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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– ¿Comprendes, Sólita? Es el hombre el que, al sentirse desamparado, ha creado a Dios; no lo contrario. Invocar a un Ser Supremo para que intervenga en nuestros asuntos es como ponerse una inyección antitetánica.

El punto de fricción intelectual era éste… El motivo de discusión que les llevó horas y horas -mientras avanzaba y moría el invierno, y nacía la primavera- era el de la divinidad. Porque Sólita era creyente. De no serlo, ¿cómo hubiera soñado un solo instante en que el amor de una mujer podía curarle al doctor Chaos las hemorroides? Se hubiera declarado vencida de antemano y se hubiera quedado tranquilamente en casa, esperando a que llegara su padre, don Óscar Pinel, para jugar con él a batallas navales, que era el juego predilecto del Fiscal de Tasas.

– No estés tan seguro, doctor… Si no se cree en Dios hay que creer en el Absurdo. Y ello resulta igualmente incomprensible, y mucho menos consolador.

– En eso estoy de acuerdo. Se lo dije en una ocasión a Manolo y Esther. ¿Qué no daría yo por creer que los pajaritos, algún día festivo que otro, entran en las ermitas solitarias para cantarle melodías a la Virgen?

Poesía… El doctor Chaos afirmaba que el sentimiento religioso era mitad poético mitad necesidad vital. Por eso todas las religiones, desde las más primitivas a las más, cultas, se parecían en sus mitos, en su liturgia y hasta en su indumentaria. Y por eso todas habían bloqueado, tanto como les fue posible, los avances de la ciencia, para no sentir que sus pilares eran socavados por la base.

– No hay más que abrir un libro de historia, Sólita. Durante siglos la Biblia ha sido el dique contra el que se han estrellado los cerebros como Copérnico, como Galileo… ¡No, no! ¡Anatema! ¡Al fuego! ¡Eso no figura en las Sagradas Escrituras!

– Doctor Chaos…, ¿quieres que te prepare una taza de café?

– Sí. ¿Por qué no? Sólita…, ¿dónde estábamos? ¡Ah, sí…! ¿Sabías que la Iglesia se opuso durante años y años a que los médicos practicásemos autopsias? Claro, descuartizado el cuerpo, la resurrección de la carneaba a ser luego mucho más difícil…

– ¿Cuánto azúcar te pongo, doctor? ¿Dos cucharadas, como siempre?

– Sí, como siempre… Pero ¿por qué me interrumpes, diablos? ¿O es que no te interesa lo que te estoy diciendo?

– Me interesa mucho. Pero podemos conciliar las autopsias con el azúcar, ¿no te parece?

El doctor Chaos se tomaba un sorbo de café.

– Sí, claro…

Ocurría también que el doctor Chaos quería deslumbrar a su oyente, la cual se abstenía de utilizar perfume de mujer. El primer paso en firme lo dieron a mediados de mayo, precisamente con ocasión de haber tenido que analizar, por orden de la policía, el cadáver de un anciano a propósito del cual se sospechaba que había muerto envenenado. El cadáver había sido exhumado y su aspecto era nauseabundo. Por contraste, fuera lucía el sol aquella tarde, un sol que parecía purificar el mundo y justificar el simulacro de la muerte de los lobos.

– ¿Conoces, mi querida amiga -le preguntó el doctor a Sólita, mientras manipulaba los tubos de ensayo-, lo que le ocurrió, en el siglo XVII, a un tal Francisco Redi, de Florencia?

Sólita respondió con naturalidad.

– Creo que sí… Observó en el microscopio que los gusanos de la carne cruda salen de huevos depositados por las moscas. Y como en la Biblia está escrito que del cadáver de un león lo que salieron fueron abejas, pues se le procesó por hereje…

– Exacto… ¿Crees que eso tiene perdón? -El doctor Chaos cambió de expresión súbitamente-. Pero ¿cómo es posible que una mujer sepa esas cosas?

– ¡Ay, doctor! Las mujeres… cuando algo nos interesa, somos capaces de estudiar lo que sea. Hasta eso de la carne cruda…

Sólita había pronunciado la frase "cuando algo nos interesa" con toda intención, cargándola de una extraña afectividad. El doctor Chaos se desconcertó. Pero disimuló. Y mientras pedía el bloc de notas para redactar el informe sobre el pobre anciano supuestamente envenenado, continuó hablando. Afirmó que la única religión que, al término de un período de intolerancia más sangriento aún que el del cristianismo, había acabado por respetar los conocimientos adquiridos por los sabios antiguos, había sido la religión islámica. Los árabes construyeron observatorios astronómicos en El Cairo, en Damasco y Antioquía… Y en medicina, fueron los únicos que, durante mucho tiempo, se aprovecharon de las enseñanzas de Hipócrates, de Celso y de Galeno… El cristianismo, ni pum. En la alta Edad Media los frailes dibujaban todavía mapas estrafalarios, en los que Jerusalén ocupaba el centro de la tierra y del mundo.

– Yo creo en la evolución, ¿comprendes, Sólita? La naturaleza es evolución constante. Lo que no sabemos es hacía dónde evolucionamos…

Sólita sí lo sabía. Por eso escuchaba al doctor Chaos con tanta atención. Por eso también, en cuanto éste hubo dado fin al informe solicitado por la policía -el anciano había muerto de muerte natural-, se sentó a su lado, muy cerca, más cerca que de costumbre, y le dijo:

– Yo también creo que evolucionamos, doctor… Sí, en eso estoy completamente de acuerdo contigo. ¡Y te advierto una cosa! Si no evolucionamos más, y más de prisa, es porque tú no quieres.

El doctor Chaos no supo lo que le ocurrió. Algo parecido a lo del verano anterior, en el hotel Miramar, de Blanes. Sólo que ahora el objeto de su excitación no era un joven camarero, sino Sólita.

Miró a los labios de su enfermera y le dio un beso. Un beso profundo, en el que puso toda su capacidad. El doctor intuyó que en aquel momento se jugaba muchas cosas. Por eso tal vez hizo un movimiento falso con el brazo y una de las probetas que había en la mesa del laboratorio se cayó al suelo.

Sólita depositó también en aquel beso un sinnúmero de esperanzas. El corazón le latía tan fuerte que creyó que iba a sufrir un colapso.

¡Albricias! ¡El doctor Chaos no experimentó repugnancia! Olvidó todo su pasado y vivió aquel momento, momento largo, detenido, con creciente euforia. ¿Sería posible? A punto estuvo de dar gracias a Dios, como cualquier ser primitivo y desamparado. Al separarse de Sólita creyó estar soñando y le pareció que oía, procedente del patio de la clínica, los ladridos de Goering.

No hubo más aquella tarde. Por el momento, bastaba. Sólita balbuceó: "Oh, doctor…" Y éste se levantó como ebrio, preguntándose si Sólita no lo habría narcotizado.

La noticia corrió como la pólvora hacia la consulta del doctor Andújar.

– Eso marcha, amigo Chaos… Te felicito. No podemos cantar victoria, pero eso marcha…

Fue el punto de partida. Luego ya, todas las tardes, el doctor Chaos se las ingeniaba para quedarse a solas con su enfermera ayudante, la cual continuaba absteniéndose de perfumarse y de pintarse los labios. Y en cuanto el trabajo lo permitía, y siempre al término de un vivo diálogo que por sí mismo había ido orientándose hacia la necesidad de tener compañía, el cirujano atraía hacia sí a Sólita y la besaba. Ahora al besarla hundía sus manos, sus manos de artista del bisturí, en la cabellera de Sólita, y hasta recorría con ellas el cuello y los hombros. El doctor descubrió que prefería besarla estando de pie. A Sólita eso no le importaba. Su amor por aquel hombre que luchaba consigo mismo aumentaba a cada caricia y la curaba de muchos complejos que ella había padecido, contra los cuales los combates navales que libraba con su padre no le habían sido nunca de la menor utilidad. "Algo tendré yo… -se decía la mujer- cuando he conseguido que un hombre como el doctor Chaos me bese y me acaricie los hombros". Sólita hubiera deseado que las batas de enfermera hubieran sido más escotadas… Porque, de momento, jamás el doctor intentó acariciarle los senos.

También este segundo paso fue dado, aunque de modo tímido e incipiente. Pero bastó para que revolotearan de nuevo por el despacho del doctor Andújar los mejores augurios.

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