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Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]

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En un futuro no demasiado lejano, un pequeño grupo de científicos e historiadores dedican sus horas a estudiar el pasado con una nueva máquina de observación a través del tiempo, la TruSite II.
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
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Cristóforo imitó la refinada voz del caballero De Portobello, diciendo:

—Jamás castigasteis a hombre alguno por deciros lo que creía como verdad.

Su madre se le acercó y le abofeteó en la cara. Dolió, y aunque hacía tiempo que Cristóforo había dejado de llorar cuando lo castigaban, la sorpresa de la acción, más que el golpe, fue lo que hizo que se le saltaran las lágrimas.

—¡Que no te vuelva a oír dándote aires así otra vez, Cristóforo! —gritó ella—. ¿Eres demasiado bueno para tu padre? ¿Piensas que zarandearte como un ganso hará que te crezcan plumas?

Lleno de furia, Cristóforo le gritó a su vez.

—Mi padre es tan bueno como cualquiera de ellos. ¿Por qué no puede su hijo aprender a ser un caballero?

Ella estuvo a punto de volver a abofetearlo por haberse atrevido a replicarle. Pero se contuvo y acabó por escuchar lo que le había dicho su hijo.

—Tu padre es tan bueno como cualquiera de ellos —contestó—. ¡Mejor!

Cristóforo indicó las hermosas telas esparcidas sobre la mesa.

—Ahí hay tela. ¿Por qué no puede mi padre vestir como un caballero? ¿Por qué no puede hablar como ellos lo hacen y vestir como ellos? ¡Entonces el Dux sí que le honraría!

—El Dux se reiría de él —dijo la madre—. Y lo haría todo el mundo. Y si él intentara seguir actuando como un caballero, uno de ellos vendría y atravesaría con su espada el corazón de tu padre, por atreverse a comportarse como un advenedizo.

—¿Por qué se reirían de él si no se ríen de otros hombres que visten y hablan como ellos lo hacen?

—Porque son caballeros de verdad, y tu padre no lo es.

—Pero si no es la ropa ni el lenguaje… ¿Hay algo en su sangre? No parecen más fuertes que mi padre. Tenían brazos débiles; y la mayoría eran gordos.

—Tu padre es más fuerte que ellos, desde luego. Pero ellos tienen espadas.

—¡Pues que compre una espada!

—¿Quién le vendería una espada a un tejedor? —le preguntó riendo la madre—. ¿Y qué haría tu padre con ella? No ha empuñado una espada en toda su la vida. ¡Se cortaría sus propios dedos!

—No si practicara —alegó Cristóforo—. No si aprendiera.

—No es la espada lo que hace al caballero. Los caballeros nacen siendo hijos de caballeros, eso es todo. El padre de tu padre no lo era, y por eso él no lo es.

Cristóforo reflexionó sobre esto un instante.

—¿No descendemos todos de Noé, después del diluvio? ¿Por qué son caballeros los hijos de una familia, y los hijos de la familia de mi padre no? Dios nos creó a todos.

La madre se rió amargamente.

—Oh, ¿eso es lo que te enseñan los curas? Bueno, entonces deberías verlos inclinarse y hacerles reverencias a los nobles mientras se mean en el resto de nosotros. Ellos piensan que a Dios le gustan más los caballeros, pero Jesucristo no actuó así. ¡No le importaban nada!

—¿Entonces qué derecho tienen a despreciar a mi padre? —demandó Cristóforo, y contra su voluntad sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

Ella le observó un momento, como decidiendo si decirle la verdad o no.

—El oro y la tierra —dijo.

Cristóforo no comprendió.

—Tienen oro en sus cofres del tesoro —prosiguió la madre—, y su propia tierra. Eso es lo que los convierte en caballeros. Si nosotros tuviéramos grandes extensiones de tierra en el campo o un cofre lleno de oro en el desván, entonces tu padre sería un caballero y nadie se reiría de ti si intentaras hablar como ellos hacen y vistieras ropas hechas de esto. —Apoyó el extremo de un rollo de tela contra el pecho del niño—. Serías un lindo caballero, mi Cristóforo.

Entonces soltó el tejido y se rió sin parar.

Finalmente, Cristóforo salió de la habitación.

«Oro —pensó—. Si mi padre tuviera oro, todos esos otros hombres lo escucharían. Bien, pues… le conseguiré oro.»

Uno de los hombres de la reunión debía de ser un traidor, o tal vez alguno habló descuidadamente, cerca de donde un criado traicionero escuchaba, pero de algún modo los Adorno se enteraron de los planes de los Fieschi; y cuando Pietro y sus dos guardaespaldas aparecieron junto a las torres cilíndricas de la Puerta de Sant'Andrea, donde el encuentro iba a tener lugar, fueron emboscados por una docena de hombres de los Adorno. Derribaron a Pietro de su caballo y le golpearon la cabeza con una maza. Le dieron por muerto y escaparon.

Los gritos se oían en la casa Colombo tan claramente como si todo hubiera sucedido en la mansión de al lado, lo que casi era exacto, pues vivían apenas a cien metros de la Puerta de Sant'Andrea. Oyeron los primeros gritos de los hombres y la voz de Pietro que gritaba:

—¡Fieschi! ¡A mí, Fieschi!

De inmediato, el padre de Cristóforo cogió su pesado bastón de su lugar junto a la chimenea y corrió a la calle. La madre llegó demasiado tarde a la puerta para detenerlo. Gritando y llorando, reunió a los niños y los aprendices en la parte trasera de la casa mientras los oficiales montaban guardia delante. En la oscuridad, oyeron el tumulto y los gritos. Luego se oyeron los lamentos de Pietro, pues no lo habían matado de inmediato y en su agonía aullaba pidiendo ayuda en la noche.

—Loco —susurró la madre—. Chillar así es como decir a los Adorno que no lo han matado. Volverán y acabarán con él.

—¿Matarán a papá? —preguntó Cristóforo.

Los niños más pequeños empezaron a llorar.

—No —contestó la madre, pero Cristóforo se dio cuenta de que no estaba segura.

Tal vez ella percibió su escepticismo.

—Todos locos —dijo—. Todos los hombres están locos. Luchar por quién gobierna Genova… ¿qué importa eso? ¡El turco está en Constantinopla! ¡Los paganos tienen el Santo Sepulcro en Jerusalén! ¿El nombre de Cristo ya no se pronuncia en Egipto, y como niños pequeños se pelean por quién se sienta en una bonita silla y se proclama Dux de Genova? ¿Qué es el honor de Pietro Fregoso comparado con el honor de Jesucristo? ¿Qué es poseer el palacio del Dux cuando la tierra donde la Santa Virgen caminó por su jardín, donde se le apareció el ángel, está en manos de perros circuncisos? ¡Si quieren matar a alguien, que liberen Jerusalén! ¡Que liberen Constantinopla! ¡Que viertan sangre para redimir el nombre del Hijo de Dios!

—Yo lucharé por eso —dijo Cristóforo.

—¡No luches! —gimió una de sus hermanas—. Te matarán.

—Yo los mataré primero.

—Eres muy pequeño, Cristóforo —dijo su hermana.

—No lo seré siempre.

—Callad —ordenó la madre—. Todo esto son tonterías. El hijo de un tejedor no va a las Cruzadas.

—¿Por qué no? —dijo Cristóforo—. ¿Rechazaría Cristo mi espada?

—¿Qué espada? —preguntó la madre, despectiva.

—Algún día tendré una espada. ¡Seré un caballero!

—¿Cómo, sino tienes oro?

—¡Conseguiré oro!

—¿En Genova? ¿Como tejedor? Mientras vivas, serás el hijo de Domenico Colombo. Nadie te dará oro y nadie te llamará caballero. Ahora cállate o te pellizcaré el brazo.

Era una amenaza en toda regla, y los niños sabían obedecer cuando su madre la pronunciaba.

Un par de horas más tarde, el padre llegó a casa. El oficial casi no lo dejó entrar cuando llamó. Sólo cuando gritó angustiado: «¡Mi señor ha muerto! ¡Dejadme entrar!», abrieron la puerta. Entró tambaleándose justo cuando los niños corrían detrás de la madre hacia la habitación delantera. Venía cubierto de sangre. La madre gritó y lo abrazó y luego le buscó las heridas.

—No es sangre mía —dijo él, angustiado—. ¡Es la sangre de mi Dux! ¡Pietro Fregoso ha muerto! ¡Los cobardes lo emboscaron, lo tiraron del caballo y le golpearon la cabeza con una maza!

—¿Por qué estás cubierto con su sangre, Nico?

—Lo llevé a las puertas del palacio del Dux. ¡Lo llevé al lugar donde tenía que estar!

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