Caricias de fuego
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:
Al sentir la presión de su erección contra el estómago, Genevieve gimió. Luego, pasó los brazos a su alrededor e introdujo los dedos entre su pelo para atraerlo hacia ella.
Simon interrumpió el beso para besarle el cuello, mientras le acariciaba la espalda.
– Sabe tan bien…
Genevieve le habría devuelto el cumplido de buena gana, pero las manos de Simon se cerraron sobre sus senos y le robaron la capacidad de hablar. Después, empezó a acariciarle los pezones y se apartó el tiempo suficiente para bajarle la camisa hasta la cintura, de tal manera que la prenda flotó en la superficie del agua.
Ella se arqueó en un ruego silencioso y suspiró cuando él sé introdujo uno de los pezones en su boca. Genevieve cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y cerró los puños sobre su cabello, urgiéndolo a tomar más, a perderse en el placer de tocar y ser tocado.
– Son preciosos. Maravillosamente bellos -murmuró contra su piel.
Simon siguió jugueteando con su pezón y acariciándole el otro seno mientras llevaba la mano libre al trasero desnudo de Genevieve.
Incapaz de permanecer inmóvil, ella alzó una pierna y la cerró sobre sus caderas en una invitación flagrante a que la poseyera sin más. Cuando Simon la acarició entre los muslos, Genevieve echó la cabeza hacia atrás y soltó un largo grito de deleite que se fundió con las oleadas de placer que recorrían su cuerpo. Él introdujo un dedo y luego dos en su sexo y logró que ella volviera a gemir. Estaba desesperada, fuera de sí; sólo deseaba una cosa.
Alzó la otra pierna y la erección de Simon se apretó directamente contra su clítoris. Ya no podía soportarlo más. Los últimos vestigios de su razón habían desaparecido.
– Más -exigió con una voz que ni ella misma reconoció-. Más, quiero más. Por favor… Ahora…
Simon introdujo un tercer dedo en ella y la besó tan apasionadamente que la combinación de caricias bastó para llevarla al orgasmo. Genevieve gritó y se apretó contra él, satisfecha, completamente saturada de placer.
Cuando los espasmos se convirtieron en estremecimientos leves, se sentía tan débil que se habría hundido en el agua si él no la hubiera sostenido con sus brazos.
– Cuánto lamento que esté tan oscuro -le confesó él-. Quiero verla…
Las palabras de Simon la sacaron del estupor lánguido en el que se había sumido y le recordaron que de no haber sido por esa misma oscuridad, no se habría dejado llevar por el deseo y no habría pasado nada.
Cerró los ojos, sin poder creer lo que había pasado. Se había entregado a él sin inhibiciones y sin dudas, pero también sin control y sin capacidad alguna para resistirse. Los diez años que había estado con Richard le habían servido para aprender a seducir, pero la seducida, esta vez, era ella.
Simon la había conquistado con la más inocente de las frases: «Dígame que no soy el único que lo siente». Y ella había hecho el amor con un hombre al que apenas conocía, con un hombre al que había usado para su placer sin dar nada a cambio. Algo completamente nuevo en su vida. Algo que una buena amante no debía hacer.
Avergonzada y algo aturdida, Genevieve tomó aliento y lo miró. Simon parecía devorarla con los ojos.
– Lo siento, señor Cooper… Yo…
Él le acarició los labios y la dejó sin habla.
– Llámame Simon, te lo ruego. Creo que ya podemos tutearnos… Genevieve.
Ella se estremeció al oír su nombre.
– Como quieras, Simon… Sólo quería decir que lo lamento. Me he dejado llevar y no he hecho nada salvo…
– ¿Qué no has hecho nada? Qué cosas dices -declaró con pasión-. Eres… exquisita. Encantadora. Arrebatadora. Una mujer increíble y absolutamente deliciosa.
Simon le mordió el lóbulo. Genevieve suspiró.
– No me arrepiento de lo que ha pasado entre nosotros…
– Me alegro, porque yo tampoco. Ha sido un placer.
– Esa es precisamente la cuestión, el placer. Porque sólo lo he sentido yo.
– Te equivocas. El placer ha sido mutuo.
Genevieve le acarició la espalda.
– ¿En serio?
Ella bajó la mirada hasta la entrepierna de Simon. Había estado tan concentrada en sí misma que no había notado nada más; pero efectivamente, la erección de su amante había bajado de forma considerable.
– En serio. Oír, contemplar y sentir tu orgasmo ha sido una experiencia tan asombrosa que no he podido resistirme a la tentación -le confesó él.
Genevieve se sintió extrañamente satisfecha.
– Así que has decidido imitarme…
Simon soltó una carcajada.
– No he podido evitarlo. Eres tan… potente -dijo, tomando su cara entre las manos-. Además, mis pantalones ya estaban mojados.
Simon se puso serio de repente.
– Por mucho que me apeteciera estar en tu interior, me alegro de haberme contenido. Sé que mis actos indican otra cosa, pero suelo ser un hombre cauto. No permito que las pasiones me gobiernen; controlo mis emociones de forma mucho más…
– ¿Estricta?
– Sí.
– Entonces, sólo diré que me alegra que te no hayas quedado con las manos vacías. Y me halaga que aliviaras tu deseo.
Él la miró y frunció el ceño.
– Sí, eso es exactamente lo que has conseguido; y sin esfuerzo alguno… Me asusta pensar en lo que podría haber pasado si hubieras utilizado conmigo tus tácticas femeninas.
– No te habría asustado, te lo aseguro. Te habría parecido fascinante.
Genevieve frotó los senos contra su pecho y sonrió de forma maliciosa.
– Estoy convencido de ello -murmuró-. Sobre todo ahora, cuando mi ardor ha pasado… la próxima vez, duraré más.
– ¿La próxima vez? Eso suena algo…
– ¿Presuntuoso? -la interrumpió-. Sí, lo sé; pero te he deseado desde que te vi por primera vez. No te engañes, Genevieve, quiero hacerte el amor. Sin embargo, sólo te puedo ofrecer los quince días que permaneceré en Little Longstone; es un detalle importante, que deberías tomar en consideración.
Simon se detuvo un momento, la miró a los ojos y siguió hablando.
– Esta noche nos hemos dejado llevar por la pasión del momento -continuó-. Adoro la espontaneidad, pero no hago nada sin valorar las consecuencias de mis actos. Todas las aventuras tienen repercusiones; aunque se lleven con cuidado, pueden dar pie a un escándalo. Yo me marcharé, pero tú seguirás aquí y podrías sufrir la censura publica si se llegara a saber. Incluso podrías quedarte embarazada…
– Simon…
– Te deseó, Genevieve, pero no quiero que tomes una decisión de la que más tarde te arrepientas. Piénsalo con detenimiento: Si mantenemos una relación, será porque los dos lo queramos.
Ella no supo qué decir; la deseaba y, sin embargo, contenía su deseo y le pedía que reflexionara y que tomara una decisión en frío. Hasta se había preocupado por la posibilidad de que se quedara embarazada y de que su posición en Little Longstone se viera comprometida. Y por si eso fuera poco, era tan sincero como para recordarle que sólo permanecería dos semanas en el condado.
Genevieve era una mujer de mundo y sabía que muy pocas personas se habrían comportado así en esas circunstancias. Habrían tomado lo que se les ofrecía, sin pensar en las consecuencias; mínimas seguramente para él, pero costosas para ella.
Por otra parte, su deseo estaba fuera de duda; Simon se había excitado de nuevo y ella podía sentir su erección contra el cuerpo. Esa era, con gran diferencia, la mejor demostración de su honradez; quería tomarla, pero se controlaba y le ofrecía algo que Richard no le había ofrecido nunca: la posibilidad de elegir. Genevieve no se había convertido en amante del conde por voluntad propia, sino empujada por la necesidad y la desesperación. Sencillamente, no había podido elegir.
Apartó las manos de Simon y retrocedió. Tenía mucho en lo que pensar. Sobre todo, porque estaba segura de que su deseo moriría en cuanto le viera las manos. Y no estaba preparada para sufrir otro rechazo.