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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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La ayudó a bajar del carruaje y después miró al cielo, que se estaba tapando.

– Espero que no te importe si no te acompaño hasta la puerta -murmuró.

– Por supuesto que no -respondió Miranda. Era una chica práctica. Era una estupidez que Turner se mojara cuando ella podía entrar en su casa perfectamente sola.

– Buena suerte -le dijo él mientras subía al carruaje.

– ¿Con qué?

– Con Londres, con la vida. -Se encogió de hombros-. Con lo que sea que desees.

Ella sonrió con arrepentimiento. Si él supiera.

19 de mayo de 1819

Hoy hemos llegado a Londres. Juro que nunca le he encontrado el encanto. Es grande, ruidosa, abarrotada y, por cierto, huele bastante mal.

Lady Rudland dice que llegamos tarde. La mayoría de la gente ya está en la ciudad y la temporada empezó hace más de un mes. Sin embargo, no podía ser de otra forma: Livvy habría quedado muy mal si hubiera acudido a fiestas y bailes mientras se suponía que estaba guardando luto por Leticia. Sin embargo, hicimos un poco de trampa y vinimos antes, aunque sólo para las últimas pruebas de los vestidos y para rematar los preparativos. Aunque no acudiremos a fiestas hasta que el luto haya terminado.

Gracias a Dios que sólo han sido seis semanas. El pobre Turner tiene que hacer un año entero.

Prácticamente lo he perdonado. Sé que no debería hacerlo, pero no puedo odiarlo. Seguro que tengo el récord del amor no correspondido más largo de la historia.

Soy patética.

Soy un perro.

Soy un perro patético.

Y desperdicio el papel de forma inexplicable.

Capítulo 4

Turner había planeado pasar la primavera y el verano en Northumberland, donde podría rechazar guardar luto por su esposa con cierta privacidad, pero su madre había recurrido a una sorprendente cantidad de tácticas, aunque la más letal había sido la culpa, claro, para que diera su brazo a torcer y acudiera a Londres a apoyar a su hermana.

No había cedido cuando le había dicho que era un líder en la sociedad y que, por tanto, su presencia en el baile de presentación de Olivia atraería a los mejores caballeros jóvenes.

No había cedido cuando le había dicho que no debería refugiarse en el campo y que le iría bien salir y estar con amigos.

Sin embargo, cedió el día que su madre se presentó en la puerta de su casa y, sin ni siquiera saludarlo, le dijo:

– Es tu hermana.

Y ahí estaba, en Rudland House, en Londres, rodeado de quinientas personas que, si no eran lo mejor del país, al menos sí que eran lo más pomposo.

Sin embargo, Olivia iba a tener que encontrar un marido entre aquella gente, y Miranda también, y él no iba a permitir que ninguna de las dos terminara en un matrimonio tan desastroso como el suyo. Londres estaba lleno de equivalentes masculinos de Leticia, la mayoría de los cuales se llamaban lord Esto o sir Aquello. Y dudaba mucho que su madre tuviera conocimiento de las habladurías más salaces que corrían por sus círculos.

Sin embargo, eso no significaba que tuviera que hacer demasiadas apariciones. Estaba allí, en su baile de debut, y las acompañaría a algún sitio, sobre todo si había algo en el teatro que le apetecía ver, pero, aparte de eso, seguiría sus progresos desde detrás del telón. A finales de verano, habría terminado con toda aquella tontería y podría volver a…

Bueno, a lo que fuera que tuviera pensado planear. Estudiar las rotaciones de las cosechas, quizá. Practicar el tiro con arco. Visitar la taberna. Le gustaba su cerveza. Y allí nadie hacía preguntas sobre la recientemente fallecida lady Turner.

– ¡Querido, has venido! -De repente, su madre ocupó su visión, preciosa con su vestido morado.

– Ya te dije que llegaría a tiempo -respondió, y después se terminó la copa de champán que tenía en la mano-. ¿No te han avisado de mi llegada?

– No -respondió ella, algo distraída-. He ido como una loca con los detalles de última hora. Seguro que los criados no han querido molestarme.

– O no te han encontrado -comentó él, contemplando el gentío que llenaba su casa. Era una locura; un éxito absoluto. Tampoco veía a ninguna de las invitadas de honor, aunque, claro, había preferido quedarse en la sombra los veinte minutos que habían pasado desde su llegada.

– Les he dado permiso para bailar los valses -dijo lady Rudland-, así que haz el favor de cumplir con las dos.

– Una orden directa -murmuró él.

– Sobre todo con Miranda -añadió ella, que, por lo visto, no había oído el comentario de su hijo.

– ¿Qué quieres decir, sobre todo con Miranda?

Su madre se volvió hacia él con una mirada directa.

– Miranda en una chica fantástica, y la quiero mucho, pero los dos sabemos que no es el tipo de joven que la sociedad suele favorecer.

Turner le lanzó una mirada de incredulidad.

– Y los dos también sabemos que la sociedad no suele ser un buen juez sobre el carácter. No olvides que Leticia tenía mucho éxito en esta sociedad.

– Y, a juzgar por esta noche, Olivia también -respondió su madre, con decisión-. La sociedad es caprichosa y recompensa a los buenos con la misma frecuencia que a los malos. Pero jamás recompensa a los callados.

Fue entonces cuando Turner localizó a Miranda, que estaba al lado de Olivia cerca de la puerta.

Al lado de Olivia, pero en dos mundos distintos.

No es que la estuvieran ignorando, porque no era así. Le estaba sonriendo a un joven que parecía que la estaba invitando a bailar. Pero no tenía la muchedumbre de hombres que rodeaban a Olivia, que, como él mismo tenía que admitir, brillaba como una joya radiante colocada en un marco perfecto. Le resplandecían los ojos y, cuando reía, parecía que llenaba el ambiente de música.

Su hermana tenía algo cautivador. Hasta Turner tenía que admitirlo.

Sin embargo, Miranda era distinta. Ella observaba y sonreía, pero era como si tuviera un secreto, como si fuera anotando cosas en su cabeza sobre las personas que conocía.

– Sácala a bailar -le dijo su madre.

– ¿A Miranda? -preguntó él, sorprendido. Habría jurado que su madre le pediría que primero sacara a bailar a su hermana.

Lady Rudland asintió.

– Será un gran empujón para ella. No bailas desde… ya ni me acuerdo. Desde mucho antes de que Leticia muriera.

Turner tensó la mandíbula y, habría dicho algo, pero su madre gritó, aunque aquello no fue tan sorprendente como lo que vino después y que, estaba seguro, era la primera blasfemia que cruzaba los labios de su madre.

– ¿Madre? -le preguntó él.

– ¿Dónde está tu brazalete? -le susurró, con urgencia.

– Mi brazalete -repitió él, con ironía.

– Por Leticia -añadió ella, como si él no lo supiera.

– Creo que ya te dije que había elegido no guardarle luto.

– Pero esto es Londres -dijo, entre dientes-. Y es el debut de tu hermana.

Él se encogió de hombros.

– Llevo la chaqueta negra.

– Todas tus chaquetas son negras.

– Quizá guardo un luto perpetuo -dijo él, como si nada-, por la pérdida de la inocencia.

– Provocarás un escándalo -dijo ella, entre dientes.

– No -respondió él-. Leticia provocaba escándalos. Yo sólo me niego a guardar luto por mi escandalosa esposa.

– ¿Quieres arruinar a tu hermana?

– Mis acciones no le pesarán tanto como lo habrían hecho las de mi querida difunta.

– Eso ahora da igual, Turner. La realidad es que tu mujer ha muerto y…

– Ya lo sé. Vi el cuerpo -respondió él, interrumpiendo las explicaciones de su madre.

Lady Rudland retrocedió.

– No es necesario ser vulgar.

A Turner le empezaba a doler la cabeza.

– En tal caso, me disculpo.

– Me gustaría que lo reconsideraras.

– Yo preferiría no provocarte ningún disgusto -respondió él, con un suspiro-, pero no cambiaré de idea. Puedo quedarme aquí en Londres sin brazalete, o puedo volver a Northumberland… sin brazalete -añadió, tras una pausa-. Tú decides.

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