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Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]

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En un futuro no demasiado lejano, un pequeño grupo de científicos e historiadores dedican sus horas a estudiar el pasado con una nueva máquina de observación a través del tiempo, la TruSite II.
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
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Esto puso a Cristóforo a pensar en la forma en que su padre trataba a sus amigos. Las bromas, el afecto despreocupado, el vino compartido, las historias. Su padre y sus amigos hablaban mirándose a los ojos.

Su padre siempre decía que su mejor amigo era el Dux: Pietro Fregoso. Sin embargo, ese día Cristóforo descubrió que aquello no era cierto; pues su padre no bromeaba, no mostraba ninguna despreocupación en sus modales, no contaba ninguna historia, y el vino que servía era para los caballeros a la mesa, no para sí mismo. Su padre se quedaba en un rincón de la habitación, esperando a ver si alguien necesitaba más vino, sirviéndolo inmediatamente si así era. Y Pietro no incluía a su padre cuando miraba a los ojos de los hombres congregados alrededor de la mesa. No, Pietro no era amigo de su padre; según todas las apariencias, Domenico Colombo era un criado de Pietro.

Eso hizo que Cristóforo se sintiera un poco mal por dentro, pues sabía que su padre se enorgullecía de tener a Pietro por amigo. Cristóforo observaba la reunión: miraba los graciosos movimientos de los ricos, escuchaba la elegancia de su lenguaje. Algunas palabras ni siquiera las comprendía, y sin embargo sabía que eran genovesas y no latín o griego. «Naturalmente mi padre no tiene nada que decir a estos hombres pensó—. Habla otro idioma.» Eran extranjeros igual que los extraños hombres que Cristóforo vio en los muelles un día, los que eran de Provenza.

«¿Cómo aprendieron estos caballeros a hablar así? —se preguntó—. ¿Cómo aprendieron a decir palabras que nunca se hablan en nuestra casa o en la calle? ¿Cómo pueden esas palabras pertenecer al idioma de Genova, y sin embargo ninguno de los genoveses comunes conocerlas? ¿No es una ciudad? ¿No son estos hombres Fieschi como lo es mi padre? Los bravucones Adorno que volcaban los carros Fieschi en el mercado… mi padre habla más como ellos que como estos caballeros que supuestamente eran de su propio partido.

»Hay más diferencia entre los caballeros y los comerciantes como mi padre que entre los Adorno y los Fieschi. Sin embargo, los Fieschi y los Adorno a menudo llegan a las manos, y hay historias de asesinatos. ¿Por qué no hay peleas entre los comerciantes y los caballeros?»

Sólo una vez incluyó Pietro Fregoso a su padre en la conversación.

—¡Me impacienta perder tanto tiempo, nuestro tiempo! —dijo—. Mirad a nuestro Domenico. —Señaló hacia el padre de Cristóforo, que avanzó como un tabernero al que han llamado—. Hace siete años era guardián de la Puerta Olivella. Ahora tiene una casa que es la mitad de la que tenía antes; y sólo tres oficiales en vez de seis. ¿Por qué? Porque ese supuesto Dux desvía todos los negocios para los tejedores Adorno. ¡Porque yo carezco de poder y no puedo proteger a mis amigos!

—No es cuestión del amparo de los Adorno, mi señor —dijo uno de los caballeros—. Toda la ciudad es más pobre con el turco en Constantinopla, los musulmanes acosándonos en Khíos y los piratas catalanes que atacan osadamente nuestros puertos y saquean las casas cercanas a la costa.

—¡Eso quería decir exactamente! —exclamó el Dux—. Los extranjeros pusieron a ese títere en el poder… ¿Qué les importa cómo sufre Genova? Es hora de restaurar el verdadero gobierno genovés. No consentiré ninguna contradicción.

Uno de los caballeros habló en voz baja en medio del silencio que siguió a las palabras de Pietro.

—No estamos preparados —dijo—. Pagaremos en preciosa sangre cualquier ataque alocado que hagamos ahora.

Pietro Fregoso lo miró con frialdad.

—Vaya. ¿Yo digo que no consentiré ninguna contradicción, y me contradices? ¿De parte de quién estás, De Portobello?

—De la vuestra hasta la muerte, mi señor —dijo el hombre—. Pero jamás castigasteis a hombre alguno por deciros lo que creía como verdad.

—Ni te castigaré ahora. Mientras pueda contar con que estás de mi lado.

De Portobello se puso en pie.

—Delante vuestro, mi señor, o detrás, o dondequiera que haya de colocarme para protegeros cuando amenace el peligro.

Al oírlo, el padre de Cristóforo dio un paso al frente.

—¡Yo también permaneceré junto a vos, mi señor! —exclamó—. ¡Todo aquel que levante una mano contra vos deberá derribar primero a Domenico Colombo!

Cristóforo vio cómo reaccionaban los demás. Aunque habían asentido cuando De Portobello hizo su promesa de lealtad, sólo bajaron la vista en silencio cuando su padre habló. Algunos de ellos enrojecieron. ¿De ira? ¿De vergüenza? Cristóforo no estaba seguro de que quisieran oír la promesa de su padre. ¿Era porque sólo un caballero podía combatir lo bastante bien para proteger al legítimo Dux? ¿O era porque su padre no debería haber sido tan osado para hablar en medio de tan poderosa compañía?

Fuera cual fuese la razón, Cristóforo observó que el silencio había golpeado a su padre como un mazo. Pareció consumirse mientras se replegaba contra la pared. Sólo cuando su humillación fue completa volvió a hablar Pietro.

—Nuestro éxito depende de que todos los Fieschi luchen con coraje y lealtad. —Sus palabras eran amables, pero llegaban demasiado tarde para aliviar los sentimientos de Domenico. No suponían una honorable aceptación de la oferta del tejedor, sino un consuelo, como un hombre que acaricia a un perro leal.

«Mi padre no les importa —pensó Cristóforo—. Se reúnen en su casa porque deben mantener la reunión en secreto, pero él no significa nada para ellos.»

La reunión terminó poco después; la decisión fue atacar dos días más tarde. En cuanto los caballeros se marcharon y Domenico cerró la puerta, la madre de Cristóforo avanzó y se plantó ante su marido.

—¿Qué pretendes, idiota? ¡Si alguien quiere dañar al legítimo Dux, tendrán que derribar a Domenico Colombo primero! ¡Qué tontería! ¿Cuándo te convertiste en soldado? ¿Dónde está tu bella espada? ¿Cuántos duelos has librado? ¿O piensas que esto será una riña de taberna y sólo tendrás que hacer entrechocar las cabezas de un par de borrachos para ganar la batalla? ¿Es que no te importan nada tus hijos que planeas dejarlos sin padre?

—Soy un hombre de honor —dijo Domenico.

Cristóforo se preguntó: «¿Cuál es el honor de mi padre si sus mejores amigos desprecian la oferta de su vida?»

—Tu honor pondrá a tus hijos en la calle vestidos de harapos.

—Mi honor me convirtió en guardián de la Puerta Olivella durante cuatro años. Entonces te gustaba vivir en una hermosa casa, ¿verdad?

—Esa época se acabó —dijo la madre—. Correrá la sangre, y no será sangre Adorno.

—No estés tan segura de eso —contestó Domenico. Y corrió escaleras arriba. La madre estalló en lágrimas de ira y frustración. La discusión se había terminado.

Pero Cristóforo no se dio por satisfecho. Esperó a que su madre se calmara retirando de la mesa los ovillos y colocando de nuevo las telas, para que los clientes pudieran verlos y estuvieran limpios. Cuando juzgó que podía hablar sin que le gritaran, dijo:

—¿Cómo aprenden los caballeros a serlo?

Ella le miró.

—Nacen así —contestó—. Dios los convirtió en caballeros.

—¿Pero por qué no podemos nosotros aprender a hablar como lo hacen ellos? —preguntó Cristóforo—. Creo que no sería difícil.

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