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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Lo cierto es que su celda empezó a ser llamada "el centro de información Forteza", puesto que acudían a ella, para escuchar su versión de los acontecimientos bélicos que se desarrollaban en Europa y en el mundo, un número de personas cada vez mayor, y cada una de ellas con un propósito definido. Así, por ejemplo, el profesor Civil, preocupado desde siempre por la cuestión judía, de la que tantas veces había hablado en clase con Ignacio y con Mateo, sabía que nadie como el padre Forteza podía informarle sobre las actividades nazis en este aspecto. El notario Noguer le exigía, en nombre de la amistad y de la Diputación, un comentario objetivo sobre la insólita evolución que el mariscal Pétain, presionado por los alemanes, imprimía a la demócrata Francia. Manolo y Esther le suplicaban que valorara con un sentido realista la flema de que daba muestras Mr. Edward Collins, el cónsul británico, flema comparable a la que, en su conferencia en Madrid, evidenció Sir Samuel Hoare. El propio Agustín Lago le había pedido su parecer con respecto a la actitud de Pío XII, a quien las radios anglosajonas acusaban de germanofilia. Etcétera.

El padre Forteza no veía razón alguna para callarse. De modo que, utilizando siempre su parabólico lenguaje, dejaba satisfecho, en lo que cabía, al interlocutor de turno; felicitándose él, en el fondo, de que tales personas no se limitaran a leer los partes de guerra, sino que tuvieran conciencia de lo que éstos podían significar en el terreno del espíritu.

– Profesor Civil, el asunto de los judíos, que tanto le interesa a usted, es muy serio. En Alemania la población judía se acerca a los cuatro millones, si no estoy equivocado; en toda Europa, a los diez millones. De sobra conoce usted el odio que los nazis sienten hacia esa raza. Si ha leído usted Mi lucha, de Hitler, me ahorrará explicaciones. Pues bien, las cosas van adquiriendo, según mis informes, un cariz lamentable. Mientras yo vivía en Heidelberg, se quemaban en Alemania, de vez en cuando, algunas sinagogas, se expropiaban empresas y tiendas judías, se trazaban planes de emigración -a Palestina, a Madagascar…-, todo ello bajo el pretexto de la salvaguarda de la casta nórdica, a la que por cierto Himmler bautizó con un bello nombre: la Orden de la Sangre Preciosa. Ahora, por lo visto, hay algo más y los relatos de la BBC en Londres parecen ajustarse a los hechos. Desde que estalló la guerra se ha pasado a una acción mucho más directa, y no sólo en Alemania, sino en todos los territorios ocupados, especialmente Polonia. Sí, parece ser que lo peor está ocurriendo en Varsovia, en cuyo ghetto han sido confinados quinientos mil judíos, previa matanza de los dementes, de los ancianos y de los inválidos. Me consta que usted, profesor Civil, no siente tampoco una simpatía especial por esa raza, que, por una jugarreta del azar, resulta ser la mía… No voy a discutírselo, aunque está bien claro que un cristiano no puede permitirse la menor discriminación. Ahora bien, mi opinión es que la cosa no ha hecho más que empezar. A medida que la guerra se complique -y se está complicando, como usted habrá podido observar-, los nazis llevarán su persecución a los últimos extremos. Hitler está convencido de que los judíos -junto con nosotros, los jesuítas- son la encarnación del Mal. Y por desgracia, no es hombre que consulte con Dios; consulta a los astros, los cuales bien sabe usted que lo mismo son capaces de hacer concebir sueños poéticos que sueños infernales.

El profesor Civil se quedaba asustado. Era cierto que él atribuyó siempre a la raza judía la responsabilidad de tres de los grandes males que en su opinión aquejaban a la humanidad: la deificación del dinero; la rotura psicológica, a través de la literatura y el arte, y la pérdida del sentido de la individualidad. Pero de eso a confinar en un ghetto a medio millón de hombres y mujeres, con el peligro del tifus exantemático… De eso a concebir una aniquilación masiva…

El profesor Civil salía de la celda del padre Forteza doblemente preocupado, por cuanto su hijo, Carlos, que acababa de llegar a Gerona para ponerse al frente de la Emer, sucursal de Sarró y Compañía, daba la impresión de estar tocado de todos los defectos mencionados: no hacía más que hablar del patrón oro, sonreía con displicencia al oír hablar del arte románico de las iglesias gerundenses y parecía feliz mezclándose con la multitud. "Me lo han cambiado -decía el profesor Civil-. Dándole ese cargo me lo han cambiado. No le falta sino colocar en la oficina -o en su casa, presidiendo las comidas de mis nietos- la estrella de David y el candelabro de siete brazos".

El notario Noguer salía también asustado del "centro de información Forteza". El jesuíta contestaba a sus preguntas diciéndole que, según los refugiados franceses con los que dialogaba en el Hospital, Pétain, ¡a sus ochenta y cinco años!, estaba convirtiendo a Francia en un estado gemelo del estado nazi…

– Naturalmente, mi querido notario Noguer, puede existir ahí una alteración de lo que el señor obispo llamaría "el principio de causalidad". Cierto que Pétain firma decretos sorprendentes desde el punto de vista francés, como el de la pérdida de la nacionalidad francesa del general De Gaulle; la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en los centros docentes oficiales; la prohibición del divorcio durante los tres primeros años de matrimonio; las severas amonestaciones a quienes hagan circular folletos antialemanes, etcétera. Pero, en mi opinión, todo ello no es más que una prueba de astucia por parte del veterano héroe de Verdún. Intenta tener contentos a los alemanes, calmarlos, evitar males peores. ¿Qué otra cosa puede hacer? El papel de Pétain es triste, desde luego. Él mismo lo ha dicho: "Me temo que los franceses no comprenderán nunca mi sacrificio, que no me perdonarán". Pero lo cierto es que en la Francia ocupada empieza a marcarse el paso de la oca…, que se expurgan las bibliotecas y que la chérie liberté que usted conoció allí ha pasado a ser un recuerdo.

El notario Noguer se asustaba al oír esta versión porque se preguntaba a sí mismo si él, en caso de ser francés, comprendería o no comprendería al mariscal Pétain… El asunto era complejo. ¡Claro que podía tratarse de una astucia salvadora! Pero hacerle el caldo gordo al invasor… ¿Qué límites se trazaría el mariscal? ¿Hasta dónde llegaría? ¿No era preferible hacerse quemar en una hoguera?

El padre Forteza no podía evitar el pasarlo bien cuando sus interlocutores de turno eran Manolo y Esther… La joven pareja le exigía con la mirada que les diera una seguridad: la seguridad de que, contra todas las apariencias, Inglaterra acabaría venciendo. Parecían decirle: "Usted, que es hombre de Dios, que sabe que en Polonia los nazis han matado a sacerdotes católicos y que Himmler ha hecho grabar en todas las dependencias de las SS la frase de Nietzsche: Bendito sea lo que endurece, profetice que estamos en lo cierto, que esta pesadilla pasará y que esas muchachas de la Sección Femenina Alemana que van a llegar a Gerona de un momento a otro, invitadas por el Gobernador, regresarán pronto a su país, dejándonos tranquilos".

Ocurría que el jesuíta no podía profetizar absolutamente nada. Vivía tan en el aire como los propios Manolo y Esther.

– En primer lugar, y pese a que la Compañía de Jesús usa léxico militar, yo no soy militar, como sabéis muy bien… En segundo lugar, supongo que la inclinación definitiva de la balanza dependerá de lo que en lo futuro decidan los Estados Unidos y Rusia, lo cual, a los ojos de un simple jesuíta mallorquín como yo, resulta tan imprevisible como saber lo que se obtendrá de la paja como sustitutivo de la seda natural.

Manolo y Esther se miraban entre si desolados… Desolados y convencidos de que el padre Forteza hablaba como debía hacerlo, que decía lo único que cabía decir. Porque ¿a santo de qué basar en la sonrisita de Mr. Edward Collins una confianza ciega en "la victoria final"? Mr. Edward Collins podía muy bien ser el clásico funcionario inglés educado en el sentido reverencial de la impasibilidad.

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