Caricias de fuego
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:
– Exacto. Además, no soy la única persona a la que conoce. ¿Qué me dice de Baxter?
– Ah, sí, Baxter. Si fuera por él, me habría asesinado en el vestíbulo de su casa antes de que tuviera ocasión de conocerla -declaró.
– También está Benjamin…
– Muy cierto -dijo, arqueando una ceja-. Y estoy seguro de que si yo lo invitara a llamarme Simon, aceptaría.
Genevieve lo imitó y arqueó una ceja a su vez.
– Como propietario de Belleza, podría pedirle que lo llamara Penélope y el pobre chico se sentiría obligado a hacerlo -observó.
Simon rió.
– No podría estar más en lo cierto. Y se divertiría mucho a mi costa. He notado un brillo de malicia en sus ojos… me recuerda a mi sobrino, Harry.
– ¿Cuántos años tiene su sobrino?
– Ocho. Aunque a veces parece que tiene veinte más.
– Antes ha mencionado a una hermana; ¿Harry es su hijo?
– Sí, Marjorie. También tiene una niña, Lily; es de tres años y me parece la criatura más hermosa de todo el Reino. Cuando crezca, su padre tendrá que contratar a una docena de criados para que mantengan a raya a sus pretendientes.
– Y naturalmente, no hay parcialidad alguna en su opinión… -ironizó.
– Por supuesto que no.
– ¿Tiene más hermanos, además de Marjorie?
– Un hermano, Robert. Es más joven que yo, y su esposa está esperando su primer hijo.
– Creo haber notado cierta… nostalgia en su voz.
Simon pensó que estaba en lo cierto. Robert y Beatrice se habían casado hacía diez meses; estaban muy enamorados y él se alegraba sinceramente por ellos, pero en el fondo de su corazón, los envidiaba. Aunque llevaba una buena vida y le gustaba trabajar para la Corona, distaba de sentirse satisfecho. Tal vez fuera el motivo de su descontento actual.
– Sí, es posible. Mis hermanos son felices con sus matrimonios, y debo reconocer que siento cierta envidia -confesó.
– Entonces, debería casarse.
– Buena idea. Salvo por el hecho de que para una boda se necesita no solamente un novio, sino también una novia.
Simon fue el primer sorprendido por su declaración. Nunca se había planteado la posibilidad de contraer matrimonio; pero se había cansado de ir de amante en amante y de no tener una vida normal. Su trabajo era secreto y ni siquiera podía hablar de él con sus familiares y amigos. Se pasaba la vida viajando, atento a los peligros que lo acechaban. Y ahora, hasta tenía que demostrar a sus superiores que era inocente del asesinato de Ridgemoor.
Le faltaba algo, no lo podía negar. Por mucho que le agradara su trabajo, no le llenaba.
– ¿Se ha molestado acaso en buscar novia?
Simon sacudió la cabeza.
– Me temo que no he encontrado a la persona adecuada.
– Vamos, señor Cooper… no puedo creer que no arrastre una estela de corazones rotos.
Simon estuvo a punto de romper a reír. Sus amantes nunca se habían arriesgado tanto como para poner en peligro sus corazones. Ni él.
– No que yo sepa. ¿Qué le hace pensar lo contrario?
Genevieve arqueó las cejas.
– Sin entrar en cuestiones más profundas, su aspecto debería bastar para captar la atención de las mujeres -respondió.
– Podría decir lo mismo de usted…
– Pero yo no busco nada.
– ¿Y cree que yo sí?
– Claro, como todos los hombres.
Simon rió.
– Entonces, ¿me considera atractivo?
Ella también rió.
– Nunca he conocido a nadie que pescara halagos con tan poca sutileza.
– Sólo intentaba asegurarme de que la he entendido bien.
– Me ha entendido perfectamente.
– En ese caso, gracias. Y permítame que le devuelva el cumplido. Usted es…
Simon pasó la mirada por encima de su cuerpo y la clavo finalmente en sus ojos antes de terminar la frase:
– Exquisita.
Las palabras de Simon, o quizás el deseo que escondían, o tal vez las dos cosas al mismo tiempo, despertaron el rubor en las mejillas de Genevieve.
En lugar de agradecer el cumplido, declaró:
– Por lo que sé de usted, debo llegar a la conclusión de que el único motivo por el que no ha encontrado todavía a la mujer adecuada es porque no la quiere.
Genevieve había acertado, pero no del todo.
– Por eso, o porque nadie ha conquistado mi amor.
Ella lo observó con detenimiento.
– ¿No se ha enamorado nunca?
– No. ¿Y usted?
La expresión de Genevieve se volvió fría.
– ¿Se lo pregunta a una mujer que ha estado casada?
– Discúlpeme, no pretendía ofenderla. Pero debe admitir que no todos los matrimonios se basan en el amor -alegó.
– No, supongo que no.
– ¿Cómo se llamaba su marido?
Ella dudó antes de responder.
– Richard.
Genevieve había contestado exactamente lo que Simon esperaba. Richard era el nombre de lord Ridgemoor, el hombre que la había rechazado. Empezaba a pensar que el señor Ralston era una invención de Genevieve.
Justo entonces, se preguntó si sabría que el conde había fallecido. La respuesta sería indudablemente afirmativa si ella había participado de algún modo en el asesinato; pero no necesariamente en otro caso.
– Tal como pronuncia su nombre, se nota que lo amaba.
Genevieve apartó la mirada, pero no antes de que Simon notara las lágrimas en sus ojos.
– Sí -susurró ella-. Lo amaba.
Sus palabras sonaron tan sinceras que Simon la tomó de la mano.
– Lo siento mucho.
Ella permaneció en silencio, muy quieta, durante unos segundos. Después, se estremeció, le apartó la mano y se levantó.
– Debo marcharme -dijo, alterada.
Simon también se levantó.
– ¿Se encuentra bien?
– Sí, estoy perfectamente. Acabo de recordar que tenía una cita y que ya llego tarde. Gracias por el paseo, señor Cooper. Buenos días.
Acto seguido, Genevieve dio media vuelta y se marchó.
Aunque Simon sintió la tentación de seguirla, se contuvo. Sabía que no tenía ninguna cita, que aquello sólo había sido una excusa para marcharse; pero desconocía si había reaccionado así por la mención de su difunto esposo, en el caso de que realmente hubiera existido, o porque el contacto de su mano la había incomodado en exceso.
Suspiró y se sentó en el banco para esperar a Benjamin y a la perrita. Genevieve Ralston era una fuente interminable de preguntas sin respuesta. Además, no estaba siendo sincera con él. Comprendía que no quisiera confesar que había sido amante de un noble durante diez años, pero había mentido sobre su pasado. Y también había mentido, por omisión, al no reconocerse autora del libro más escandaloso de la década.
En cualquier caso, él no era quién para juzgarla. La había engañado sobre sus motivos para permanecer en Little Longstone y sobre su verdadera identidad.
Suspiró otra vez. Debía recobrar su buen juicio, concentrarse en la búsqueda de esa maldita carta, llevarla a Londres, entregársela a Waverly y aclarar las cosas. Era lo único importante. Y sin embargo, deseó que su vida fuera distinta y que las circunstancias no lo obligaran a mentir constantemente. Decir la verdad debía de ser un sentimiento increíblemente liberador.
Todavía estaba dándole vueltas al asunto cuando sintió un escalofrío que reconoció de inmediato. La experiencia de ocho años como espía había agudizado su instinto.
Alguien lo estaba observando.
Miró hacia la multitud, pero nadie se estaba fijando en él. Se levantó tranquilamente, para no levantar sospechas, y echó un vistazo a su alrededor. Entre las docenas y docenas de personas que asistían a la feria no había una sola que lo estuviera mirando; sin embargo, sabía que lo vigilaban y notaba el peligro.
Él único que conocía su paradero era Ramsey, su mayordomo, y le había jurado que lo mantendría en secreto. Volvió a mirar a su alrededor y la sensación desapareció de repente, como si el causante ya no se encontrara en las cercanías.