Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
La sonrisa que Luc le dedicó manifestaba más que confianza en sí mismo; y también era familiar y decididamente cálida. De hecho, demasiado cálida y en exceso admirativa. Tomó entre sus dos manos la de la joven y la miró a los ojos como si intentara traspasarlos y desvelar sus pensamientos. Por un instante Perrin pensó que Faile iba a mirarlo de reojo a él, pero en lugar de ello sostuvo la mirada del noble con pretendida frialdad, aunque con las mejillas arreboladas, y le hizo una ligera inclinación de cabeza.
—También yo soy una cazadora del Cuerno, mi señor —dijo. Daba la impresión de que estaba algo falta de aliento—. ¿Pensáis encontrarlo aquí?
Luc parpadeó y le soltó la mano.
—Tal vez, mi señora. ¿Quién sabe con certeza dónde puede estar el Cuerno?
Faile lo miró un poco sorprendida —y quizás un tanto desilusionada— al advertir su repentina falta de interés.
Perrin mantuvo el gesto impasible. Si Faile quería sonreír a Wil al’Seen y sonrojarse ante necios lores, allá ella. Podía ponerse en ridículo tanto como quisiera y tontear con el primero que apareciera. Así que Luc deseaba saber dónde se hallaba el Cuerno de Valere, ¿no? Pues estaba escondido en la Torre Blanca, nada menos. Se sintió tentado de decírselo al hombre sólo para ver cómo rechinaba los dientes por la frustración.
Por otra parte, si a Luc lo había sorprendido descubrir quiénes eran los otros huéspedes de la casa al’Seen, su reacción con Perrin fue, cuando menos, peculiar. Dio un respingo al ver el rostro del joven y una expresión conmocionada asomó fugaz a sus ojos. Desapareció al instante, enmascarada tras sus aires altivos, salvo por el ligero tic nervioso en la comisura de un ojo. Lo chocante era que no tenía sentido. La sorpresa del noble no estaba motivada por los ojos amarillos de Perrin, de eso no le cupo duda alguna al joven. Más bien era como si aquel tipo lo conociera y se extrañara de encontrárselo allí; no obstante, no había visto al tal Luc hasta ahora. Más aun, habríase dicho que Luc le tenía miedo. Absurdo.
—Lord Luc fue quien nos sugirió que los chicos se apostaran en el tejado —dijo Jac—. Ningún trolloc podrá acercarse sin que esos muchachos den antes la alarma.
—¿La alarma? —repitió fríamente Perrin. ¿Y esto era un ejemplo de los consejos que les daba el gran señor?—. Los trollocs ven en la oscuridad tan bien como los gatos. Se os echarán encima y estarán derribando las puertas a patadas antes de que vuestros hijos tengan tiempo de gritar.
—Hacemos cuanto está en nuestras manos —replicó bruscamente Flinn—. Deja de asustarnos. Hay niños escuchándote. Al menos, lord Luc nos hace sugerencias útiles. Vino a nuestra casa el día antes de que los trollocs atacaran, y comprobó que los teníamos apostados correctamente. ¡Rayos y centellas! De no ser por él, los trollocs nos habrían matado a todos.
Luc no pareció escuchar la alabanza dirigida a su persona. Estaba observando fijamente a Perrin, con desconfianza, mientras manoseaba los guantes y los sujetaba debajo de la hebilla del talabarte, labrada a semejanza de la cabeza de un lobo. Por su parte, Faile lo estaba observando a él; un leve ceño fruncía su entrecejo. El noble no hizo caso de la muchacha.
—Creía que habían sido los Capas Blancas quienes os habían salvado, maese Lewin, que una de sus patrullas llegó justo a tiempo de ahuyentar a los trollocs —apuntó Perrin.
—Bueno, sí, así fue. —Flinn se atusó el canoso cabello con nerviosismo—. Pero lord Luc… Si los Capas Blancas no hubieran venido, nos habríamos… Al menos él no intenta asustarnos —murmuró.
—Así que no os asusta —dijo Perrin—. Pues los trollocs sí que me asustan a mí. Y los Capas Blancas ahuyentan a los trollocs para protegeros. Cuando pueden.
—¿Queréis que los Capas Blancas se lleven todo el mérito? —Luc clavó en Perrin una fría mirada, como si lo hubiera pillado en un renuncio—. ¿Quién creéis que es responsable de los dibujos del Colmillo del Dragón que aparecen en las puertas de la gente? Oh, sus manos jamás se tiznan con el carbón que los hace, pero están detrás de ello. Entran a la fuerza en las casas de estas buenas gentes, haciendo preguntas y exigiendo respuestas como si les perteneciera el techo bajo el que están. Pues yo digo que estas personas son sus propios señores, no perros que lamen las botas de los Capas Blancas. Que patrullen los campos, de acuerdo, pero hay que plantarles cara a la puerta de casa y dejarles muy claro a quién pertenece la tierra que están pisando. Ésa es mi opinión. Y si vos queréis ser un perro servil de los Capas Blancas, adelante, pero no restrinjáis la libertad de esta buena gente.
Perrin sostuvo la mirada de Luc sin pestañear.
—No siento el menor aprecio por los Capas Blancas. Quieren ahorcarme, ¿o es que no os lo han dicho?
El noble parpadeó como si no lo supiera o como si lo hubiera olvidado en su afán por arremeter contra él.
—Entonces ¿a qué viene todo esto? ¿Qué os proponéis exactamente? —replicó.
Perrin le dio la espalda y fue a situarse delante de la chimenea. No tenía intención de discutir con Luc. Que los presentes escucharan; de momento, todos los ojos estaban pendientes de él. Diría lo que tenía que decir y se acabó.
—Estáis a expensas de los Capas Blancas, con la esperanza de que ahuyenten a los trollocs, confiando en que lleguen a tiempo si os atacan. ¿Por qué? Porque todos y cada uno de vosotros os aferráis a vuestras granjas u os quedáis lo más cerca posible de ellas cuando ya no tenéis más remedio que abandonarlas. Estáis desperdigados en un centenar de grupos reducidos, como racimos de uvas maduras al alcance de cualquiera. Mientras sigáis así, mientras tengáis que rezar para que los Capas Blancas puedan impedir que los trollocs os pisoteen hasta haceros vino, no tenéis más remedio que permitirles que os hagan cuantas preguntas quieran y exijan cuantas respuestas deseen. Tendréis que contemplar cómo arrestan a gente inocente. ¿O es que alguno de los presentes cree que Haral y Alsbet Luhhan son Amigos Siniestros? ¿O Natti Cauthon o sus hijas, Bodewhin y Eldrin?
Abell recorrió la estancia con la mirada, retando a cualquiera que osara insinuar siquiera una respuesta afirmativa, pero no fue preciso. Incluso Adine Lewin tenía volcada toda su atención en Perrin. Luc lo miró, ceñudo, al advertir las reacciones de la gente que abarrotaba la sala.
—Sé que no deberían haber arrestado a Natti y a Alsbet —dijo Wit—, pero eso ya se acabó. —Se pasó la mano sobre la calva cabeza a la par que lanzaba una ojeada desasosegada a Abell—. Aparte de conseguir que los dejen libres a todos, quiero decir. Que yo sepa, después de eso no se han producido más detenciones.
—¿Creéis que tal cosa significa que el problema se acabó? —repuso Perrin—. ¿De verdad creéis que van a conformarse con los Cauthon y los Luhhan? ¿O con dos granjas incendiadas? ¿A cuál de vosotros os tocará la próxima vez? Quizá porque digáis algo equivocado o simplemente como escarmiento. Podrían ser los propios Capas Blancas los que acercaran una antorcha a esta casa en lugar de los trollocs. O tal vez cualquier noche de éstas se pinte en vuestra puerta el Colmillo del Dragón. Siempre hay gente dispuesta a creer ese tipo de cosas. —Varios pares de ojos se clavaron en Adine, que rebulló con nerviosismo y hundió los hombros—. Aun en el caso de que todo se reduzca a tener que agachar la testuz ante cada Capa Blanca que aparezca, ¿acaso queréis vivir así? ¿O que vivan así vuestros hijos? Estáis a merced de los trollocs, a merced de los Capas Blancas y a merced de cualquiera que os guarde rencor. Mientras que uno de ellos os tenga cogidos, os tienen los tres. Estáis escondidos en el sótano esperando que un perro rabioso os proteja de otro, esperando que las ratas no se acerquen a escondidas en la oscuridad y os muerdan.