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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Perrin no conocía a los Torfinn pero, para su sorpresa, una vez superada la excitación por los forasteros y después de mirar de hito en hito a Tomás, Verin y Faile, lo escucharon y empezaron a enganchar caballos a dos carretas y a un par de carros de ruedas altas antes que el grupo reanudara la marcha.

Hicieron otras tres paradas cuando la ruta los llevó cerca de granjas, en una de las ocasiones a un grupo de cinco muy próximas. La escena se repetía cada vez. La gente protestaba argumentando que no podían abandonar sus granjas, pero cuando el grupo se marchaba siempre dejaba atrás un remolino de actividad con las familias haciendo equipajes y reuniendo a los animales.

También ocurrió algo más. Perrin no pudo impedir que Wil y sus primos o los Lewin hablaran con los jóvenes de esas granjas, y su grupo se vio aumentado con trece Torfinn, al’Dai, Ahan y Marwin, todos ellos armados con arcos y montados en cualquier cuadrúpedo, desde ponis hasta pencos utilizados para arar, y todos ellos ansiosos por rescatar a los prisioneros de los Capas Blancas.

No faltaron inconvenientes, como puede imaginarse. Wil y los otros de la granja al’Seen consideraron injusto que advirtiera a los recién llegados sobre la presencia de los Aiel porque así les había echado a perder la diversión de verlos llevarse un buen susto. Sin embargo, los chicos ya estaban más nerviosos de lo que Perrin hubiera querido, y, por el modo en que escudriñaban cada arbusto y cada arboleda, era evidente que pensaban que tenía que haber más Aiel por los alrededores, por mucho que Perrin lo negara. Al principio, Wil intentó erigirse en cabecilla de los Torfinn y del resto de los chicos basándose en que había sido el primero en unirse a Perrin —al menos, uno de los primeros, admitió cuando Ban y los Lewin le asestaron una mirada furibunda— mientras que ellos se habían apuntado después.

Perrin acabó con la polémica dividiéndolos en dos grupos del mismo número, más o menos, y poniendo a Dannil y a Ban al mando de cada uno, aunque también esta decisión levantó algunas protestas al principio. Los al’Dai pensaban que los líderes debían elegirse conforme a la edad —Bili al’Dai era el mayor por un año— mientras que otros proponían a Hu Marwin aduciendo que era el mejor rastreador; otros, a Jaim Torfinn porque era el más diestro con el arco; y otros, a Kenley Ahan porque había estado en Colina del Vigía a menudo antes de la llegada de los Capas Blancas y sabía cómo moverse por el pueblo. Y todos se lo tomaban como si fueran a una fiesta o estuvieran planeando una travesura. La famosa frase de lanzar un desafío se repitió varias veces.

Finalmente, Perrin se volvió hacia ellos con fría cólera y obligó a parar a todo el mundo en un espacio herboso situado entre dos arboledas.

—Esto no es un juego ni el baile de Bel Tine. O hacéis lo que se os diga o volvéis a vuestras casas. De todas formas, no sé hasta qué punto sois útiles y no estoy dispuesto a que me maten porque penséis que lo sabéis todo. Así que ya estáis poniéndoos en fila y cerráis el pico. Parecéis el Círculo de Mujeres reunido dentro de un armario.

Obedecieron de inmediato y se colocaron en dos filas detrás de Ban y de Dannil. Wil y Bili mostraban un gesto malhumorado, pero cualquier objeción que tuvieran se la guardaron para sí. Faile asintió aprobadoramente y Tomás hizo otro tanto. Verin observaba toda la escena con una expresión relajada e indescifrable, sin duda ratificándose en la idea de que estaba viendo a un ta’veren en acción. Perrin no vio la necesidad de aclararle que estaba tratando de imitar a un shienariano que conocía, un soldado llamado Ino, aunque, indudablemente, Ino habría utilizado un lenguaje más contundente.

Las granjas empezaron a aparecer con más frecuencia a medida que se acercaban a Colina del Vigía, y las distancias entre ellas fueron acortándose progresivamente hasta estar una a continuación de otra, como ocurría en las afueras de Campo de Emond, formando un mosaico de campos cercados con vallas de piedra o con setos y separados entre sí por estrechas veredas, senderos para viandantes y caminos para carretas. A pesar del retraso por haberse detenido en las cuatro granjas, todavía había algo de luz; los hombres trabajaban aún en los campos y los niños conducían de vuelta a los rebaños desde los pastizales para guardarlos en los apriscos. Ahora ya nadie dejaba fuera a sus animales.

Tam le sugirió a Perrin que no alertara a más personas, y el joven accedió aunque de mala gana. A partir de aquí, todos se trasladarían a Colina del Vigía y ello alertaría a los Capas Blancas. La aparición de unas veinte personas juntas montadas a caballo por los senderos secundarios atrajo bastantes miradas, aunque la mayoría de la gente parecía estar demasiado ocupada para dedicarles más de un vistazo. Sin embargo, tendría que hacerse más tarde o más temprano, y, cuanto antes, mejor. Mientras siguiera habiendo gente en la campiña, necesitada de la protección de los Capas Blancas, éstos tendrían una posición de fuerza en Dos Ríos a la que quizá después no estarían dispuestos a renunciar.

Perrin estuvo ojo avizor por si aparecía alguna patrulla de Capas Blancas pero, aparte de una nube de polvo sobre el Camino del Norte, en dirección al sur, no vio ninguna. Al cabo de un rato Tam sugirió que desmontaran y llevaran de las riendas a los caballos. Si iban a pie había menos posibilidades de que los localizaran, puesto que los setos e incluso los bajos muros de piedra los ocultaban un poco.

Tam y Abell conocían una arboleda desde la que se tenía una buena vista del campamento de los Capas Blancas, un denso bosquecillo de robles y abetos que cubría unos siete kilómetros cuadrados, y a unos dos kilómetros al suroeste de Colina del Vigía, por encima de una franja de terreno despejado. Entraron, presurosos, por el sur. Perrin confiaba en que nadie los hubiera visto entrar en el bosquecillo y, al no verlos salir, se pusiera a comentarlo.

—Quedaos aquí —les dijo a Wil y a los otros jóvenes, que estaban atando sus caballos a las ramas—. Tened los arcos a mano y estad preparados para huir si oís un grito. Pero no os mováis a menos que me oigáis gritar. Y, si alguien hace el menor ruido, lo aporrearé en la cabeza como si fuera un yunque. Estamos aquí para echar un vistazo, no para provocar que los Capas Blancas se nos echen encima por andar rondando por ahí como toros ciegos.

Los jóvenes asintieron mientras toqueteaban sus arcos con nerviosismo. Tal vez empezaban a darse cuenta realmente de en qué se habían metido. Los Hijos de la Luz podían reaccionar muy mal si se encontraban con que un puñado de vecinos de Dos Ríos andaba por ahí armado y a caballo.

—¿Has sido soldado alguna vez? —preguntó Faile en voz baja y un tanto inquisitiva—. Así es como hablan algunos de los… eh, de los guardias de mi padre.

—Soy un herrero. —Perrin se echó a reír—. Pero he oído hablar a los soldados y, por lo visto, funciona.

Hasta Wil y Bili escudriñaban en derredor, inquietos y sin apenas atreverse a mover un pie.

Deslizándose de árbol en árbol, Perrin y Faile fueron en pos de Tam y de Abell hacia el lugar donde los Aiel ya estaban agazapados, cerca del linde septentrional del bosquecillo. También Verin se encontraba allí y, naturalmente, Tomás. Los arbustos creaban una fina pantalla de vegetación, suficiente para ocultarlos pero que les permitía observar a través de ella.

El campamento de los Capas Blancas se extendía al pie de Colina del Vigía como si de otro pueblo se tratara. Cientos de hombres, algunos con armaduras, se movían entre las hileras, largas y rectas, de tiendas blancas; había cinco ringleras de estacas al este y otras tantas al oeste en las que estaban atados caballos. El hecho de que los animales estuvieran desensillados y almohazados indicaba que el trabajo de las patrullas había terminado por hoy, mientras que una columna de a dos de unos cien jinetes, en perfecta formación y con las lanzas inclinadas en el mismo ángulo, se encaminaba a trote vivo en dirección al Bosque de las Aguas. A intervalos regulares por todo el perímetro del campamento había guardias con blancas capas haciendo sus recorridos con lanzas al hombro y los bruñidos cascos destellando con los últimos rayos de sol.

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