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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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Pero ahora más que nunca, Genevieve necesitaría que la protegieran. Y él estaba más que decidido a convertirse en su ángel guardián; por lo menos, hasta que encontrara lo que había ido a buscar a Little Longstone.

Curiosamente, se sintió culpable por mentir a aquella mujer y hacerse pasar por quien no era. Sin embargo, ella también le había mentido a él.

– Mañana denunciaremos el robo. Entre tanto, quédate aquí.

Genevieve arqueó las cejas.

– ¿Seguro que no volverá? Si estaba buscando algo y no lo ha encontrado…

– Es cierto, volverá. Motivo más que suficiente para que Baxter, Sofía y tú os vengáis conmigo a mi casa -declaró.

Genevieve lo miró en silencio durante unos segundos; él la maldijo en silencio al no poder interpretar su expresión y se preguntó por qué no era como la mayoría de las mujeres. Pero acto seguido, cuando ella se humedeció los labios, olvidó la cuestión y no pensó en otra cosa más que en besarla.

– Es muy amable por tu parte. Pero…

Simon la miró con intensidad y le puso le puso las manos en los hombros.

– No hay peros que valgan. En mi casa hay espacio de sobra y allí estarás a salvo. Además, Baxter no se encuentra en condiciones de proteger a nadie; aunque se recobrara milagrosamente, está bebiendo tal cantidad de whisky que el alcohol hará lo que el golpe no le ha hecho. Tiene que descansar. En cuanto a ti… necesitas que alguien te cuide y se quede cerca.

Genevieve se tensó bajo sus manos. Durante un momento, Simon pensó que rechazaría la oferta y que él tendría que insistir para salirse con la suya. Pero se equivocó.

– Aunque soy más que capaz de cuidar de mí misma y estoy acostumbrada a ello, no puedo negar que lo ocurrido me ha alterado un poco. En consecuencia, aceptaré tu oferta con todo mi agradecimiento… Para ser un simple administrador, has demostrado una gran capacidad en estas cuestiones. Y manejas sorprendentemente bien el cuchillo.

Simon se encogió de hombros.

– Cuando trabajas para un hombre rico, has de estar preparado contra los ladrones.

– Ya veo -dijo, no muy convencida-. Pero discúlpame un momento; tengo que cambiarme de ropa si queremos marcharnos inmediatamente. ¿Por qué no esperas con Baxter? Me disgusta pensar que lo hemos dejado solo.

Simon asintió y se apartó de ella a su pesar. Sin embargo, no se marchó; se volvió hacia la estatua y dio rienda suelta a su curiosidad.

– Es una obra preciosa.

– Gracias. Es un regalo.

– ¿De tu difunto esposo?

– No, de mí misma. La vi en un anticuario de Londres, hace unos años, y decidí comprarla. La belleza y la sencillez de sus formas me cautivaron. No fui capaz de resistirme a la tentación -explicó.

Simon tampoco pudo resistirse a la tentación, aunque la suya fue diferente; apartó la mirada de la estatua y la clavó en Genevieve.

– De acuerdo, te dejaré a solas y te esperaré con Baxter.

La deseaba tanto que faltó poco para que la tomara entre sus brazos y la besara. Cuando salió al corredor, se llevó las manos a la cara y se maldijo no solamente por desearla, sino por sentir la necesidad acuciante de protegerla a toda costa, lo cual podía resultar peligroso para él. Genevieve había mentido. Sabía que el ladrón había robado la caja y no había dicho nada.

Simon tenía motivos de sobra para desconfiar; aunque en el fondo de su corazón, casi estaba seguro de que habría una explicación perfectamente lógica para el asunto de la carta y de que ella no estaba involucrada, en modo alguno, en el asesinato del conde.

Para empeorar la situación, ahora la tendría bajo su techo, al alcance de su mano, y la desearía más que nunca. Simon era consciente de que no le había hecho la oferta para ganarse su confianza y encontrar la carta de una vez, sino porque estaba sinceramente preocupado por ella y era lo mejor en esas circunstancias.

Aquello lo incomodó un poco más. Era la primera vez en su carrera profesional que dejaba una misión en segundo plano y se dejaba distraer por una mujer. Y la primera vez, desde niño, que perdía el control de su razón y de sus pasiones.

Con independencia de que Genevieve Ralston fuera culpable o inocente de la muerte de Ridgemoor, era una dama extraordinariamente peligrosa.

Capítulo Once

Genevieve deshizo el equipaje en uno de los dormitorios de la casa de campo de Simon. Era una habitación pequeña pero agradable, con una cama de colcha verde que a primera vista parecía bastante cómoda. Baxter se había alojado en una estancia cercana y se había quedado dormido en cuanto se tumbó. En cuanto a la gata, reaccionó mal a la mudanza y despreció soberanamente a Belleza, aunque ahora descansaba tranquilamente junto al fuego de la chimenea.

Bien pensado, no tenía motivos para seguir despierta; podía echarse en la cama y dormir. Pero los pensamientos se agolpaban en su mente con insistencia y casi todos tenían el mismo protagonista, Simon Cooper.

Llevaba dos horas caminando por la habitación. Al principio, había pensado que el allanamiento de su casa estaría relacionado con Charles Brightmore y el escándalo provocado por el libro, pero descartó la idea en cuanto vio que la caja de alabastro ya no estaba en el cajón del tocador. El intruso buscaba la carta de Richard, y era dudoso que hubiera sido el propio Richard o un hombre enviado por él porque sabía que el conde no habría querido que atacaran a Baxter.

Ciertamente, también cabía la posibilidad de que no hubiera reconocido al mayordomo y lo hubiera atacado por evitarse problemas; además, no le constaba que hubiera otras personas que conocieran el paradero de esa carta. Pero conocía a Richard y sabía que no era capaz de cometer un acto tan inexcusable como allanar el hogar de una mujer.

Lo único cierto de aquel asunto era que la carta tenía más importancia de lo que había imaginado. Sin embargo, eso tampoco tenía sentido. Richard era un hombre poderoso, con influencia política. ¿Por qué le habría envidado la carta a ella?

Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que el conde no había tenido nada que ver; lo cual significaba que probablemente se enfrentaba a alguno de sus enemigos, a alguien capaz de entrar en una casa sin permiso y de atacar a un hombre con tal de conseguir lo que buscaba.

Genevieve se estremeció al pensar que habían violado su santuario y herido a Baxter. Casi lamentó que no hubieran encontrado la carta, porque ella habría seguido con su vida y no se vería envuelta en un asunto tan turbio.

Aquello la llevó de nuevo a Simon Cooper.

Detuvo su paseo y se quedó mirando las llamas. Simon le gustaba tanto que no lograba apagar el deseo que la consumía. Una y otra vez se recordaba todas las razones que tenía para alejarse de él y rechazar la posibilidad de mantener una relación.

A fin de cuentas, se acababan de conocer. Simon seguía siendo, en el fondo, un extraño. Pero un extraño encantador, generoso, valiente y atrevido. Un extraño que se ganaba la vida con el sudor de su frente, no con riquezas heredadas, como los aristócratas. Un extraño que no le había pedido nada, salvo su cuerpo. Un extraño que se había comportado con honradez al recordarle que sólo iba a estar dos semanas en Little Longstone y darle tiempo para que tomara una decisión.

En la Guía para damas, Genevieve aconsejaba a la mujer moderna que la mejor forma de olvidar a un hombre era buscarse otro. Y era cierto, no se podía negar; desde que conoció a Simon Cooper, sólo había pensado en Richard por lo de la carta.

El encuentro en las aguas termales había abierto una puerta que permanecía cerrada a cal y canto desde que Richard la abandonó. Genevieve no tenía intención de abrirla de nuevo, pero tampoco había considerado la posibilidad de que la ocasión se presentara. Podía seguir adelante o mantener las distancias. Eso era todo, porque no le preocupaba que su aventura desencadenara algún tipo de escándalo en Little Longstone, como Simon le había advertido, ni mucho menos que se quedara embarazada; Genevieve conocía varios métodos para impedir el embarazo.

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