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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Así fue. El muchacho se enteró de la hora exacta en que sus padres visitarían la parroquia del Mercadal, iniciando su tradicional recorrido para ganar la indulgencia plenaria. Y allá condujo a Ana María, hasta la esquina, a esperar.

Cuando se acercaron los padres de Ignacio, a los que la muchacha sólo conocía por un par de borrosas fotografías, Ana María los reconoció en el acto. Fue una corazonada. Carmen Elgazu tenía sin discusión "porte de reina". Lejos aún de la iglesia, andaba ya componiéndose la mantilla… Matías llevaba el sombrero en la mano y se golpeaba con él, ligeramente, la pierna derecha…

Uno y otro iban a pasar tan cerca, que Ana María retrocedió sin darse cuenta.

– Así, que son ellos…

– Sí…

La muchacha se emocionó sobremanera. "Tus padres…", murmuró. Y apretó fuerte, muy fuerte, la mano de Ignacio. Eran dos señores. Eran mucho más que eso: un hombre y una mujer como Dios mandaba.

El paso de Carmen Elgazu y de Matías duró unos segundos tan sólo. Pronto penetraron en el vestíbulo de la iglesia y desaparecieron en el interior. Allá dentro sería ya imposible localizarlos. El templo estaba abarrotado. Por lo demás, ¿a qué insistir?

– Te pareces mucho a tu padre. ¡Muchísimo! Y cuando los exámenes en Barcelona, con una revista que compraste, te pegabas en la pierna como él con el sombrero…

– Me alegra oírte decir eso… Me alegra de veras.

Ana María consiguió también ver a Mateo y a Pilar. Ignacio se enteró de que estarían presentes en la Catedral, en el Sermón de las Siete Palabras. Y allá se fueron. Los vieron sentados en los primeros bancos, reservados para las autoridades. Mateo vestía el uniforme de gala de Falange y Pilar, toda de negro, se había colocado en la cabeza la peineta y la mantilla, detalle que chocó a Ignacio.

Ana María se emocionó también mucho al verlos. Sin querer, los ojos se le fueron tras Mateo. "Tiene buena facha", dijo. Y era verdad. Pilar… cuando se levantaba parecía sostenerse con cierta dificultad. No estaba desfigurada. Un poco mofletuda y con los labios abultados.

– La pobre, claro… Estará completamente mareada…

– No creo -dijo Ignacio-. Hasta ahora lo pasa muy bien.

Una pregunta asomaba de continuo a los labios de Ana María… pero no pasaba de allí. ¿Dónde estaba Marta? Era su obsesión desde que se convino en que haría el viaje a Gerona: conocer a Marta, ver a la chica que durante años había ocupado el corazón de Ignacio.

Pero no se decidía, entre otras razones porque estaba con- vencida de que se encontrarían con ella -¡Gerona era tan pe quena!- y que el propio Ignacio le diría: "Aquélla es…"

No se equivocó. En la mañana del Jueves Santo vieron pasar a unos cien metros unas chicas de la Sección Femenina que se dirigían en formación hacia la Cruz de los Caídos que había precisamente frente a Telégrafos. Delante iba Marta, Ana María miró de tal modo a las chicas y sobre todo a la que las capitaneaba, que a Ignacio no le cupo más remedio que decir:

– Si quieres conocer a Marta… allí está.

Ana María la miró… y se le encogió el espíritu. Una mezcla de sentimientos. Celos retrospectivos, sensación de victoria, un poco de piedad. Marta le pareció distinguida, pero físicamente un poco aséptica. Carente de expresividad.

– Está muy delgada…

– Sí…

Fue como una decepción. Ana María casi hubiera deseado una rival más peligrosa. Por fin la piedad se impuso y la muchacha miró a Ignacio con los ojos húmedos.

– Ya no queda nada, ¿verdad? -le preguntó, innecesariamente.

– Nada absolutamente… Parece imposible, pero es así. ¡Bueno, Ignacio se había aprendido correctamente la lección! Fue el mejor guía de la Gerona histórica que un forastero, que un turista, podía apetecer. "El recinto romano de la ciudad tenía forma triangular… Los vértices los señalaban la torre Gironella, un ángulo de la plazoleta de San Félix y por último la calle de las Ballesterías…" "Ahí tienes la Catedral… En el siglo X era una iglesia primitiva. Pero había en ella tantas goteras, que el cabildo se dolía de que era imposible oficiar en los días de lluvia o de temporal. Entonces el obispo Pedro Roger proyectó levantar un nuevo templo y…" "Ese campanario de San Félix es el más bello de los campanarios de Cataluña… En Barcelona no tenéis ninguno que se le pueda comparar. La primera piedra la puso, en 1368, el obispo Iñigo de Valterra… y dirigió las obras el maestro francés Pedro Zacoma…" "Vamos ahora a San Pedro de Galligans… La portada de la iglesia es una joya del siglo XI, como también la nave central… Te encantará… estoy seguro. A mí San Pedro de Galligans me gusta muchísimo…"

Ana María, que para pasar aquellos dos días se había llevado tres trajes, sonreía por dentro viendo los esfuerzos de Ignacio. No lo interrumpía, aunque no retenía ni una sola fecha ni conseguía descubrir el significado de las formas de ningún capitel. Tan sólo, después de visitar los Baños Árabes, le sugirió:

– ¿Por qué no me llevas a las murallas, para ver el valle de San Daniel?

Hacía frío. Fue una lástima. Y había neblina en la ladera. El verde ubérrimo de la primavera había muerto. Sin embargo, era fácil imaginar lo hermoso que aquello podía ser… Y se veía el meandro del Ter a lo lejos y la inmensa cúpula arisca que formaban los desnudos árboles de la Dehesa.

Allí, acodados en los restos de un mirador, se dieron el único beso de aquellas dos jornadas; a doscientos metros escasos de donde Paz y Pachín se juntaron frenéticamente, por primera vez, sobre la hierba.

Más tarde, al visitar las avenidas de la Dehesa, en la que no había nadie, gozaron tanto pisoteando hojas, persiguiéndose entre los troncos, perdiéndose por la parte norte de la Piscina donde alguien, tal vez Rufina, la medio bruja de los traperos, había encendido una pequeña hoguera que olía como si fuera incienso, que no se acordaron de que los labios estaban hechos para unirse. Se abrazaron, eso sí. Con toda la fuerza de un bosque. Con toda la fuerza de un amor contenido normalmente por la distancia.

Ana María sólo veía a Charo y a Gaspar Ley a la hora de las comidas, en el mismo hotel en que se hospedaba Mr. Edward Collins, el cónsul inglés.

Charo le preguntaba:

– ¿Qué tal, Ana María?

– ¿Hace falta que te lo diga?

– No, estás rebosante…

– ¿Quieres que te cuente quién fue Pedro Roger…? Un arquitecto francés que puso la primera piedra de los Baños Árabes…

– Pero ¡qué barbaridad estás diciendo!

– Te lo juro, Charo. Ignacio está enteradísimo…

– ¿Habéis ganado ya la indulgencia plenaria?

– Hemos ganado diez o doce…

En un momento dado, Ana María, viendo que su amiga no le preguntaba nada sobre Marta, le dijo:

– ¿Sabes que he conocido a Marta?

– ¡Ah!, ¿sí?

– La vi de lejos…

– ¿Y qué tal es?

– Muy distinguida…

Hasta que llegó la hora de la procesión. Fue entonces cuando Ignacio no acertó a disimular por más tiempo y les comunicó a sus padres que Ana María estaba en Gerona.

– Manolo y Esther nos han invitado a ir a su casa, a su balcón. Haceos cargo…

Carmen Elgazu se tapó por un momento la boca con la punta de los dedos. ¡Le había dolido tanto lo de Marta! Pero era un hecho consumado y ahora se moría de ganas de conocer a Ana María.

Iba a decir algo, pero Matías se le anticipó.

– De acuerdo, hijo. Me parece muy bien.

Importante momento… Cuando Ana María entró en el piso de Manolo y Esther, Ignacio se dio cuenta de que aquél era sin duda alguna el ambiente de la muchacha. La manera como entregó el abrigo a la doncella que les abrió la puerta, indicaba que tenía el hábito de hacerlo… ¡Qué naturalidad! Y lo mismo al saludar a Manolo -flamante asesor oficial de la fábrica Soler, de mil y pico de obreros- y a Esther, que se había puesto, para la ocasión, un vestido negro infinitamente más acertado que el que llevaba Pilar en el Sermón de las Siete Palabras.

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