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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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– Mírela. Hace que cruce medio condado y ahora se tumba y se echa una siesta. ¿Por qué no te has dormido unos cuantos kilómetros antes, pequeño monstruo?

Genevieve apretó los labios para no reír.

– El ejercicio es bueno para el cuerpo y para el espíritu, señor Cooper.

– Sí, por la mañana o por la tarde, no en mitad de la noche. A estas horas es una desgracia… ¿seguro que no quiere una perra?

Ella rió.

– No, gracias. Si la llevara a casa, Sofía se lo tomaría a mal.

– ¿Y si se la cambio por su gata?

– Estoy tentada de aceptar el ofrecimiento, porque sé que no lo dice en serio. Adora a esa perrita… no me lo niegue.

– Sí, es verdad. Cuando está dormida, es un ángel.

– ¿Qué ha pasado con el hombre que disfrutaba con los retos?

– Sigue aquí, pero se ha quedado sin aliento después de la caminata y de mirarla a usted -contestó, mientras se sentaba-. Una visión maravillosa, por cierto. Pero ahora es su turno… ¿Qué está haciendo aquí?

– Yo diría que es obvio. Tomando las aguas.

– ¿A esta hora de la noche? -preguntó, mirando a su alrededor-. ¿Sola?

– Lo hago con frecuencia. Me ayuda a dormir. Y estaba completamente sola hasta que Belleza y usted se han presentado en el claro.

Simon extendió un brazo y jugueteó con el agua.

– ¿Baxter no está en las cercanías?

– No.

– En tal caso, no debe de saber que ha salido. Es muy protector y no sé lo permitiría.

– No, no lo sabe. Pero no es asunto suyo; ni de usted, por cierto. Como ha tenido ocasión de comprobar, voy armada… Aunque esto no es Londres; aquí no hay delincuentes que acechen en las sombras. De hecho, usted es la primera persona con quien me encuentro durante mis escapadas nocturnas.

– ¿Y dice que viene con frecuencia? ¿A medianoche?

Genevieve apartó la vista de la imagen extrañamente excitante de los dedos de Simon, que seguía jugueteando con el agua.

– A decir verdad, sí.

– Y ha venido esta noche porque no podía dormir.

El comentario de Simon, pronunciado con voz ronca, no fue tanto una pregunta como una afirmación.

– Sí.

– ¿Y por qué no podía dormir?

Genevieve pensó que no podía porque no dejaba de pensar en él, de imaginar que la tocaba, la besaba y le hacía el amor. Porque el deseo que sentía era tan abrumador que no lograba concentrarse en nada más.

– Por nada en particular -respondió.

– A mí me pasa lo mismo; tampoco podía dormir. Por eso salí con Belleza a dar un paseo… para cansarnos.

Ella miró a la perrita.

– Con ella ha funcionado bien.

– Pero no conmigo.

Los dos quedaron en silencio. Los ojos dé Simon brillaron mientras trazaba círculos lentos e hipnóticos en la superficie del agua. Genevieve tuvo que esforzarse por mantener una respiración tranquila y regular bajo el escrutinio de su mirada; quería pedirle que se marchara inmediatamente, antes de que fuera demasiado tarde, pero no conseguía pronunciar las palabras. Y se preguntó si él estaría sintiendo la misma tensión y la misma atracción insoportables qué ella.

– El agua está caliente. Apetecible.

Ella asintió.

– Sí.

Simon la miró a los ojos.

– ¿No va a preguntarme por qué no podía dormir?

Genevieve tragó saliva y habló en un murmullo.

– ¿Por qué no podía dormir?

– Por usted. Porque no podía dejar de pensar en usted.

Simon se quitó una bota, retiró el calcetín y repitió la operación con la siguiente. Genevieve miró sus pies desnudos con asombro, boquiabierta.

– ¿Qué…? ¿Qué está haciendo?

– Explicarle por qué no podía dormir. Cada vez que cerraba los párpados, veía su cara, su sonrisa, sus ojos. ¿Tiene idea de lo extraordinarios que son sus ojos?

– No…

– Son del tono azul más bello que he visto nunca, como un cielo despejado en un día de verano. Y esas motas doradas… son deslumbrantes, y muy expresivos. Pero no siempre; a veces no logro interpretar su expresión y me siento tan frustrado que…

– No, no, preguntaba qué estaba haciendo con sus botas…

– Ah, eso. Quitármelas.

– Sí, ya lo he visto. Pero, ¿por qué?

– Porque son mis botas viejas preferidas y no quiero que se estropeen con el agua.

Simon se levantó, se quitó la chaqueta y empezó a quitarse el pañuelo.

– ¿Y qué está haciendo ahora?

– Quitarme el pañuelo.

– ¿Por qué?

– Porque no puedo quitarme la camisa si no me quito antes el pañuelo. Ha dicho que el agua está bien…

– Sí, es cierto, pero…

Las palabras se le ahogaron en la garganta cuando se quitó la camisa por encima de la cabeza.

Era impresionante. Aunque a Simon Cooper no le gustara hacer ejercicio a medianoche, su cuerpo demostraba que lo ejercitaba con frecuencia en horas menos intempestivas. La mirada estupefacta de Genevieve recorrió su pecho ancho, de músculos bien definidos y una sombra de vello negro que descendía por su estómago y desaparecía por debajo de sus pantalones, hacia el abultamiento clamoroso de su parte delantera. Al parecer, ella no era la única persona que estaba excitada.

Antes de que pudiera tomar aire, Simon se acercó al borde del estanque.

– ¿Qué está…? ¿Qué está haciendo ahora?

Simon entró en agua.

– Unirme a usted.

Capítulo Nueve

Sus palabras expulsaron el oxígeno de los pulmones de Genevieve, que lo miró con asombro mientras él movía los brazos en el agua, sin apartar la vista de sus ojos, y la hechizaba con las flexiones de sus músculos. Sabía que debía decir algo, exigir que se detuviera, pero de su boca sólo habrían salido halagos; tanto era así, que tuvo que hacer un esfuerzo por apretar los labios y seguir callada.

– Tiene razón -dijo él con una voz ronca que la estremeció-. El agua está muy buena.

Genevieve se apretó contra la pared del estanque, dividida en una combinación de sorpresa, miedo y deseo. Pero logró reaccionar, salir de su estupor y alzar la barbilla antes de decir:

– Sólo era la constatación de un hecho, señor Cooper. No una invitación.

Simon avanzó lentamente hacia ella.

– ¿Ah, no? A mí me ha parecido que sí. Porque entre nosotros hay algo; algo que he sentido desde que la vi por primera vez… un deseo tan fuerte que no me deja pensar con claridad.

Simon se detuvo justo delante de ella y apoyó las manos en la orilla del estanque, atrapándola entre sus brazos. Apenas los separaban unos centímetros, una distancia que resultaba demasiado cercana e intolerablemente lejana a la vez.

Genevieve dio gracias a la oscuridad de la noche y a las sombras. Estaba haciendo todo lo posible por mantener la compostura, pero si hubiera habido más luz, su expresión la habría traicionado y Simon habría sabido que lo deseaba.

– ¿Es capaz de mirarme a los ojos y afirmar que el sentimiento no es recíproco? -preguntó él, observándola con intensidad.

Ella no dijo nada. No podía negar lo evidente, pero tampoco podía decir la verdad. Si admitía que se sentía atraída por él, provocaría una situación que no estaba dispuesta a afrontar.

Antes de que pudiera hablar, Simon inclinó la cabeza y se acercó tanto que sus labios casi se rozaban. Su aroma, una mezcla deliciosa de olor a jabón y a piel caliente, con un fondo de sándalo, la rodeó.

– ¿Puede sentirlo? -preguntó él-. Por Dios, diga algo… dígame que no soy el único que lo siente.

Genevieve se sintió dominada por el deseo.

– No, no es el único -susurró.

– Menos mal…

Al instante siguiente, Simon la tomó entre sus brazos y la besó. Genevieve entreabrió los labios y dio la bienvenida a la invasión de su lengua. Estaba completamente perdida. Sus sentidos cobraron vida con emociones que creía olvidadas. Simon era fuerte, duro, sólido, y sabía a menta y a brandy.

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