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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Por añadidura, el piso de la Rambla, ahora que conocía a fondo el de Manolo y Esther, lo acomplejaba cada día más. Claro que disponía de la soñada habitación para él solo…, con las obras de Freud, pero era un hogar de lo más humilde. ¿Y sus padres? Eso era peor aún. De un tiempo a esta parte no podía evitar el juzgarlos como desde un observatorio. ¿Por qué su padre, Matías, al gargarizar, antes de acostarse, metía tanto ruido? ¿Por qué su madre a veces se dejaba olvidadas, como tía Conchi, un par de horquillas en el lavabo?

De pronto Ignacio reaccionaba. ¡Al diablo los fantasmas! Al fin y al cabo, don Rosendo Sarró no era un aristócrata; era un financiero. Financiero, por otro lado, rigurosamente inmoral, sobre todo a raíz de la guerra. ¡Quién sabe el ruido que metería él al gargarizar! Y por supuesto, a juzgar por lo que le había contado Ana María, la madre de ésta carecía en absoluto de la distinción espiritual de Carmen Elgazu, cuyos actos constituían siempre una lección de bondad.

A todo esto, don Rosendo Sarró, objeto de las pesadillas de Ignacio, realizó el previsto viaje a Gerona para entrevistarse con les hermanos Costa. Ana María se lo comunicó a Ignacio con la debida antelación: "Llegará el día de San José, alrededor de las once y media".

Ignacio se mantuvo a la espera, en la calle de José Antonio Primo de Rivera, paso obligado, y consiguió ver efectivamente a su futuro "suegro". Éste llegó poco antes de las doce y se reunió con Gaspar Ley en el Café Savoy. Llegó con un coche fastuoso… y chófer uniformado. Su estampa era la de un triunfador. A Ignacio, que lo estuvo espiando desde el Puente de Piedra, le pareció más alto que cuando lo viera en San Feliu de Guíxols durante el verano, con la caña de pescar a cuestas. Llevaba un sombrero gris y un sólido abrigo cruzado. Al estrecharle la diestra a Gaspar Ley dio la impresión de que los huesos de la mano de éste crujirían, como los del doctor Chaos… Poco después los dos hombres se dirigieron al local de la Constructora Gerundense, S. A., de la calle Platería. Ignacio tuvo la certeza de que Gaspar Ley, al pasar por la Rambla, le diría a don Rosendo Sarró: "Ahí, en esa escalera sombría, vive el pretendiente de tu hija…"

Estimó humillante aguardar a que la reunión terminase. De modo que subió a su casa. Aunque comió sin apetito y sin dejar de preguntarse: "¿Y cómo me enteraré del acuerdo que hayan tomado? Tal vez Ana María, en la próxima carta, pueda decirme algo…"

No hubo necesidad de esperar tanto. Al día siguiente, por la tarde, Manolo, en el bufete, le informó del resultado de las conversaciones: positivo. Sarró y Compañía trabajaría con la Constructora Gerundense, S, A., sin que ello constara en ningún papel. Todo se realizaría a través de una nueva Sociedad cuya fundación habían concebido los hermanos Costa: Sociedad que se llamaría Emer -Empresas Españolas Reunidas- y que, cara al público, se dispondría a disputarle el mercado a la Constructora Gerundense, S. A. ¡Ah, el truco era corriente en aquellos tiempos! Al frente de dicha Sociedad, los Costa colocarían, en calidad de hombre de paja, nada menos que a Carlos Civil, el hijo del profesor Civil, que continuaba en Barcelona taciturno, intentando en vano abrirse camino.

– ¿Comprendes, Ignacio? La jugada es perfecta. ¡Crearse la propia competencia! Y como garantía, el apellido Civil. Por lo demás, el hijo del profesor hará lo que le manden…

Ignacio se quedó de una pieza. ¡Astucia de las "aves de presa"! Emer no despertaría recelos… ni siquiera en el general Sánchez Bravo.

La carta de Ana María, fechada el 21 de marzo, confirmó lo dicho por Manolo. "Mi padre regresó de Gerona muy satisfecho en lo referente a sus negocios. Su aspecto no mentía. Pero, naturalmente, aprovechó la ocasión para pincharme. Me dijo que Gerona era una ciudad aburrida y sucia, sin porvenir…"

Por fortuna, Ana María añadía algo más. Añadía que se había salido con la suya tocante a su proyecto de ir también ella a Gerona. Iría con Charo, por Semana Santa, con la excusa de ver la procesión. Pasarían lo menos dos días, en el hotel en que se hospedaba Gaspar Ley. "Ya está todo arreglado. Mi padre ha puesto el grito en el cielo, pero al final ha optado por ceder. Me ve tan firme, que sabe que si se opone va a ser peor. ¡Así que pronto volveremos a vernos, Ignacio! ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Charo me está ayudando mucho. La verdad es que en gran parte la organización de este complot se lo debo a ella. ¡Ah, estoy segura de que Gerona no me parecerá a mí ni aburrida ni sucia! Para mí será el cielo. Porque amarse es el cielo, ¿verdad, Ignacio?".

La alegría de Ignacio fue indescriptible. Ana María demostraba estar dispuesta a todo y ello le infundía valor. Trazó un plan minucioso para que Gerona le causara buena impresión: el barrio antiguo, el camino del Calvario, la Dehesa… Se informaría con exactitud sobre los datos históricos y arqueológicos para poderle decir, en la Catedral, en los Baños Árabes: "Esto es del siglo tal, esto del siglo cual…" ¡Y tomarían café en el Savoy! A ser posible, en la misma mesa en que se sentaron don Rosendo Sarró y Gaspar Ley…

Manolo y Esther aprobaron su proyecto. "Sí, sí, tráela a casa… -dijo Esther, con entusiasmo-. Me muero de ganas de conocer a Ana María. Podremos presenciar la procesión desde aquí, desde el balcón".

Luego Manolo e Ignacio sostuvieron, en el despacho, una larga conversación de orden profesional… La necesidad de superación de Ignacio lanzó a éste a la aventura. El muchacho le dijo a Manolo que jamás pudo soñar con aprender tanto en tan poco tiempo. Y que estaba contento con el nuevo sueldo que cobraba desde primero de año, y, sobre todo, de la amistad fraternal que los unía. Pero… entendía que Manolo exageraba tocante a su honestidad. Que se le estaban escapando de las manos asuntos muy importantes… No se atrevía a mencionar el de los hermanos Costa. Pero Manolo había rechazado otras muchas ofertas, que, en su opinión, eran perfectamente defendibles. Un abogado no era un misionero. Los tiempos corrían como corrían y se imponía, a veces, hacer la vista gorda. Ahí estaba el ejemplo de Mijares, que en cuestión de unos meses había subido como la espuma… Y ahí también el cargo que acababa de aceptar nada menos que un hijo del insobornable profesor Civil… ¡Sí, sí, trabajaban mucho, ya lo sabía! No daban abasto, y el prestigio era el prestigio. Sin embargo, los expedientes eran por lo general de poca monta. ¿La vida no consistía en aprovechar las grandes oportunidades? Ignacio comprendía perfectamente la repugnancia que sintió Manolo en Auditoría de Guerra. Pero en el mundo de las finanzas era otro cantar. Ahí estaba entendido que valían los trucos y el esconder la mano izquierda. La moral no era una cuestión matemática. Tal vez cupiera replantearse la cuestión…

Manolo escuchó a Ignacio con expresión impenetrable. Sólo al final sus facciones se endurecieron. Tanto, que Ignacio de pronto oyó unas palabras severas:

– Por favor, Ignacio, cállate… No me decepciones, te lo ruego.

Ignacio sintió que el pitillo que fumaba se le caía de los dedos. Se azoró lo indecible. Manolo vestía una de sus americanas deportivas, de cheviot, y jugueteaba con un clip, aunque sin llevárselo a la boca, como solía hacer Padrosa… La barbita romana de Manolo pareció temblar y se apoderó del despacho como un aire de juicio sumarísimo.

– No me decepciones. Creí haberte convencido de que el prestigio era rentable…

La dignidad de Manolo era tal, que apenas si éste tuvo necesidad de añadir nada más. Ignacio se sintió repentinamente ridículo. Ridículo y culpable. Se había precipitado. Había hablado como un necio. Ahora le iba a ser difícil rectificar. Manolo continuaba mirándolo, jugando con él más a su antojo que con el clip. La ambición lo había cegado por unos momentos… ¡Dios, cuánto costaba forjarse la personalidad definitiva! ¿O es que ese estadio supremo no se alcanzaba nunca?

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