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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Braddoc se revolvió para estar más cómodo.

—Kagyar inculcó a los enanos la necesidad de extraer la belleza, tallando las cosas que proceden de la naturaleza: granito, oro y piedras preciosas. Les otorgó la habilidad de vivir bajo tierra, con la misma facilidad con que lo hacían sobre ella.

Braddoc escarbó en la bolsa del cinturón para llenar su pipa una vez más. El embriagador aroma de la resina que dejaba la ceniza grisácea era lo que más le gustaba. Con los dedos prensó el tabaco mientras vigilaba a Flinn por el rabillo del ojo, en espera de alguna reacción a su historia. El hombre continuaba inmutable en su roca, y el enano se dio cuenta de que esa pasividad estaba empezando a causarle una insoportable irritación. Encendiendo su yesca, se reprochó para sus adentros su falta de paciencia.

—En los tiempos que siguieron –continuó, devolviendo la caja a su bolsillo–, los enanos aumentaron en número, exploraron las montañas, perfeccionaron sus habilidades, y, con el paso del tiempo, se toparon con otras razas.

—Como los elfos o los humanos –lo interrumpió Flinn.

—Y los ogros –añadió Braddoc, asintiendo–. Hubo guerras y grandes logros, y hermosas leyendas. –El enano se detuvo un momento para dejar que la resina se mezclase con el aroma de su pipa recién encendida. Se inclinó con un aire de conspiración, gesto que en el pasado había usado con frecuencia cuando hablaba con Flinn, y susurró–: Pero ésta no es la verdadera historia, ¿verdad?

Flinn permaneció inmóvil, sin apartar su mirada del único ojo de Braddoc. El hombre parpadeó intentando recordar e, inclinándose a su vez, preguntó con un suave tono de voz:

—¿Cuál es la verdadera historia?

—¿Qué es lo que ya sabes?

—Hay lagunas en mi memoria –contestó Flinn, apoyando la barbilla en una mano; su aspecto era casi cómico–. Sé cuál es mi nombre, mi misión y lo que hay que hacer para cerrar la puerta…

—Y sabes otras cosas además –lo interrumpió Braddoc, apuntándole con la boquilla de la pipa–. Sabes, por ejemplo, que eres Inmortal.

Flinn dejó caer la mano y se encogió de hombros.

—Eso está claro –replicó–. Diulanna, Thor y Odín, el Padre Universal me enviaron para llevar a cabo mi misión. Aparte de eso no creo que sepa muchas más cosas que cuando era un simple hombre.

—Sin embargo, no te acuerdas de nada de cuando eras hombre –señaló Braddoc.

Flinn hizo una mueca que podía ser tanto de ironía como de indiferencia.

Braddoc volvió a colocarse la pipa en la boca y dijo:

—¿Por qué no continuamos con nuestro viaje? Me gustaría llegar a nuestro destino antes de que el sol… –Se interrumpió de repente–. Quiero decir, antes de que se haga de noche.

El enano se levantó de un salto con un gruñido y avanzó hacia Flinn; al llegar a su lado, alargó la mano para ayudarlo a levantarse.

Flinn se quedó mirando la mano sin inmutarse.

—¿Piensas en mi mano? –preguntó Braddoc.

Flinn negó con la cabeza.

—No, estaba pensando qué hacer.

Braddoc se encogió de hombros escépticamente. Flinn era el único Inmortal que había conocido, y, por el momento, no le impresionaba lo más mínimo. Estiró el brazo y, aferrándole una mano, tiró con fuerza.

Braddoc salió disparado por encima de Flinn. El enano soltó su pipa en el aire para que no se rompiese en su caída. Afortunadamente el suelo de la colina era razonablemente blando y amortiguó su caída, a varios metros de distancia.

—¡Por Denwarf, Fain Flinn! ¿Por qué tuviste que hacer eso? –vociferó el enano incorporándose y dirigiéndose a Flinn, quien permanecía sentado inmóvil, dándole la espalda. Braddoc alzó la mano para cubrirse el ojo ciego mientras añadía–: Me dan ganas de…

—¿Ganas de qué? –preguntó Flinn. Braddoc daba vueltas a su alrededor sin dejar de cubrirse el ojo. La voz de Flinn denotaba una extraña frialdad–. No conozco muchas cosas de este mundo, pero conozco el poder de esa lente, Braddoc Briarblood. Es un artilugio de los Inmortales. ¿Qué pretendías hacer?

Braddoc respiró profundamente, intentando calmarse. Apretando los dientes dejó caer la mano que cubría el ojo.

—Sólo intentaba ayudarte a que te levantases –siseó, apretando y relajando los puños.

—Creo que cuando éramos amigos tenías siempre mal genio –comentó Flinn.

—Cuando éramos amigos ambos solíamos tener mal genio –replicó Braddoc entre jadeos. Se examinó emitiendo un gruñido; sus inmaculados ropajes estaban ahora cubiertos de suciedad que comenzó a sacudirse con las manos.

—¿Qué pretendías hacer con esa lente? –inquirió Flinn con firmeza.

—Yo… perdí el control. Lo siento –murmuró Braddoc–. Ocurre en pocas ocasiones…

Flinn intentó esbozar una sonrisa, pero su mueca se transformó en algo inescrutable. Se señaló a sí mismo con la mano y dijo:

—¿Cómo yo me sé muy bien…?

Braddoc se rió.

—¿Es una pregunta o un comentario?

—Ambas cosas.

Braddoc se rió con más intensidad, y se encaminó hacia la ladera de la montaña que descendía hacia el bosque; con un ademán, le indicó a Flinn que lo acompañase.

Flinn recogió su pipa del suelo.

—Esto es tuyo –le dijo.

Hacía más frío en el bosque que en la colina, lo que obligó a Braddoc a abrocharse los botones de su chaqueta. El aroma de la resina que se desprendía de su pipa empezaba a proporcionarle una agradable sensación de bienestar.

Contempló fascinado cómo Flinn acariciaba cada arbusto que veía, intentando recordar, intentando comprender. El enano procuraba distinguir en el rostro y la mirada de Flinn alguna expresión familiar, pero el hombre parecía demasiado ensimismado en su nuevo cuerpo, de proporciones casi perfectas, para poner de manifiesto cualquier muestra de sus sentimientos.

—Éste era el bosque en el que vivías –le dijo Braddoc, describiendo un semicírculo con su pipa–. ¿Te resulta familiar?

El enano miró por encima de su hombro y se quedó con la boca abierta, sorprendido. Flinn estaba de pie sobre el tronco de un viejo árbol, rodeado de un montón de todo tipo de animalillos del bosque.

Todos permanecían inmóviles mirándolo con aire de súplica.

—¿Qué…? –comenzó Braddoc, sin saber qué decir–. ¿Qué haces?

—Tienen miedo y acuden a mí –respondió Flinn sin apartar la vista de los animales–. Dicen que hay algo que envenena el mundo.

—¿Qué les contastes?

—Que yo los protegeré.

Flinn se bajó del tronco y acarició con ternura la cabeza de un ciervo dándole palmaditas entre las orejas. El animal agachó la cabeza mientras Flinn se volvía hacia Braddoc y le indicaba que lo acompañase, con un gesto que el enano ya había visto en su amigo.

—Continúa con tu historia –lo instó en un tono de voz despreocupado.

El enano se volvió para observar a los animalillos, que se dispersaban con toda naturalidad. Se hizo el firme propósito de no volver a asombrarse cuando Flinn realizase algo sorprendente. Dio una fuerte chupada a su pipa, echó el humo lentamente por la nariz para aliviar el intenso frío, y continuó con su relato.

—Había una tierra llamada el Páramo Negro, una tierra de grandes inventos y magia poderosa. Pero la estupidez de sus habitantes provocó un cataclismo que cambió la faz de la tierra para siempre.

—Y el veneno se esparció por el mundo –acotó Flinn.

—Sí, y soplaron vientos extraños que devastaban todo lo que tocaban –prosiguió Braddoc, intuyendo que la mente de Flinn albergaba una gran cantidad de conocimientos que sólo estaban esperando para aflorar–. Entonces Kagyar, el Artesano, les proporcionó a los enanos la mayor parte de la cultura que tenemos hoy en día.

Braddoc miró al cielo y comprobó que el sol, oculto tras una cortina de nubarrones grises, no tardaría en ponerse. Quería llegar a su destino antes del anochecer. Apurando el paso, continuó con su relato.

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