Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– Dios le ha puesto en su camino a Chelo, que, además de ser inteligente, es muy buena. Hágame caso. Créame…
– Sí, doctor…
– ¡Hala, pues!, a arreglar los papeles… y al altar.
Dicho y hecho. El hermano de Chelo, Miguel Rosselló, se quedó estupefacto y objetó algo absurdo: "¿Qué haré yo solo en el piso?". "¡Cásate también", contestó Chelo.
Las chicas de la Sección Femenina se afanaron para hacerle a Chelo Rosselló el traje de novia, traje parecido, en cierto modo, al que su hermana Antonia, ya en el noviciado, llevaría el día que hiciera los votos.
La boda se celebró en la iglesia de San Félix. Hubo muchos lirios y muchas luces en el altar; pero no banquete, dada la situación del doctor Rosselló y a causa del uniforme listado que éste llevaba en el Penal.
Prodújose, al salir de la iglesia, un detalle emotivo parecido al de la boda de 'La Voz de Alerta' y Carlota; los novios se dirigieron al cementerio, a depositar el ramo en el panteón de los padres y de los hermanos de Jorge, asesinados por Cosme Vila.
El viaje de boda de la joven pareja fue modesto. Jorge, pese a sus exclamaciones de "¡quiero vivir!", no estaba en condiciones de recorrer monasterios, de irse a Pamplona o al castillo de Javier. Se compraron un Citroen de segunda mano y visitaron algunos lugares de la provincia: la Costa Brava, el lago de Bañolas, los balnearios de Caldas de Malavella…
Resultó que por todas partes Jorge poseía masías y hectáreas de terreno. Jorge, de repente, detenía el coche y, señalando una casa de payés, una era y unos árboles, le decía a Chelo: "Esto es nuestro". O bien: "¿Ves aquella familia? Son colonos nuestros". Colonos que, si reconocían "al hijo de don Jorge", acudían a saludarlo, gorra en mano.
Chelo pensaba: "¿Qué vamos a hacer con tanto dinero?". Ella hubiera preferido ser pobre, pero tener la seguridad de que Jorge no volvería a padecer ninguna otra crisis como la que había pasado.
– ¿Estás contento, Jorge?
– Lo estoy. Gracias a ti y al doctor Andújar…
– Además, piensa en los hijos… Serán un gran estímulo, ¿no crees?
– Es posible. Pero me da miedo que salga alguno con defectos.
– ¿Por qué dices eso?
– ¡He sufrido tanto!
– Ya lo sé, querido. Pero ahora empezamos una vida nueva.
Al regreso de su corto periplo se instalaron en un piso de la calle de Ciudadanos y lo primero que Jorge encargó para decorarlo fue una reproducción del árbol genealógico de la familia, que el Responsable había destrozado un día.
– Las armaduras no, por favor… -suplicó Chelo.
– Claro que no, mujer…
El doctor Andújar, consecuente con su terapéutica habitual, aconsejó a Chelo que Jorge se ocupara en algo, además de la Delegación de Ex Combatientes, que realmente le daba muy poco que hacer.
Chelo creyó haber encontrado la solución.
– Cuidar de las fincas, doctor. ¿Le parece poco? He observado a Jorge… En el campo parecía otro. Palpaba los troncos, contemplaba los pajares, se interesaba por la siembra… Parecía sentir la tierra. Y también parecían gustarle los animales, sobre todo los caballos. ¿No cree usted que podríamos enfocarlo por ahí?
– ¡Desde luego! Nada mejor, Chelo. Con el coche… os resultará fácil.
Chelo Rosselló añadió:
– Además, él mismo ha dicho que hay que mejorar las condiciones de vida de algunos colonos. Efectivamente, los hay que lo pasan muy mal. ¡Cómo viven! Como en la Edad Media… ¡Mira que oírle a Jorge hablar así! Parece un milagro.
El doctor Andújar no rechazaba nunca esta palabra. La admitía como real. En el ejercicio de su profesión había presenciado tantas transformaciones en un sentido o en otro, hacia arriba o hacia abajo, que había terminado por invertir los términos del refrán. "Con el mazo dando… -decía- y a Dios rogando".
– Tal vez acabéis, Chelo, por instalar una granja-modelo…
Chelo miró con fijeza al doctor.
– ¡Qué curioso que diga usted eso!
– ¿Por qué?
– Porque Jorge comentó con Alfonso Estrada esa posibilidad.
– ¿Con Alfonso Estrada?
– Sí. El padre de Alfonso era veterinario, aunque no ejerciera como tal. Y por lo visto su aspiración era tener una granja.
– Ya…
El doctor añadió:
– Bien, Chelo… ¿y qué hay de la agresividad de Jorge?
– ¡Oh! Eso pasó a la historia… -Chelo marcó una pausa-. Las únicas personas que todavía parecen ponerlo nervioso son los hermanos Costa…
Primavera y amor… Se había formado en Gerona un nuevo hogar. Y Marta había perdido, en la Sección Femenina, otro de sus puntales.
El doctor Chaos y Sólita sentían también los efectos de la prolongación de la luz diurna… María del Mar, al hablar con sus amigas, no se había equivocado: aquello era un idilio.
Sólita, desde luego, se había enamorado del doctor. Varios factores intervinieron en ello. Primero, la edad… Sólita frisaba los treinta años y nunca la sedujo la idea de quedarse soltera. Segundo, la competencia profesional del cirujano. Lo que al principio fue admiración fue trocándose por parte de Sólita en ferviente afán de colaborar. Tercero, la piedad. Sólita se compadeció hondamente de aquel hombre con quien la naturaleza se había mostrado tan caprichosa, tan esquiva… y que no tenía otro consuelo que el de la fidelidad de su perro, Goering.
En cuanto al doctor, se autosugestionó para llegar a la conclusión de que correspondía a Sólita en sus sentimientos. Era la primera vez que podía dialogar largamente con una mujer sin aburrirse, y la primera vez que, al sentir sobre sí unos ojos femeninos que lo miraban con amor, no experimentaba malestar físico, incomodidad.
El período de prueba para ambos había sido un tanto largo. Las mañanas durante las cuales el doctor Chaos iba al Hospital, a Sólita se le hacían interminables; y, a semejanza de lo que hacía Pilar con Mateo, buscaba mil pretextos para llamarlo por teléfono. En justa correspondencia, el doctor Chaos, al encerrarse en la habitación del hotel finalizada la jornada, sentía frío en los huesos, echaba de menos aquello que todo el mundo llamaba "el hogar".
Un dato llamó la atención del doctor Chaos: se le habían curado, como por ensalmo, las hemorroides… El doctor Andújar al enterarse de eso sonrió, porque sabía que las hemorroides que sufrían muchos pederastas eran el sustitutivo del período mensual que caracterizaba a la mujer y que aquéllos hubieran deseado sentir en su organismo.
El caso es que los coloquios entre el cirujano y la enfermera fueron adquiriendo paulatinamente un carácter de intimidad. El itinerario de esos coloquios era siempre el mismo: un comentario sobre la última intervención; una rápida ojeada a la cirugía de antaño, con incisos más o menos filosóficos, y por último, un canto solidario al placer que podían experimentar dos personas si tenían la suerte de trabajar como era su caso, tan compenetradamente.
– No sé lo que haría sin ti, Sólita…
– Y yo sin ti, doctor…
– A veces, mientras opero, me entregas el instrumento preciso sin necesidad de que te lo pida.
– Conozco mi oficio, doctor…
– ¿Es sólo eso?
– ¡Bueno! Tal vez acierte a leer tu pensamiento. A pesar de que llevas máscara…
El doctor Chaos se reía con ganas. ¿Cuándo se había reído él tan frecuentemente con ganas? Aquel forcejeo era una novedad; y por cierto, apasionante.
La piedad… La piedad o compasión había jugado un papel importante en la actitud de Sólita. Ésta había advertido que el doctor carecía de muletas para caminar resignado. Nunca hablaba de su familia. ¿O es que no la tenía? Nunca hablaba de sus amistades, a excepción del doctor Andújar. Lo salvaba su sentido de la ironía; y poder, de vez en cuando, hacer crac-crac con los dedos. ¡Si por lo menos hubiera sido hombre religioso! Pero el doctor era un muro en este aspecto.