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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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El comunicado oficial del Gobierno daba cuenta de que el Rey había sido asistido en sus últimos momentos por el padre López, jesuíta, y que sería enterrado provisionalmente en la capital italiana, en la iglesia española de Montserrat, en la capilla que guardaba los restos de los Papas españoles Alejandro VI y Calixto III.

El Caudillo decretó un día de luto nacional, que durante tres días ondearan a media asta todas las banderas y comunicó que los restos del Rey serían trasladados, llegado el momento, a El Escorial.

Matías comentó largamente con don Emilio Santos la muerte del Rey. Matías había votado por la República, pero la figura de Alfonso XIII le merecía respeto, por cuanto si se marchó de España en 1931 lo hizo, según su propia declaración, "porque la patria había dejado de amarle, porque no quería dominar por el terror y porque creía que con ello evitaría derramamiento de sangre". Con lo cual, según Matías, demostró ser un perfecto demócrata.

Además, Alfonso XIII, hombre, le había caído siempre simpático a Matías.

– ¿Cuál era su debilidad, don Emilio? Las mujeres… ¿Hay algo malo en ello? Prefiero eso a que lo llamaran el Impotente, como aquel otro rey que no recuerdo cómo se llamaba…

– Enrique IV.

– Eso es.

No, a Matías no le parecía mal que Alfonso XIII hubiera sido galanteador.

– ¡Tuvo una infancia tan triste! Natural que luego quisiera divertirse un poco, ¿no le parece?

Don Emilio Santos contestó:

– En realidad, tuvo mala suerte toda su vida. Tan raquítico al nacer; la pronta muerte de sus hermanas; el atentado cuando la boda; los hijos lisiados, y, desde mil novecientos treinta y uno, el destierro. ¿No será por el número trece que le correspondió?

Matías comentó:

– Eso leí yo en un libro de "El Caballero Audaz" que me encontré en un desván en Telégrafos antes de la guerra…

La noticia impresionó también al Gobernador, quien dio las órdenes oportunas para que se cumplieran en Gerona las disposiciones del Gobierno y presidió los funerales que se celebraron en la Catedral. Sin embargo, el Gobernador fue menos indulgente en sus comentarios. Hablando con Mateo dijo:

– Era un monarca débil… Y eso no puede perdonársele a un rey.

Los más afectados en la ciudad fueron 'La Voz de Alerta', ¡Carlota!, el notario Noguer, la viuda de Oriol… y los gitanos.

'La Voz de Alerta' publicó en "Ventana al mundo" una semblanza conmovida de Alfonso XIII, en la que lamentó no haber aprovechado su estancia en Italia, cuando huyó de la zona 'roja', para rendirle una visita de pleitesía. En dicha semblanza 'La Voz de Alerta' recordó también que fue Alfonso XIII quien consagró España al Sagrado Corazón de Jesús, entronizando su imagen en el Cerro de los Ángeles.

Carlota, monárquica hasta la médula, en los funerales lloriqueó y a la salida dijo:

– A ver si la profecía de don Anselmo Ichaso se cumple y pronto gobierna a España un verdadero rey y no un general.

En cuanto a los gitanos, asistieron en masa al funeral -y entre ellos figuraba 'El Niño de Jaén'-, colocándose con sus exóticos atuendos en los altares laterales del gran templo cuyos orígenes Ignacio detalló tan minuciosamente a Ana María…

Para muchos gerundenses aquel acto de adhesión de los gitanos constituyó una sorpresa. Pero el notario Noguer, que tantas cosas sabía, dio la necesaria explicación:

– Es cosa sabida… En España los gitanos son católicos… y monárquicos. Adoran al Papa, a la Virgen de Lourdes y al Rey. No hay que olvidar que ellos se consideran descendientes de los faraones…

La viuda Oriol comentó:

– No deja de ser curioso.

El padre Forteza vivía una temporada de muy intensa actividad, aunque a menudo, al leer noticias como la de la construcción en Madrid de albergues para mendigos, sentía ganas de abandonar los quehaceres apostólicos que lo absorbían en Gerona y dedicarse íntegramente a los pobres. Instalarse en el barrio de la Barca y entregar allí la vida por los necesitados. Le temía a la Iglesia triunfante… Les temía a las riquísimas casullas que exhibía el doctor Gregorio Lascasas. Temía que los fieles interpretaran con malicia el hecho de que quien atendió al Rey en su muerte fuera precisamente un miembro de la Compañía de Jesús…

Sin embargo, entretanto, y mientras meditaba al respecto, continuaba asistiendo a los reclusos en la cárcel, a la que había llegado un nuevo director que invitaba a la población penal a cantar los himnos con el brazo extendido, lo que creaba problemas. Continuaba ocupándose de la causa de beatificación de César, recogiendo, de acuerdo con lo que dijera a los Alvear, los testimonios directos de aquellas personas que se beneficiaron de la labor caritativa del seminarista, labor de un volumen verdaderamente insospechado. Asimismo, el jesuíta dedicaba como siempre muchas horas a la Congregación Mariana, con resultados que él estimaba positivos. Una serie de muchachos, presididos por Alfonso Estrada, llevaban una vida ejemplar, haciendo honor a la cinta azul que les colgaba del pecho en los actos litúrgicos. Eran muchachos dignos, serios… y castos. Tal vez Matías, consecuente con su tesis más o menos irónica, hubiera tildado a muchos de ellos de faltos de virilidad, por lo menos en su aspecto externo y en sus ademanes. "¿Por qué será que casi ningún congregante tiene necesidad de afeitarse?". Pero el padre Forteza estaba convencido de que la objeción carecía de valor, de que él insuflaba a aquellos chicos una formación que los convertía en hombres en el más recio sentido de la palabra. Admitía que la castidad juvenil, acompañada de un fervoroso amor a la Virgen, podía producir en determinados casos cierta inestabilidad emocional; pero entendía que tal peligro quedaba compensado con creces por el sistema directo de confesión que continuaba utilizando en su celda, en aquella celda de la ropa puesta a secar, del desbarajuste, del crucifijo austero y de la jaula con un pajarillo…

¡Ah, sí, el padre Forteza aborrecía cada día más la religión "merengue" y seguía resistiéndose a escuchar en confesión a las prolijas mujeres! "San Francisco Javier, San Francisco Javier es el modelo… -repetía una y otra vez, sobre todo cuando recibía carta de su hermano, misionero en Nagasaki, donde el santo predicó-. Rezaba… pero sabía enfrentarse con los maremotos. Y con el hambre. Y con los gobernantes japoneses".

El más difícil de los congregantes que tenía a su cargo era Pablito. Pablito, además de sus pinitos literarios, seguía soñando noche tras noche, día tras día, con redondeces de mujer, y le salían granos en la cara. El padre Forteza le obligaba a reventarse esos granos delante del espejo, al tiempo que le decía: "¡Fuera ese pus! ¡A dominarte! ¡Demuestra que eres hombre!". Pablito pensaba: "¿No lo demostré ya llorando en el lecho de mi madre?". Pero era el caso que esa otra hombría que le exigía el padre Forteza le costaba al muchacho un esfuerzo mucho mayor, de suerte que habitualmente se declaraba vencido, cayendo siempre en lo mismo. Cada semana el padre. Forteza le repetía: "De acuerdo. ¿Ves este cilicio? Mañana me lo apretaré un poco más… ¿A ver si durante esta semana consigues aguantarte!". Pablito entonces no sabía si besarle la mano al jesuíta, si indignarse con él y no verlo más, o si encerrarse en su cuarto a leer novelas de Salgari.

Últimamente al padre Forteza le había sido encargada otra misión. Se la encargó el señor obispo, en gracia a que el jesuíta dominaba varios idiomas: la asistencia religiosa de los refugiados extranjeros que, por motivos de salud, después de pasar, en Figueras, por las manos del coronel Triguero y de la Guardia Civil, eran internados en el Hospital gerundense y reclamaban un sacerdote.

Esta circunstancia, este contacto íntimo del padre Forteza con gente que llegaba directamente del teatro de la guerra, unido a su profundo conocimiento de la psicología alemana, lo convirtió imperativamente, por la misma inercia de los hechos, en el "comentarista internacional" más solicitado e incisivo de cuantos existían en la ciudad. Comentarista, desde luego, que sólo ejercía como tal en la intimidad: es decir, que no escribía en el periódico ni se acercaba nunca a la emisora de radio.

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