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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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Se miró los guantes y pensó que había tenido suerte. Simon no había tenido ocasión de verle las manos; pero si se convertían en amantes y empezaban a dormir juntos, no podría ocultar su deformidad por mucho tiempo. Sólo había una solución: amarlo en la oscuridad. Aprovecharía la ventaja de las sombras y disfrutaría del tiempo que les quedaba. Aquel hombre le atraía demasiado; no era capaz de resistir la tentación.

Resuelta, salió del dormitorio, avanzó por el pasillo y se detuvo delante de la habitación de Simon. Tal vez estuviera dormido; o quizá, al igual que ella, demasiado excitado como para caer en brazos de Morfeo.

Fuera como fuera, entrar era la única forma de salir de dudas.

Giró el pomo de la puerta, pasó al interior y cerró a sus espaldas. El fuego de la chimenea estaba apagado y las cortinas, echadas. No podía ver casi nada, pero le llegó el aroma limpio y especiado de su amante.

Espero a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y lo distinguió por fin, sentado en una silla. Simon se levantó y caminó hacia ella. No pudo ver sus rasgos hasta que se encontró a pocos centímetros; entonces, notó el ardor en su mirada y el calor de su piel.

– Esperaba que vinieras -declaró-. ¿Estás segura de lo que vas a hacer?

– No estaría aquí en caso contrario. Pero tengo dos peticiones.

Simon llevaba dos horas en la oscuridad, sentado en aquella silla, mirando el fuego hasta que se extinguió. Deseaba tanto a Genevieve que el cuerpo le dolía. Y ahora estaba allí. Había respondido a sus ruegos y se había presentado. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abrazarla y arrastrarla al suelo.

– Haré lo que pueda por acatarlas. Dime, ¿qué quieres?

– En primer lugar, oscuridad.

Simon se sintió decepcionado. Quería verla a plena luz, desnuda. Pero respondió:

– De acuerdo, aunque me gustaría verte mejor.

– Gracias.

– ¿Cuál es tu segunda petición?

– Ésta noche me has dado placer. Si recuerdas tus lecturas de la Guía para damas, sabrás que la mujer moderna debe responder al placer con el placer. En consecuencia, he de devolverte el favor que me has hecho.

Genevieve se llevó las manos al vientre y él suspiró.

– Dudo que te resulte una tarea difícil.

– Quizás no, pero ¿me lo permitirás?

– Mi querida Genevieve, tienes mi permiso para tomarte todas las libertades que desees con mi cuerpo. Jamás me atrevería a contradecir los deseos de la mujer moderna -ironizó-. Especialmente, cuando se parece tanto a mí.

– ¿Cualquier tipo de libertades?

– Por supuesto.

– Excelente. En tal caso, quédate quieto y disfruta.

– Disfrutar tampoco va a suponer ningún problema, pero en cuanto a lo de estarme quieto… no sé si podré. Será un desafío.

– ¿No decías que sientes debilidad por los desafíos?

– Y es verdad. Pero hay desafíos y desafíos. Por mucho que…

Simon dejó de hablar cuando Genevieve empezó a acariciarle el costado.

– ¿Qué decías?

– Qué…

Él se estremeció.

– ¿Sí?

– No tengo ni idea. ¿Qué me has preguntado?

Genevieve le acarició la piel por encima del cinturón.

– Te distraes con facilidad, Simon…

– No, en absoluto. Bueno, no en circunstancias normales…

– Ya lo veo -bromeó.

Genevieve metió los dedos por debajo del pantalón y le acarició.

– El problema es que me tú me distraes mucho…

– Qué decepción. No imaginaba que fueras capaz de culpar a los demás de tus carencias -declaró ella, coqueta.

– Acepto mi responsabilidad, no lo dudes. Pero no es culpa mía que te las arregles tan increíblemente bien para…

Simon se estremeció de nuevo cuando ella le acarició los pezones.

– ¿Para qué?

– Para distraerme.

Genevieve rió con suavidad y sacó las manos de debajo de la camisa. A Simon no le hizo ninguna gracia, pero al menos permitió que recobrara parte de su concentración.

– Levanta los brazos -le ordenó.

– Está visto que la mujer moderna es una mandona…

– Por supuesto que sí. Pero los que obedecen, se llevan su recompensa.

– ¿Y los que no?

Ella le mordió el lóbulo de la oreja.

– Los que no, se enfrentan a consecuencias desagradables.

– Si intentabas amenazarme con eso, no ha funcionado. Lo has dicho de un modo tan seductor que ha sido muy excitante.

– Me alegro. Quiero que te excites.

– Ya lo estoy, créeme.

Genevieve frotó la pelvis contra su erección.

– Sí, ya lo veo…

– Me temo que es culpa tuya. Sufro de erección casi permanente desde que te conocí. Se está convirtiendo en todo un problema.

– Es interesante que, donde tú ves un problema, yo vea una… oportunidad. No te preocupes, Simon. Estoy más que dispuesta a aliviarte.

– Es la mejor noticia que he oído en toda mi vida.

– Levanta los brazos… -repitió.

Simon obedeció. Con cierta ayuda, Genevieve consiguió quitarle la camisa por encima de la cabeza y empezó a acariciarle el pecho.

– Ahora, pon las manos a la espalda.

Simon volvió a obedecer. Unos segundos más tarde, notó el contacto de unas tiras suaves en las muñecas. Fue tan inesperado que soltó un gemido.

– ¿Me estás atando?

– Has dicho que puedo tomarme todas las libertades que quiera, Simon. Me ha parecido que, dado que mencionaste esa parte en particular de la Guía para damas, te gustaría. ¿Ya te estás arrepintiendo?

– De ningún modo.

– Bien.

Genevieve terminó de atarlo y dio un tirón a las cintas para comprobar que estaban bien atadas, pero no excesivamente tensas. Sin embargo, Simon tenía experiencia con cuerdas y podría haberse soltado. De haber querido.

– Para ser alguien que se pasa la vida delante de una mesa y de unos libros de contabilidad, estás sorprendentemente en forma -comentó ella.

Simon abrió la boca para decir algo, pero sus palabras se convirtieron en suspiro cuando ella apretó los labios contra el centro de su pecho y los arrastró hacia uno de sus pezones, que succionó.

– ¿A qué debo atribuir una forma tan excelente? -preguntó.

– A los caballos -mintió él-. Me gusta montar a caballo.

Ella le lamió.

– Así que te gusta montar…

– Sí. De hecho, era una de mis ocupaciones preferidas hasta que… ah… hasta que he sentido tu lengua en mi piel -le confesó.

– ¿Te gusta mi lengua?

– El verbo gustar no lo describe con exactitud suficiente.

– Magnífico, porque a mí me gusta la tuya.

– En tal caso, debes saber que mi lengua estará a tu disposición en cuanto quieras.

– Bueno es saberlo, aunque también obvio.

Simon soltó un gemido que se le ahogó en la garganta al notar que le abría los pantalones. Genevieve tiró suavemente de ellos y de su ropa interior, bajándoselos, y Simon se sintió eternamente agradecido cuando le quitó las botas y los calcetines para desnudarlo con más facilidad.

Ahora estaba desnudo, sin otra tela encima que la de las cintas que le ataban las muñecas y más excitado que en toda su vida.

Sus músculos se tensaron por el sentimiento de anticipación.

– Oh, Dios mío -dijo ella-. Es ciertamente un problema. Uno muy grande.

El primer movimiento de las manos de Genevieve sobre su erección bastó para borrar cualquier pensamiento de su mente y para hacerlo suspirar de placer. Ella cerró los dedos con suavidad y él apretó los dientes.

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