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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Súbitamente el caballo salió por fin del campamento y empezó a galopar sobre la nieve a campo abierto. Kahlan siguió sus propias huellas a la menguante luz de la luna. El musculoso caballo se abría paso entre la nieve casi como si no estuviera allí.

Por fin alcanzaron los árboles y, antes de internarse en el bosque e iniciar el ascenso de las empinadas laderas, Kahlan miró por encima del hombro.

Tenía casi a cincuenta hombres a menos de tres minutos de distancia. Aunque se internara en la floresta, no tardarían en alcanzarla.

Y ella no haría nada por evitarlo. Al contrario.

39

— Ahora despacio —advirtió al caballo. Un titubeante casco resbaló—. Atrás, atrás. Vamos chico, retrocede.

Detrás de ella, a los pies de la ladera, oía los sonidos de la caza. Un hombre, probablemente uno de los oficiales d’haranianos, ordenaba a voz en grito a sus hombres que no la dejaran escapar, mientras que otros animaban a sus caballos a emprender el ascenso de la empinada senda. Cuando llegaran al llano en el que Kahlan se encontraba, se pondrían otra vez al galope.

La mujer tiró con suavidad de las riendas. Nick alzó el casco del hielo y retrocedió hasta el estrecho espacio que quedaba entre los pinos cubiertos de nieve, desandando camino.

Kahlan encontró la larga rama con el extremo bifurcado que ella misma había tallado clavada en la nieve, justo donde la había dejado, junto al abeto de tronco doble. La cogió y empezó a empujar con ella las pesadas ramas cargadas de nieve. El hombro le dolía aún de cuando la lanza que sostenía debajo del brazo se había hecho pedazos.

Mientras hacía recular a Nick entre los árboles, alejándolo de su rastro, sostenía el largo palo por encima de la cabeza y sacudía las ramas. Libres de su carga, las ramas salieron despedidas hacia arriba como movidas por un resorte, ocultando en parte el espacio entre los árboles. Pero lo más importante era que la nieve caía al suelo encima de sus huellas. Kahlan empujaba una rama por aquí y otra por ahí, esparciendo así nieve encima del rastro que Nick dejaba al recular, cubriéndolo de modo natural como si hubiese sido el viento el que hubiera liberado a las ramas de su carga.

La mujer dio mentalmente las gracias a Richard por enseñarle todo lo que sabía sobre rastros. Richard había afirmado que la convertiría en una mujer del bosque. Kahlan estaba segura de que el joven no aprobaría que usara esos conocimientos para correr un desesperado riesgo.

Pero no podía permitir que esos hombres la siguieran hasta el campamento galeano. Existía la posibilidad de que uno de ellos informara a sus superiores de lo que había visto, y en ese caso los jóvenes reclutas de Galea serían masacrados. Pero si ninguno de sus perseguidores regresaba, pasaría mucho tiempo antes de que otros fueran enviados, y ni siquiera eso era seguro.

Y, aunque más salieran en su busca, ya sería demasiado tarde; Kahlan ya habría cruzado los pasos por los que había llegado, donde el viento aullaba y arrastraba sin cesar la nieve. A partir de allí, innumerables trochas atravesaban las montañas y el bosque. Jamás podrían seguirla. Además habría sido vista por última vez dirigiéndose en rumbo opuesto a su destino real. Los hombres de la Orden Imperial estarían seguros de que sus perseguidores la alcanzarían más pronto o más tarde, y con la perspectiva del saqueo que les esperaba a pocos días de marcha, se olvidarían de ella.

El estrépito de cascos de caballo amortiguado por la nieve la devolvió de nuevo a la realidad. Sus perseguidores habían llegado al llano y reemprendían la cacería al galope. Kahlan siguió retrocediendo entre los árboles, agitando ramas para cubrir el rastro. Regresaba por donde había venido, hacia el ejército de la Orden Imperial. Sus perseguidores se le echaban encima.

La mujer se inclinó hacia adelante casi por completo y acarició con una mano el cuello del caballo. Entonces le susurró algo al oído y el caballo alzó las orejas ante el sonido de su voz.

— Quieto, Nick. Por favor, no te muevas ni hagas ningún ruido. —De nuevo le acarició dulcemente el cuello sudoroso—. Buen chico. Quieto.

Kahlan tenía le impresión de que cualquiera podría oír claramente los latidos de su corazón.

Sus perseguidores la habían alcanzado. Mientras cargaban siguiendo su rastro, justo frente a ella, se abrían paso a galope tendido entre la pantalla que formaban los árboles a su izquierda, a menos de diez metros de distancia. Kahlan contuvo la respiración.

Oyó el traqueteo de los cascos sobre el declive cubierto de hielo, oculto por las sombras de la luna, detrás de esos árboles, justo al borde de su falso rastro. Kahlan había conducido al caballo entre los árboles hasta el borde de un empinado y rocoso arroyo, cuyas aguas, de no estar heladas, caerían en cascada por un precipicio.

No era un río, ni mucho menos, pero el agua había seguido borboteando y burbujeando por encima de la ya congelada, convirtiendo la zona en un palacio de hielo. La nieve había ido resbalando a medida que caía, dejando redondos montículos de hielo desnudo y resbaladizo en declive.

Tras salir de la arboleda, los hombres apenas dispusieron de seis metros antes del borde del precipicio para detener su impetuoso avance, antes de que roca y hielo desembocaran en el vacío. Y tenían que lograr tal proeza resbalando sobre montículos de hielo. Si se hubiera tratado de una superficie de hielo plano, como un lago, los caballos podrían haber clavado en él las herraduras y tratar de derrapar hasta detenerse. Pero no era una superficie llana, sino un deslizante arroyo congelado que descendía. Mientras resbalaban y se deslizaban, tropezaban y caían en desorden. No tenían ninguna oportunidad.

Kahlan oía el ruido de las patas de los caballos al romperse cuando los cascos quedaban atrapados en grietas y miles de kilos de músculos moviéndose a toda velocidad eran incapaces de detenerse. Los jinetes montados a pelo no eran más que pasajeros impotentes.

Los hombres gritaban palabras de ánimo a sus monturas. Los que ocupaban la retaguardia no distinguían a tiempo el cambio de gritos de cólera a gritos de terror. Los de atrás se estrellaban contra los de delante. Los caballos caían en un confuso revoltijo. Al montar a pelo, sólo con ronzales y sin los agresivos bocados curvos, los jinetes no tenían el control al que estaban acostumbrados y eran irremediablemente arrastrados hacia adelante con sus monturas.

Algunos desmontaban de un brinco cuando dejaban atrás los árboles y veían la dantesca escena, pero llevaban demasiado impulso y la distancia era demasiado corta. Su destino estaba sellado. Los caballos de la retaguardia se rompían las patas al estrellarse contra los de delante, que trataban desesperadamente de hallar dónde asirse. Pero no había nada. Los perseguidores y sus caballos se convirtieron en una cascada de carne viva que se precipitaba al vacío.

Kahlan, muy erguida en la silla, lo contemplaba con su cara de Confesora, escuchaba los chillidos de hombres y caballos que se fundían en un único y largo lamento mientras desaparecían por la ladera de la montaña. En unos pocos segundos todo había acabado; más de cincuenta hombres con sus caballos se habían precipitado al abismo.

Cuando el silencio volvió a adueñarse de la noche, Kahlan desmontó y dio un rodeo para mantener su falso rastro libre de cualquier huella que apuntara en otra dirección, hasta acercarse al borde del torrente helado. A la tenue luz distinguió las oscuras manchas de sangre sobre los montículos de hielo. Era sangre procedente de patas rotas y cráneos partidos.

Ya daba media vuelta para marcharse cuando oyó quedos gruñidos de desesperación. Tras desenvainar el cuchillo, lenta y cuidadosamente fue acercándose hacia la fuente de esos sonidos. Ya en el borde, se agarró de una recia rama y se inclinó hacia la ladera helada. Vio escombros del bosque congelados en el hielo y hojas que habían formado un pequeño dique en el límite, que después había sido cubierto a medida que el hielo había ido creciendo. Del muro de hielo sobresalían unas pocas ramas.

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