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Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:

Claudia Moore era una aspirante a reportera en busca de su gran oportunidad. Por eso cuando se enteró que había un Papá Noel que realmente hacía que se cumplieran los deseos de los niños, pensó que había llegado su momento. Pero no se le ocurrió que aquella fuera a ser una misión en la que tendría que trabajar de incógnito… ¡y vestida de duende! Pero, por si eso no fuera suficiente, pronto se dio cuenta de que se estaba enamorando del mismísimo hombre al que debía desenmascarar…
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– Sé exactamente lo que necesitas.

Tom tomó su mano y empezó a besar cada uno de los dedos.

– Ah, sí? ¿Y qué es?

Claudia se levantó de un salto y tuvo que sujetarse a él para no caer de bruces.

– No te muevas de aquí. Vuelvo enseguida.

– No puedo ir a ninguna parte. Estamos encerrados.

Cuando Tom oyó el ascensor dejó escapar un suspiro. Había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tirarla en el sofá. Si hubiera sabido que pasar una noche a solas con Claudia Moore iba a causar tal desastre en su libido, habría abierto la puerta de los almacenes para dejarla ir.

Quizá debería decirle la verdad, que solo tenían que pulsar unos cuantos números y las puertas se abrirían por sí solas. Pero sentía curiosidad por saber cómo acabaría aquello.

Era la mujer más cautivadora que había conocido. Si estaban separados, se preguntaba cuándo volvería a verla y si estaban juntos, se sentía decepcionado por no poder estar con ella cada minuto del día.

Pero ¿estaba viviendo en un mundo de fantasía? Miró entonces su bolso, sobre el sofá. Sin poder evitarlo, lo abrió y, como sospechaba, encontró dentro uno de los archivos. Un recordatorio de que, aunque sentía algo por Claudia, había demasiados secretos entre ellos.

– Santa Claus-murmuró, leyendo el título de la carpeta-. Esto confirma mis sospechas.

Se levantó para dejar el archivo en su mesa, pero después cambió de opinión y volvió a guardarlo en el bolso. Al fin y al cabo, él había querido que todo aquel secretismo con el asunto de Santa Claus terminase de una vez. ¿Por qué no dejar que Claudia sacase a la luz pública quién era su abuelo y terminar con todo?

Aquella tradición se había convertido en una carga. Qué pasaría cuando Theodore Dalton no quisiera hacer de Santa Claus? ¿Tendría que hacerlo él? ¿Estaría enterrado en Schuyler Falls durante el resto de su vida, pasando las navidades dentro de un traje rojo y una barba postiza?

– Prefiero que publique el artículo antes que terminar con ella-murmuró para sí mismo.

Pero quizá Claudia no querría saber nada de él después de conseguir el reportaje.

Podría dar por terminada la charada aquella misma noche si quería. Cuando volviera, le mostraría el archivo y exigiría una explicación. Pero no quería echarlo todo a rodar Por el momento, quería seguir viviendo aquella fantasía. La mañana llegaría pronto.

– Tengo exactamente lo que necesitas!

Claudia entró en el despacho con algo en la mano.

– Pendientes?

– Pendiente-corrigió ella abriendo su bolso.

No se molestó en esconder el archivo siquiera, de modo que había bebido más de lo que Tom creía.

Cuando encontró lo que buscaba se lo mostró con una Sonrisa.

– Tachán!

– Una cajita de costura?

– Una aguja. Tengo que hacerte un agujero en la oreja.

– De eso nada-protestó él, levantando las manos-. No vas a clavarme una aguja en la oreja.

– Pero estarás muy guapo con un pendiente…

– Creo que has tomado demasiado champán. No pienso dejar que te acerques con esa aguja.

– Vamos, cobarde-insistió Claudia, poniéndose de rodillas en el sofá-. Yo hacía esto todos los días en el instituto. Haremos un trato. Yo te hago un agujero en la oreja y tú me das un beso.

– Podría besarte ahora mismo, si quieres-murmuró él, pasando una mano por su pierna.

– Pero es que no quiero-rió Claudia-. Yo creo que un hombre con un pendiente es muy sexy. Casi irresistible. Y nunca he besado a un hombre con un pendiente. A saber lo que podría pasar.

Tom no tenía duda de que le clavaría la aguja. Claudia Moore no tenía miedo de nada. Y con cualquier otra mujer rechazaría la oferta de un beso, pero con ella… Si tenía que tirarse de cabeza al río Hudson, lo haría. Bailaría desnudo en la plaza del pueblo si ella le quitaba la ropa. Un agujerito en la oreja parecía un precio razonable por un beso.

– Me va a doler?

– En absoluto-contestó ella, sacando un hielo del cubo de champán-. Ponte esto en la oreja y ya verás como no te duele nada.

Tom obedeció. Unos minutos más tarde tenía dormido el lóbulo, aunque no estaba muy seguro de si debía confiar en Claudia. Había esterilizado la aguja con un chorrito de vodka y estaba sentada frente a él, con el instrumento en la mano.

– Podría hacerte un agujero en cada oreja.

– No, déjalo. Solo en una.

Tom se preparó para la operación, mirando a Claudia por el rabillo del ojo. Pero estaba tan alegre que podría acabar metiéndole la aguja en el ojo.

– Relájate. Solo será un momento.

Y así fue. Notó una punzadita en la oreja y un segundo después un peso en el lóbulo cuando le ponía el pendiente.

– ¿Estoy sangrando?

– No-sonrió ella-. Y estás muy guapo. Con ese pendiente pareces un pirata.

Tom la tomó por la cintura para tirarla en el sofá.

– Si se me cae la oreja, me las pagarás-murmuró, apartando el pelo de su cara-. Creo que teníamos un trato, ¿no?

Claudia enredó los brazos alrededor de su cuello.

– Un beso.

– Solo uno?

– Solo uno.

– Entonces, tendrá que ser un beso muy largo.

Aquella vez lo hizo despacio. No había nadie que los interrumpiese, nadie molestando. Inclinó la cabeza y empezó a pasar la lengua por la comisura de sus labios. Sabía mejor que nada en el mundo y tomó su cara entre las manos para disfrutarla a placer. Era como un hombre sediento que no podía cansarse. Quería más y más.

Se tumbó sobre ella, apoyándose en un codo para evitarle el peso, pero Claudia lo apretó contra su cuerpo. Como había intuido, estaban hechos el uno para el otro. Sus pechos se aplastaban bajo el peso de su torso, sus piernas se enredaban…

Claudia se arqueó hacia él y Tom sintió que su entrepierna reaccionaba inmediatamente, ¿Era aquel el sitio y el momento para lo que estaban haciendo? Con tantas mentiras entre ellos… No, sería mejor esperar. Decidido, se apartó.

– Puedes besarme otra vez-dijo ella con voz ronca-. Creo que un solo beso no es un trato justo por una oreja agujereada.

Tom volvió a inclinarse, dispuesto a darle otro beso. Pero el beso se convirtió en dos, en tres…, hasta que perdió la cuenta. Besar a una mujer siempre había sido el preludio para algo más, pero podría besar a Claudia durante toda la noche y no se cansaría nunca.

Sin embargo, no estaba preparado para hacerle el amor. Las mentiras eran un obstáculo insuperable. Sus motivos, su juego, el deseo de los dos…

Claudia acarició su torso desnudo con las manos.

– Bésame otra vez-le ordenó.

– Si vuelvo a besarte, puede que no sea capaz de parar. Y tú has bebido tanto champán que podrías no saber detenerme. Así que lo mejor es parar ahora que podemos.

– Eres demasiado honorable, señor Dalton.

Cerrando los ojos, Tom le dio un beso en la frente. Quizá lo era. Pero no quería arriesgarse. Si hacían el amor sería un momento importante, significativo en su vida.

– Si no me besas, ¿qué vamos a hacer?

– Podríamos hablar. Puedes contarme cosas de ti misma. Quiero saberlo todo.

– ¿Qué quieres saber?

– Lo que tú quieras contarme-sonrió él, mirándola a los ojos.

Por un momento pensó que iba a decirle la verdad sobre lo que estaba haciendo allí. Pero al final le contó que había nacido en Buffalo, que sus padres no se llevaban bien… Cuando llegó a la guardería y empezó a contarle que se comía los lápices, ya estaba cerrando los ojos. Un segundo después se había quedado dormida. Tom la miró, sintiendo una ola de afecto que le encogía el corazón.

Algún día se lo contaría todo. Y cuando lo hiciera, eso sería más importante que cualquier artículo. Lo único que tenía que hacer era darle tiempo.

Tom estuvo mirándola hasta el amanecer. Duran te horas miró aquella bonita cara, catalogando cada una de sus facciones hasta que se las supo de memoria: la nariz perfecta, los labios generosos, la piel de porcelana y las largas pestañas.

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