Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1998
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-8119-4
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Альтернативная история
Электронная книга - «Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]». Краткое содержание книги:
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
Al principio, su padre configuró el tempovisor que Diko empleaba para que sólo reprodujera imágenes previamente grabadas. Diko pronto se cansó de que el tempovisor tuviera una perspectiva tan restringida. Siempre anhelaba ver las cosas desde otro ángulo.
Justo antes de cumplir doce años, descubrió un método para sortear el fútil intento de su padre por bloquear su acceso pleno. No fue particularmente hábil; el ordenador de su padre le alertó de lo que había hecho, y él fue a verla antes de que pasara una hora.
—Así que quieres seguir contemplando el pasado.
—No me gustan las imágenes grabadas por otra gente —dijo Diko—. Nunca les interesa lo que me interesa a mí.
—Lo que vamos a decidir ahora mismo —prosiguió su padre— es si te prohibimos observar el pasado por completo o si te damos la libertad que quieres.
Diko se sintió súbitamente enferma.
—No me lo prohibas —pidió—. Me quedaré con las viejas imágenes, pero no me obligues a dejarlo.
—Sé que toda la gente que observas está muerta. Pero eso no significa que tengas derecho a espiarla sólo por curiosidad.
—¿No trata de eso Vigilancia del Pasado? —le preguntó Diko.
—No —contestó su padre—. Curiosidad sí, pero no curiosidad personal. Somos científicos.
—Yo también seré científica.
—Observamos las vidas de la gente para averiguar por qué hicieron lo que hicieron.
—Yo también.
—Verás cosas terribles. Cosas feas. Cosas muy privadas. Cosas preocupantes.
—Ya las he visto.
—A eso me refiero —confirmó su padre—. Si piensas que las cosas que te hemos permitido ver hasta ahora eran feas, privadas o preocupantes, ¿qué harás cuando veas cosas que lo sean de verdad?
—Feo, Privado y Preocupante. Parece una firma de abogados —dijo Diko.
—Si vas a tener los privilegios de un científico, entonces tienes que actuar como un científico.
—¿Y eso significa…?
—Quiero informes diarios sobre los lugares y épocas que observas. Quiero informes semanales de lo que has estado examinando y lo que has aprendido. Debes mantener un diario como todo el mundo. Y si ves algo preocupante, habla conmigo o con tu madre.
Diko sonrió.
—Ya entiendo. De lo feo y privado me encargo yo sola, pero lo preocupante lo discuto con los Ancianos.
—Eres la luz de mi vida —dijo su padre—. Pero creo que no te grité lo suficiente cuando eras pequeña para que sirva ya de algo.
—Entregaré todos los informes que me pidas —concedió ella—. Pero tienes que prometerme que los leerás.
—Siguiendo exactamente el mismo criterio que con los informes de cualquier otra persona. Así que será mejor que no me muestres trabajos mediocres.
Diko exploró, informó y empezó a anhelar las entrevistas semanales con su padre referidas al trabajo que hacía. Sólo gradualmente se dio cuenta de lo infantiles y elementales que eran aquellos primeros informes, cómo rozaba la superficie de temas resueltos mucho antes por observadores adultos; se maravillaba de que su padre nunca le hubiera insinuado de que no estaba en la vanguardia de la ciencia. Él siempre escuchaba con respeto, y en cuestión de unos pocos años Diko empezó a merecerlo.
Fue el viejo Cristóforo Colombo, nada menos, quien la apartó del tempovisor y la condujo al mucho más sensible TruSite. Ella nunca lo había olvidado, porque sus padres siempre lo tenían presente, pero sus primeras exploraciones con el tempovisor nunca estuvieron relacionadas con él. ¿Por qué iban a estarlo? Diko había sido testigo de prácticamente cada momento de la existencia de Colón en las viejas grabaciones que sus padres contemplaron de forma más o menos continuada durante la casi totalidad de sus vidas adultas. Lo que la llevó de regreso a Colón fue la pregunta que ella misma planteó: ¿cuándo toman las grandes figuras de la historia las decisiones que las ponen en el camino de la grandeza? Eliminó de su estudio todas las personas que simplemente eran arrastradas a la fama; eran quienes se debatían contra grandes obstáculos y nunca cedían quienes la intrigaban. Algunos eran monstruos y otros eran nobles; algunos eran oportunistas que servían a sus propios fines y otros eran altruistas; algunos de sus logros se desmoronaban casi de inmediato, y otros cambiaban el mundo de forma tal que tenía reverberaciones que alcanzaban al presente. Para Diko, eso apenas importaba. Buscaba el momento de la decisión y, después de haber escrito informes sobre varias docenas de grandes figuras, se le ocurrió que en todas sus observaciones de Cristóforo nunca se había sentado a estudiarlo de forma lineal, viendo cuál fue la causa por la que el hijo de un ambicioso tejedor genovés se hizo a la mar y acabó con todos los antiguos mapas del mundo.
Sin duda Cristóforo era uno de los grandes, lo aprobaran sus padres o no. ¿Pero cuándo fue tomada la decisión? ¿Cuándo dio el primer paso que le convirtió en uno de los hombres más famosos de la historia?
Le pareció encontrar la respuesta en 1459, cuando la rivalidad entre las dos grandes casas de Genova, los Fieschi y los Adorno, llegaba a su punto crítico. Ese año un hombre llamado Domenico Colombo era tejedor, seguidor del partido Fieschi, antiguo guardián de la Puerta Olivella, y padre de un niñito pelirrojo que tenía dentro de sí el poder de cambiar el mundo.
Cristóforo tenía ocho años la última vez que Pietro Fregoso fue a visitar a su padre. Cristóforo conocía el nombre del hombre, pero también sabía que en la casa de Domenico Colombo, Pietro Fregoso era mencionado siempre por el título que le había sido arrebatado por el partido Adorno: el Dux. Pietro Fregoso había decidido hacer un intento firme para recuperar el poder, y como el padre de Cristóforo era uno de los más fieros partidarios de la causa Fieschi, no resulta demasiado sorprendente que Pietro eligiera honrar a la casa Colombo celebrando allí una reunión secreta.
Pietro llegó por la mañana, acompañado solamente por un par de hombres: tenía que moverse sin despertar sospechas por la ciudad, o los Adorno sabrían que estaba planeando algo. Cristóforo vio a su padre arrodillarse y besar el anillo de Pietro. Su madre, que estaba de pie en la puerta situada entre el telar y la habitación principal, murmuró entre dientes algo sobre el Papa. Pero Pietro era el Dux de Genova, o más bien el antiguo Dux. Nadie le llamaba Papa.
—¿Qué has dicho, mamá?
—Nada. Entra aquí.
Cristóforo fue arrastrado al taller, donde los telares de los oficiales se movían y agitaban cuando los aprendices pasaban el hilo de un sitio a otro o se arrastraban por debajo para doblar la tela que el oficial estaba tejiendo. Cristóforo tenía una vaga conciencia de que su padre esperaba que ocupara su lugar como aprendiz en el taller de algún otro miembro del gremio de tejedores. No le agradaba la idea. La vida de aprendiz representaba trabajo monótono y sin significado, y las burlas de los oficiales se convertían en serio tormento cuando su padre y su madre no estaban delante. En el taller de otro tejedor, Cristóforo sabía que no tendría la posición de protegido de que gozaba allí, donde su padre era el amo.
Pronto su madre perdió interés en Cristóforo y el niño se escabulló hasta la puerta para observar las idas y venidas en la habitación principal, donde las piezas de paño habían sido retiradas de la mesa de exposición y los grandes carretes de hilo recogidos se habían dispuesto a modo de sillas. Varios hombres más habían entrado en los últimos minutos. Iba a ser una reunión. Cristóforo comprendió que Pietro Fregoso celebraba un consejo de guerra, y en la casa de su padre.
Al principio fue a los grandes hombres a quienes Cristóforo observó. Iban vestidos con las ropas más deslumbrantes y extravagantes que había visto jamás. Ninguno de los clientes de su padre entraba en la tienda vestido así, pero algunas de las ropas estaban hechas con la más fina tela de la casa. Cristóforo reconoció el rico brocado que llevaba un caballero como una tela que había sido fabricada no hacía ni un mes por Cario, el mejor de los oficiales. La había recogido Tito, que siempre vestía un uniforme verde. Sólo entonces comprendió Cristóforo que cuando Tito venía a comprar no lo hacía para sí mismo, sino para su amo. Tito no era un cliente, pues. Simplemente hacía lo que le enviaban a hacer. Sin embargo, su padre le trataba como a un amigo, aunque era un criado.