Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Год: 1998
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-8119-4
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Альтернативная история
Электронная книга - «Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón [Pastwatch: The Redemption of Christopher Columbus - es]». Краткое содержание книги:
Por desgracia su mundo es un lugar trágico: la especie humana ha quedado reducida a una población de menos de mil millones de personas tras un siglo de guerras y plagas, de sequía, de inundaciones y de hambrunas. Ha habido demasiadas extinciones, demasiada tierra ha quedado envenenada y baldía. La gente que sobrevive lucha por renovar el planeta, mientras los especialistas observan el pasado en busca de las causas de su terrible presente.
Un día, sin embargo, al contemplar la terrible matanza de las tribus caribeñas a manos de los españoles, que conducidos por Cristóbal Colón se dirigen a La Hispaniola, la observadora Tagin descubre que la mujer a quien está estudiando también la ve a ella y, a su vez, interpreta esa imagen como un mensaje de los dioses.
¿Podría alterarse el pasado? ¿Seria correcto que un pequeño grupo de observadores actuara deforma que, de tener éxito, hiciera desaparecer una línea temporal, aunque fuera la suya propia? ¿Se justificaría su acción si, gracias a ella, se evitara la muerte de todo el planeta?
—¿Por qué has hecho eso, idiota?
—¡Porque él me lo dijo! Me acerqué a él, estaba gritando y cubierto de sangre y dije: «Dejadme llevaros a vuestro físico, dejadme llevaros a vuestra casa, dejadme encontrar a quienes os hicieron esto y los mataré por vos.» Y él me contestó: «¡Domenico, llévame al palacio! ¡Ahí es donde debería morir el Dux, en el palacio, como mi padre!» Así que lo llevé hasta allí, en mis propios brazos, ¡y no me importó que los Adorno nos vieran! ¡Lo llevé allí y murió en mis brazos! ¡Fui su verdadero amigo!
—¡Si te vieron con él, te encontrarán y te matarán!
—¿Qué importa? ¡El Dux ha muerto!
—A mí sí que me importa —dijo la madre—. Quítate esas ropas.
Se volvió hacia los oficiales y empezó a dar órdenes.
—Tú, lleva a los niños a la parte trasera de la casa. Tú, que los aprendices saquen agua y la calienten para preparar un baño. Tú, cuando le quites las ropas, quémalas.
Los otros niños obedecieron al oficial y corrieron a la parte trasera de la casa, pero Cristóforo no. Vio cómo su madre desnudaba a su padre, cubriéndole de besos y maldiciones sin cesar. Cristóforo no abandonó la habitación ni siquiera después de que lo condujera al patio para bañarlo, ni siquiera cuando el hedor de las ropas ensangrentadas al ser quemadas inundó la casa. Cristóforo estaba de guardia, protegiendo la puerta.
O eso decían todas las viejas interpretaciones de aquella noche. Colón estaba de guardia, para mantener a su familia a salvo. Pero Diko sabía que no era eso lo que pasaba por la mente del muchacho. No, estaba tomando su decisión. Estaba emplazando ante sí los términos de su futura grandeza. Sería un caballero. Reyes y reinas lo tratarían con respeto. Tendría oro. Conquistaría reinos en nombre de Cristo.
Incluso entonces, debió de saber que para conseguir todo aquello tendría que abandonar Genova. Como había dicho su madre: mientras viviera en aquella ciudad, sería el hijo de Domenico el tejedor. A partir de la mañana siguiente dirigió su vida hacia la consecución de sus nuevos objetivos. Empezó a estudiar (idiomas, historia), con tanto vigor que los monjes que le enseñaban lo comentaron:
—Ha capturado el espíritu de la erudición —decían. Pero Diko sabía que no le interesaba el aprendizaje per se. Quería conocer idiomas para viajar por todo el mundo. Tenía que conocer historia para saber qué había en el mundo cuando se aventurara en él.
Y tenía que aprender a navegar. A cada oportunidad que se le planteaba, Cristóforo se iba a los muelles; a escuchar a los marinos, a hacerles preguntas, a aprender todo lo que hacían. Más tarde se concentró en los oficiales de derrota. Les sobornaba con vino cuando podía permitírselo o simplemente demandaba respuestas cuando no podía hacerlo. Con el paso del tiempo consiguió embarcar en una nao, y luego en otra; no rechazó ninguna oportunidad de zarpar y hacía todos los trabajos que le pedían, para que todos supieran que el hijo de un tejedor pretendía aprenderlo todo sobre la mar.
Diko hizo su informe sobre Cristóforo Colombo, sobre el momento en que tomó su decisión. Como siempre, su padre lo alabó, criticando sólo puntos menores. Pero ella sabía a esas alturas que sus alabanzas podían ocultar serias críticas. Cuando lo desafió para que las expresara, él no quiso decirle cuáles eran.
—Ya he dicho que el informe era bueno. Ahora déjame en paz.
—Hay algo mal y no quieres decírmelo.
—Es un informe bien escrito. No tiene nada mal, excepto los puntos que ya te he dicho.
—Entonces no estás de acuerdo con mi conclusión. No crees que eso fue lo que hizo a Cristóforo decidir ser grande.
—¿Decidir ser grande? —preguntó su padre—. Sí, creo que casi con toda seguridad ése es el momento de su vida en que tomó esa decisión.
—¿Entonces qué es lo que está mal?—gritó ella.
—¡Nada! —replicó él.
—¡No soy una niña!
Él la miró, consternado.
—¿No?
—¡Me estás llevando la corriente y ya estoy harta!
—Muy bien —dijo él—. Tu informe es excelente y observador. Sin duda Colón decidió en la noche que has marcado, y por las razones que has expuesto, que buscaría oro y grandeza y la gloria de Dios. Todo eso está muy bien. Pero no hay ningún atisbo en tu informe que nos indique por qué y cómo decidió que conseguiría esos objetivos navegando hacia poniente en el Atlántico.
Fue algo que la golpeó tan brutalmente como el bofetón de la madre de Cristóforo, y le provocó las mismas lágrimas en los ojos, aunque no hubo ninguna agresión física.
—Lo siento —dijo el padre—. Dijiste que ya no eras una niña.
—No lo soy. Y te equivocas.
—¿Me equivoco?
—Mi proyecto es encontrar cuándo se tomó la decisión de ser grande y eso es lo que descubrí. Tu proyecto y el de mamá es descubrir cuándo Colón decidió dirigirse hacia poniente.
Su padre la miró sorprendido.
—Bueno, sí, supongo que sí. Sin duda es algo que necesitamos saber.
—Entonces no hay nada malo en el informe para mi proyecto sólo porque no contesta la pregunta que os ha estado inquietando a vosotros en el vuestro.
—Tienes razón.
—¡Lo sé!
—Bueno, también yo lo sé ahora. Retiro la crítica. Tu informe es completo y aceptable y lo acepto. Enhorabuena.
Pero ella no se marchó.
—Diko, estoy trabajando.
—Lo encontraré por vosotros —dijo.
—¿Encontrar qué?
—Lo que causó que Cristóforo navegara hacia poniente.
—Termina tu propio proyecto, Diko.
—¿Crees que no puedo?
—He estudiado las grabaciones de la vida de Colón, igual que tu madre, igual que incontables eruditos y científicos. ¿Crees que encontrarás lo que ninguno de ellos ha encontrado?
—Sí.
—Bueno —concluyó el padre—. Creo que hemos aislado tu decisión de ser grande.
Le sonrió, una sonrisita picara. Diko supuso que se estaba burlando de ella. Pero no le importaba. Él podía pensar que estaba bromeando, pero ella haría que su broma se volviera real. ¿Que habían contemplado las viejas grabaciones del tempovisor sobre la vida de Colón una y otra vez, junto con incontables personas más? Muy bien, pues, Diko dejaría de contemplar grabaciones. Iría y miraría directamente su vida, y no con el tempovisor. El TruSite II sería su herramienta. No pidió permiso, ni tampoco ayuda. Simplemente buscó una máquina que no se utilizaba por la noche y ajustó el horario de trabajo de su vida para que encajara con las horas en que podía utilizar la máquina. Algunos se preguntaban si realmente debería emplear los aparatos más modernos: después de todo, no era miembro de Vigilancia del Pasado. Su formación era, en el mejor de los casos, irregular. No era más que la hija de los observadores, y sin embargo empleaba una máquina a la que normalmente se accedía después de años de estudio.
No obstante, aquellos que albergaban dudas, al ver la decisión en su rostro, al ver lo duro que trabajaba y lo rápidamente que aprendió a utilizar la máquina, pronto perdieron cualquier deseo de poner en duda su derecho. A algunos se les ocurrió que después de todo seguía la tradición. Ibas al colegio a aprender una profesión que era distinta a la de tus padres, pero si el objetivo era entrar en el negocio familiar, lo aprendías desde la infancia. Diko era una vigilante como cualquier otra y, según todas las indicaciones, de las buenas.
Y los que al principio se habían planteado cuestionarla o incluso detenerla, acabaron por advertir a las autoridades de que había una novicia que merecía la pena observar. Se inició un registro, donde se observaba todo lo que hacía Diko.
Y pronto tuvo una etiqueta plateada en su expediente: Dejemos que vaya adonde quiera.