Caricias de fuego
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:
– Ni te imaginas lo que siento…
– Al contrario. Gracias al modo en que me has tocado en el manantial, imagino perfectamente lo que sientes.
Genevieve lo masturbó despacio, con calma. La sensación era tan abrumadora que Simon no pudo evitarlo y se apretó contra ella.
Ella se puso de puntillas y le mordió un labio.
– Se supone que debes permanecer quieto.
Simon quiso prometerle que lo haría, pero sus movimientos volvieron a robarle el habla. Las manos de aquella mujer eran magia pura; conjuraban sensaciones que amenazaban con debilitarlo hasta el extremo de tener que arrodillarse. Pero justo cuando iba a llegar al orgasmo, Genevieve apartó las manos y le acarició el abdomen.
– Estoy a punto -le confesó.
Genevieve acarició su sexo.
– Eso no parece una queja…
– Porque no lo es. Es una promesa… de retribución.
– ¿Ojo por ojo, entonces?
– No. Caricia por caricia. Beso por Beso.
– ¿Piensas darme tanto placer como recibas?
– En cuanto me desates y me liberes del compromiso de permanecer quieto.
– ¿Por qué? Estás resultando muy obediente…
Genevieve empezó a masturbarlo otra vez.
– Ah… pero el esfuerzo me está costando demasiado, créeme. No estoy seguro de que pueda soportarlo mucho más.
– Veámoslo.
Genevieve se inclinó, le besó el torso y descendió poco a poco hasta su entrepierna, acariciándolo en todas partes menos donde él lo deseaba. Cuando se arrodilló ante él, la respiración de Simon se había convertido en un jadeo.
Ella le acarició el glande y comentó:
– Estás mojado.
Él carraspeó para intentar recobrar la voz.
– Es un milagro que no lo esté más…
En ese momento, Genevieve le dio un largo y lento lametón. Simon apretó los dientes con todas sus fuerzas, pero ella siguió lamiendo su sexo, esta vez con movimientos circulares.
– Me estás volviendo… loco…
– En el buen sentido, espero.
– En un sentido mucho mejor que bueno.
– ¿Increíble, tal vez?
Simon cerró los ojos e imaginó los labios de Genevieve cerrados sobre su erección mientras lo lamía y lamía una y otra vez, acompañando los movimientos de su lengua con acometidas, hacia dentro y hacia afuera, de su boca.
– No puedo más. No puedo…
Con un esfuerzo, logró soltarse las cintas que le inmovilizaban las muñecas. Estaba a punto de llegar al clímax y quería estar dentro de ella, sentir su cuerpo a su alrededor.
Tras maldecir a la oscuridad que le impedía verla, pasó las manos sobre el cuerpo de Genevieve y descubrió que se había desnudado y que no llevaba nada. Después, se arrodilló, todavía sorprendido, y la llevó a la cama.
– Todavía no había terminado contigo -murmuró ella.
– Si hubieras terminado conmigo, no podría hacer lo que pienso hacer. Ahora me toca a mí.
La tumbó en la cama, le separó las piernas y la acarició. Estaba muy húmeda.
– Parece que lo de la humedad es un problema común -bromeó.
– Desde el momento en que te vi por primera vez -le confesó ella-. Y como mujer moderna, debo insistir en que hagas algo al respecto. De inmediato.
Simon introdujo los dedos en su cuerpo.
– Eres extraordinariamente exigente…
Ella se retorció contra su mano y gimió.
– Sí, lo soy. ¿Piensas quejarte?
– De ninguna manera. Por lo que a mí respecta, desnuda, húmeda y exigente es la combinación perfecta. Larga vida a la mujer moderna. Y a la retribución del placer.
Sin dejar de mover los dedos, Simon se situó frente a ella y lamió su sexo sin descanso, arrancándole gemidos y estremecimientos, decidido a darle tanto placer como ella le había dado unos segundos antes. Cuando por fin llegó al orgasmo, Genevieve se arqueó y gritó su nombre.
Él se levantó entonces, se tumbó encima y la penetró. Sus húmedas paredes se apartaron con la suavidad del terciopelo, pero Simon se detuvo un momento para disfrutar del simple y puro placer de estar así, en su interior.
– Húmeda, suave, caliente… eres maravillosa.
Ella gimió de nuevo y cerró las piernas alrededor de su cintura.
– Más… -susurró-. Quiero más…
La impaciente y ronca demanda acabó con la paciencia de Simon y provocó que se empezara a mover. No tardó en acelerar el ritmo y la fuerza de las acometidas. Una y otra vez se hundía en ella y se retiraba, tan concentrado en la tarea que el resto del mundo había dejado de existir. Y no cejó en el empeño hasta que Genevieve alcanzó otro orgasmo. Sólo entonces, se dejó llevar y se permitió su propio alivio.
Se sentía nuevo, como si acabara de nacer. Simon había conocido el amor con muchas mujeres, pero aquélla lo satisfacía más y con más plenitud que ninguna.
Al cabo de un par de minutos, cuando se levantó y se tumbó a su lado, ella dijo:
– No te alejes. Quiero sentirte contra mí.
Simon le acarició la cara y se llevó una sorpresa.
– ¿Estás llorando? ¿Es que te he hecho daño?
Ella sacudió la cabeza.
– No, no. Es que me siento… abrumada. Nunca había sentido tanto placer. Incluso llegué a pensar que no volvería a sentirlo de ninguna manera -le confesó-. Gracias, Simon. Gracias. De todo corazón.
– Genevieve, soy yo quien te debería estar agradecido.
Ella tardó unos segundos en hablar. Cuando lo hizo, sonreía.
– Debo decir que tu concepto de la retribución del placer da un significado enteramente nuevo a ese viejo dicho de que la venganza es dulce.
– Desde luego. Y me encanta que te guste, porque aún no he terminado con la retribución.
– Oh, vaya… Sin embargo, has de tener presente que te pagaré con la misma moneda.
– Lo tengo muy presente. Aceptaré cualquier retribución que elijas.
– Si no recuerdo mal, tu método consistía en un beso por beso, caricia por caricia…
– Sí, así es.
– ¿Y lametón por lametón?
– También. Pero aún queda el asunto de las cintas y de las manos atadas.
Ella suspiró con dramatismo fingido.
– ¿Y si me niego a ceder a tales exigencias?
– Encontraré la forma de convencerte -respondió él.
– Hum… sospecho que no te costaría. Tengo debilidad por los besos.
Él le lamió los labios.
– ¿Y por las lenguas?
– Oh, sí, claro que sí.
– En tal caso, lo asumiré como un hombre e intentaré no quejarme.
Cuando la besó, Simon supo que la mayor de sus debilidades estaba junto a él. Era una mujer, y se llamaba Genevieve Ralston.
Capítulo Doce
Simon despertó y gimió a modo de protesta al descubrir que el sueño de Genevieve y un tarro de miel había sido precisamente eso, sólo un sueño; pero enseguida se dijo que podía ser reaclass="underline" ella estaba allí, en su cama, y en la despensa había varios tarros de miel.
Sonrió, se giró y se quedó helado al ver que se había ido.
Murmuró una obscenidad, apartó las mantas y alcanzó los pantalones. Se suponía que debía protegerla, pero no podría hacerlo si hacía cosas como marcharse de la habitación sin avisar. Normalmente tenía el sueño ligero y se habría despertado; pero aquella noche había dormido como un tronco.
Se puso los pantalones, alcanzó el cuchillo y cruzó el dormitorio a toda prisa. En cuanto salió al pasillo, oyó un murmullo de voces. Avanzó lentamente, pegándose a la pared, y no tardó en distinguir la voz de Baxter. Parecían estar en la cocina.
– Yo tendría más cuidado -dijo el hombre.
– Te estás buscando problemas -comentó Genevieve.
Simon se acercó a la esquina y parpadeó. Genevieve estaba sentada a la mesa de la cocina, con una taza de té y un plato de comida delante de ella. Baxter llevaba puesto un delantal y permanecía de pie. Los dos miraban al suelo, sonriendo.