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Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]

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En un futuro no demasiado lejano, un pequeño grupo de científicos e historiadores dedican sus horas a estudiar el pasado con una nueva máquina de observación a través del tiempo, la TruSite II.
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
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«Esto no es sólo la línea limítrofe entre datos de nivel de agua útiles e inútiles, —pensó Kemal—. Esto es un cataclismo, uno de los raros momentos en que un solo acontecimiento cambia una enorme área en un periodo de tiempo tan corto que los humanos no lo advierten. Y, para empezar, este cataclismo sucedió en una época en que los humanos estaban allí.» No era sólo posible, sino también probable que alguien viera la riada… De hecho, era posible que hubiera matado a muchos, pues la zona sur del Mar Rojo estuvo compuesta por rica sabana y marisma hasta que el océano irrumpió, y sin duda los humanos de catorce mil años antes habrían cazado allí, habrían recogido frutas y semillas. Alguna partida de caza debía de haber visto, desde los picos de las montañas Dehalak, las grandes murallas de agua que recorrían la llanura, rompiendo y separándose alrededor de las pendientes de las Dehalak, convirtiéndolas en islas.

Una partida de caza semejante habría sabido que sus familias habían muerto por efecto del agua. ¿Qué habrían pensado? Sin duda que algún dios estaba enfadado con ellos. Que el mundo había sido destruido, sepultado bajo el mar. Y si sobrevivieron, si encontraron un camino hasta la costa eritrea después de que las grandes olas se apaciguaran en el nuevo y más profundo mar, contarían la historia a cualquiera que quisiera escuchar. Y durante unos cuantos años llevarían a sus oyentes al borde del agua, les mostrarían las copas de los árboles asomando apenas sobre la superficie del mar y les contarían historias de todos aquellos que habían muerto cubiertos por las aguas.

«Noé —pensó Kemal—. El inmortal Utnahpishtim, el superviviente del Diluvio al que visitó Gilgamesh. El Ziusudra de la historia del diluvio sumerio.» La Atlántida. Las historias fueron creídas. Las historias fueron recordadas. Con el tiempo quienes las contaban olvidaron dónde había sucedido: trasladaron de modo natural los hechos a lugares que conocían. Pero recordaron lo esencial. ¿Qué decía la historia del diluvio de Noé? No sólo lluvia, no, no fue una inundación causada únicamente por la lluvia. Las «fuentes de las grandes profundidades» se abrieron. Ninguna riada local de la llanura mesopotámica haría que esa imagen formara parte de la historia. Pero la gran muralla de agua del Océano Indico, tras años de lluvia incesante… eso sí que llevaría esas palabras a los labios de los narradores, generación tras generación, durante diez mil años, hasta que pudieron ser escritas.

Y en cuanto a la Atlántida, todo el mundo estaba seguro de haberla descubierto hacía años. Santorini, Thios, la isla egea que estalló. Pero las historias más antiguas de la Atlántida no decían nada de que la hubiera destruido un volcán. Sólo decían que la gran civilización se hundió en el mar. La suposición era que visitantes posteriores llegaron a Santorini y, al ver agua donde antes había una ciudad-isla, asumieron que se había hundido al no saber nada de la erupción volcánica. A Kemal, sin embargo, esto le parecía una exageración, comparado con la forma que habría tenido para la gente de la Atlántida, en algún lugar de la llanura Massawa, cuando el Mar Rojo pareció alzarse en su lecho, envolviendo la ciudad. ¡Eso sí que sería hundirse en el mar! Ninguna explosión, sólo agua. Y si la ciudad se encontraba en las marismas de lo que era en la época de Kemal el canal Massawa, el agua habría venido no solamente del sureste, sino también del nordeste y del norte, envolviendo las montañas Dehalak, convirtiéndolas en islas y engullendo las marismas y la ciudad consigo.

La Atlántida. No estaba más allá de las Columnas de Hércules, pero Platón tenía razón al asociar la ciudad con un estrecho. Platón, o quienquiera que le contase la historia, simplemente sustituyó el Bab al Mandab por el mayor estrecho que conocía. El relato bien podría haberle llegado a través de Fenicia, donde los marinos mediterráneos habrían hecho que la historia encajara con el mar que conocían. La aprendieron de los egipcios, tal vez, o de comerciantes nómadas de las tierras árabes, o quizá ya era algo latente en las antiguas culturas ¿el mundo; y «dentro del estrecho de Mandab» se habría convertido en «dentro de las Columnas de Hércules», y entonces, como el Mediterráneo no era lo bastante extraño y exótico, el emplazamiento fue trasladado más allá de ese estrecho.

Todas estas suposiciones se le ocurrieron a Kemal con la absoluta seguridad de que eran ciertas, o casi ciertas. Se alegró ante la perspectiva que ofrecían: todavía quedaba una antigua civilización por descubrir.

Pero si estaba allí, ¿por qué no la había descubierto Vigilancia del Pasado? La respuesta era bastante sencilla. El pasado era enorme, y aunque el TruSite I había sido utilizado para recopilar información climatológica, las nuevas máquinas que eran lo bastante precisas como para seguir a seres humanos concretos nunca habían sido empleadas para examinar océanos donde no vivía nadie. Sí, el tempovisor había explorado el Estrecho de Bering y el Canal de la Mancha, pero fue para seguir migraciones bien conocidas. No hubo ninguna migración similar en el Mar Rojo. Vigilancia del Pasado simplemente no había sintonizado nunca sus precisas máquinas para ver lo que hubo bajo las aguas del Mar Rojo en los siglos finales de la última Edad de Hielo. Y nunca lo harían, a menos que alguien les diera una razón de peso.

Kemal conocía la burocracia lo suficiente como para saber que él, un estudiante de meteorología, difícilmente sería tomado en serio si presentaba a Vigilancia del Pasado una teoría acerca de la Atlántida, sobre todo una teoría que la situaba en el Mar Rojo nada menos, y catorce mil años atrás, mucho antes de que surgieran civilizaciones en Sumeria o Egipto, y mucho menos en China o el valle del Indo o entre los pantanos de Tehuantepec.

Sin embargo, Kemal también sabía que ese emplazamiento habría sido adecuado para que una civilización creciera en la tierra pantanosa del Canal Massawa. Aunque no había ríos suficientes desembocando en el Mar Rojo para llenarlo al mismo ritmo que el océano mundial, seguía habiendo ríos. Por ejemplo, el Zula, que todavía tenía agua incluso hoy, y que antaño cubría toda la llanura Massawa y desembocaba en el Mar Rojo, cerca de Mersa Mubarek. Y, a causa de las distintas pautas de lluvia de esa época, había un río grande y constante que procedía de la llanura Assahara. En la época de Kemal no era más que un valle seco por debajo del nivel del mar, pero entonces habría sido un lago de agua fresca alimentado por muchos arroyos y que se desbordaba por su punto más bajo en el canal Massawa. El río serpenteaba a lo largo de la lisa llanura Massawa, donde algunos afluentes se unían al Zula y otros se perdían hacia el este y el norte para formar varias desembocaduras en el Mar Rojo.

Así, fuentes de agua constantes alimentaban la zona. En la estación de las lluvias al menos el Zula traería nuevo limo para abonar el suelo, y en todas las estaciones los serpenteantes ríos de las llanuras habrían proporcionado un medio de transporte a través de las marismas. El clima era también cálido, con luz de sobra y una larga estación de siembras. Todas las civilizaciones primarias se habían desarrollado en un lugar así. No había ningún motivo para que una de ellas no lo hubiera hecho entonces.

Sí, era seis o siete mil años demasiado pronto. ¿Pero no era posible que la destrucción de la Atlántida hubiera convencido a los supervivientes de que los dioses no querían que los seres humanos se congregaran en ciudades? ¿No había atisbos de tendencia anticivilización en muchas de las antiguas religiones de Oriente Medio? ¿Qué era la historia de Caín y Abel, sino una expresión metafórica de la maldad del habitante de la ciudad, el granjero, el asesino de su hermano que es juzgado indigno por los dioses porque no lleva una vida trashumante con sus ovejas? ¿No podían aquellas historias haber circulado ampliamente en aquellos tiempos? Eso explicaría por qué los supervivientes de la Atlántida no habían comenzado inmediatamente a reconstruir su civilización en otro lugar: sabían que los dioses lo prohibían, que si construían de nuevo su ciudad serían destruidos de nuevo. Así que recordaron las historias de su glorioso pasado, y al mismo tiempo condenaron a sus antepasados y advirtieron a todo el mundo que conocían contra el peligro de unirse para construir una ciudad. Eso habría hecho que la gente anhelara un lugar así y lo temiera al mismo tiempo.

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