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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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– Agradezco tu preocupación, Simon, así como tu paciencia. Pensaré en ello, créeme. Pero ahora, será mejor que vuelva a casa.

Ella le dio la espalda y se volvió a poner la camisa. Después, se la ajustó, se apoyó en unas rocas y salió del agua.

La carne se le puso de gallina al sentir el aire fresco de la noche. Alcanzó la ropa sin molestar a Belleza, que seguía dormida, y se vistió. Quedaba la pistola, que se guardó en uno de los bolsillos.

Ahora, sintiéndose mucho menos vulnerable que antes, se giró hacia el agua. Simon también había salido; se estaba poniendo la chaqueta y la miró a los ojos.

Durante unos segundos no hicieron otra cosa que mirarse. Genevieve volvió a sentir el mismo deseo, aunque mezclado con algo más, algo que no había experimentado nunca. Querría arrojarse a sus brazos y apretarlo con fuerza. Quería inhalar su aroma, sentir su fuerza, aferrarse a él y no volver a soltarlo. La idea le pareció tan extraña que sacudió la cabeza e intentó recobrar su buen juicio.

– ¿Tienes frío? -preguntó él, acercándose.

– No.

Él se detuvo y la observó como si Genevieve fuera un enigma que se sentía incapaz de resolver. Sus ojos brillaban de deseo, pero en lugar de besarla, se inclinó y recogió a la perrita. Belleza abrió un ojo, bostezó y se apretó contra el pecho de su amo.

– Hace un rato, cuando la perseguía por los bosques, estuve tentado de cambiarle el nombre y llamarla Diablesa lametona, Corredora incansable o Desgracia monumental. Pero ahora la llamaría Hada, porque gracias a ella he vivido algo mágico -declaró Simon-. Se ha ganado el hueso más grande de Inglaterra.

– Y tú que pensabas que sólo te daba problemas…

– Y me los da, pero es evidente que siento debilidad por los problemas. Y por otras cosas -añadió, recorriendo su cuerpo con la mirada-. En fin, será mejor que nos marchemos. Si seguimos aquí, se nos hará de día. ¿Vamos?

Simon le ofreció el brazo. Genevieve lo aceptó y caminaron hacia la casa.

Durante unos minutos, el único sonido que se oyó fue el de sus pasos sobre las hojas secas. Pero luego, por motivos que ni ella misma alcanzaba a comprender, declaró:

– Hacía tiempo que no paseaba por el campo con un hombre.

Simon se giró hacia ella.

– Será porque querías pasear sola. De haber deseado un acompañante, sólo habrías tenido que chasquear los dedos y tu casa se habría llenado de pretendientes.

Genevieve sonrió.

– Sobrestimas mis encantos, Simon.

– En absoluto. Eres tú quien los sobrestima. ¿Es que no tienes espejos?

– Sí, y no mienten.

– Entonces, necesitas gafas.

Genevieve estaba a punto de discutírselo cuando Simon se detuvo en seco y la arrastró hacia la oscuridad, como si no quisiera que los vieran.

– La puerta de tu casa está abierta -explicó.

Él se inclinó, se sacó un cuchillo de la bota y añadió:

– Dame tu pistola.

Genevieve se estremeció y se llevó la mano al bolsillo donde la había guardado.

– No será necesario. No la llevo como adorno… soy buena tiradora.

– Estoy seguro de ello, pero ¿serías capaz de disparar a un ser humano?

– Sí fuera preciso…

Simon la miró y asintió.

– Bueno, esperemos que no lo sea. Quédate detrás de mí y prepárate para salir corriendo si las cosas se complican. Ah, y no me dispares a mí…

Simon salió del follaje y caminó hacia la casa con cautela, vigilando los alrededores. Genevieve lo siguió, nerviosa. ¿Sería posible que Richard hubiera ido a recoger la carta? De ser así, no quería que Simon lo tomara por un intruso y lo atacara.

Llegaron al camino de piedra y entraron en el vestíbulo. Baxter yacía en el suelo, con una mancha oscura en la cara que sólo podía ser una cosa: sangre.

Capítulo Diez

Simon se arrodilló junto a Baxter y miró a su alrededor. Justo cuando llevó los dedos a su cuello para comprobar si tenía pulso, el gigante gimió y se movió un poco.

– Está volviendo en sí -dijo Simon, lacónico-. Tengo que ver si hay alguien en la casa…

Tomó a Genevieve de los hombros, la empujó suavemente contra la pared y añadió:

– No sueltes la pistola. Quédate aquí hasta que vuelva.

– Pero Baxter…

– Estará bien, no te preocupes.

– No puedo dejarlo en el suelo…

– Ni ganaríamos nada si el intruso sigue en la casa y te sorprende porque te has arrodillado para cuidar de tu mayordomo. Tardaré poco.

Tras una duda breve, ella asintió.

Simon desapareció, cuchillo en mano. Su instinto le decía que la casa estaba vacía, y no tardó en comprobarlo. La última habitación que miró antes de volver al vestíbulo fue el dormitorio de Genevieve. En ese momento tuvo una corazonada y abrió el cajón del tocador donde guardaba la ropa interior; faltaba una cosa importante: la caja del conde ya no estaba entre la lencería.

Se preguntó si se la habría llevado el intruso o si Genevieve la habría cambiado de sitio. En cualquier caso, estaba seguro de que lo sucedido no era casual; estaban buscando algo, y seguramente era la carta.

Cuando regresó con Genevieve y Baxter, dijo:

– No hay nadie.

Ella asintió y se arrodilló junto al gigante.

– Ha gemido varias veces y acaba de abrir los ojos.

– Magnífico. Encárgate de él. Vuelvo enseguida.

Salió de la casa y recogió a Belleza, que se había quedado dormida encima del felpudo. Al volver al interior, Genevieve estaba limpiando la herida de Baxter con un pañuelo.

– ¿Qué tal está?

– Consciente.

Baxter intentó sentarse. Simon se lo impidió.

– Maldita sea… la cabeza me duele como si un batallón de demonios me estuviera acribillando con sus horcas. ¿Qué diablos he bebido?

– No has bebido nada -le informó Genevieve-. Te han dejado inconsciente.

Baxter frunció el ceño.

– ¿Inconsciente?

– Sí. Alguien ha entrado en la casa y la ha registrado -explicó Simon mientras examinaba el chichón de su cabeza-. Necesitamos más luz…

Ella se levantó y volvió un minuto después con una lámpara de aceite que dio un tono dorado al vestíbulo.

– Qué dolor de cabeza…-insistió Baxter.

– ¿Has visto a tu agresor?

Baxter sacudió la cabeza y respondió:

– No, sólo he oído un ruido seco, como de un cristal al romperse. Pensé que Sofía habría hecho una de las suyas y bajé a comprobarlo -explicó, mirando a Genevieve-; no quería que te cortaras al levantarte por la mañana. Pero ese canalla no te ha hecho nada, ¿verdad, Gen?

– No. Estoy bien.

Baxter miró entonces a Simon y entrecerró los ojos.

– ¿Qué hace este hombre aquí?

– Acompañaba a Genevieve a casa. Cuando llegamos, la puerta estaba abierta.

– ¿Acompañándola a casa?

Baxter intentó incorporarse otra vez, pero esta vez lo consiguió porque tuvo el apoyo de Genevieve y del propio Simon.

– Genevieve ya estaba en casa -afirmó Baxter-. ¿Quién me dice que no ha sido usted el que me ha atacado?

Genevieve se adelantó a Simon en la respuesta.

– Salí a bañarme en el manantial. Simon estaba paseando a Belleza y se ofreció a acompañarme.

Baxter parpadeó.

– ¿Cómo se te ocurre salir a bañarte en plena noche?

– Descuida, me llevé la pistola por si tenía que defenderme.

– Pero no le has disparado a él.

– Yo no la acechaba -se defendió Simon-, sólo estaba paseando. Genevieve, ¿sabes si recientemente se han sufrido robos en la zona?

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