guardaron silencio, pensando en los últimos diez años. Luego siguieron hablando sobre la Comuna.
De pronto apareció inesperadamente Lucile.
– ¿Te parece bonito irrumpir de esa forma cuando estamos manteniendo una conversación muy íntima sobre Hébert? -le espetó su madre.
En lugar de echarse a reír, Lucile empezó a hablar precipitadamente.
Al principio Camille entendió que Dillon había muerto, que había caído en el campo de batalla. Se sentó ante su mesa, junto a la chimenea, con la mente en blanco, contemplando fijamente el fuego. Pero al cabo de unos minutos Lucile le aclaró que Dillon estaba en París, en la cárcel. ¿Qué podían hacer?
La joie de vivre que instantes antes había sentido Annette se disipó de golpe.
– Esto es un serio contratiempo -dijo.
Al instante pensó: «Ya veremos cómo acaba el asunto. ¿Quién estará detrás de esto? ¿El comité de Seguridad General, que todo el mundo denomina el comité de Policía? ¿Lo han hecho para perjudicar a Arthur Dillon, o a Camille?»
– Tienes que sacarlo de la cárcel -dijo Lucile, dirigiéndose a Camille-. Si lo condenan… -Le expresión de su rostro demostraba que sabía el significado de esa palabra-… todos pensarán, Desmoulins le ha ayudado mucho en su carrera. Y es cierto.
– ¿Condenarlo? -respondió Camille, levantándose apresuradamente-. No pueden condenarlo porque no habrá ningún juicio. Voy a partirle el cuello al imbécil de mi primo.
– No harás tal cosa -terció Annette-. Modera tu lenguaje, siéntate y reflexionemos con calma.
Era imposible. Camille estaba furioso. No experimentaba la fría ira del político sino una rabia íntima, personal, mientras se repetía: «¿Es que no sabéis quién soy yo?»
– Arrastrarán de nuevo tu nombre por el barro -murmuró Annette a su hija.
El escándalo no tardará en llegar a la Convención; pero primero llegará a casa de Marat.
Le abrió la puerta la cocinera. ¿Por qué emplea Marat a una cocinera? No suele ofrecer cenas ni banquetes a sus amigos. Es probable que el título de «cocinera» oculte unos pasatiempos más enérgicos y revolucionarios.
– Procure no tropezar con esos papeles -dijo la mujer, indicando los montones de periódicos que yacían en el oscuro pasillo.
Tras la advertencia, la cocinera fue a reunirse con sus patronas, que se hallaban sentadas en un semicírculo, como si estuvieran preparadas para una sesión de espiritismo. Podían limpiar un poco esta pocilga, pensó irritado Camille.
Pero las mujeres de Marat no eran expertas en los oficios domésticos. Estaba presente Simone Evrard y su hermana Catherine; la hermana de Marat, Albertine, había ido a Suiza, según le informaron, para visitar a la familia. ¿Pero Marat tiene familia? ¿Una madre, un padre y otros parientes? Como todo el mundo, respondió la cocinera. Qué extraño, pensó Camille, jamás se me había ocurrido que Marat tuviera un comienzo, pensaba que tenía miles de años, como Cagliostro. ¿Puedo verlo?