Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Se preparó té fuerte y se proporcionó sillas de respaldo alto y asiento de enea a los recién llegados, si bien en las de Verin y Faile pusieron unos cojines bordados. Había mucha expectación en torno a Verin, Tomás y Faile. Los murmullos resonaban en la habitación como si hubiera una bandada de gansos escandalosos, y todo el mundo contemplaba a esas tres personas como si llevaran corona o fueran a hacer trucos de magia en cualquier momento. Los forasteros siempre eran motivo de curiosidad en Dos Ríos. La espada de Tomás provocó comentarios especiales en susurros apenas audibles, pero que Perrin escuchaba fácilmente. Las espadas no eran armas corrientes aquí o no lo habían sido hasta la llegada de los Capas Blancas. Algunos creían que Tomás era un Hijo de la Luz mientras que otros lo tomaban por un lord. Un chiquillo fue el que mencionó a los Guardianes, pero las risas de los mayores lo dejaron chafado.
Tan pronto como los invitados estuvieron instalados, Jac al’Seen se plantó delante de la gran chimenea de piedra; era un hombre fornido, ancho de hombros, aun con menos pelo que maese al’Vere y tan gris como el del posadero. Sobre la repisa, detrás de su cabeza y entre dos grandes copas de plata, había un reloj que denotaba su prosperidad como granjero. La cháchara se acalló cuando levantó la mano, aunque también su primo Wit, que parecía casi su gemelo salvo porque era completamente calvo, y Flinn Lewin, un tipo alto y delgado como una vara y con el pelo gris, chistaron a los suyos para que se callaran.
—Señora Mathwin, lady Faile —empezó Jac al tiempo que hacía una reverencia a cada una—, os damos la bienvenida a esta casa, de la que podéis consideraros huéspedes hasta que gustéis. Sin embargo, he de advertiros. Ya sabéis los problemas que estamos teniendo en la campiña y os convendría dirigiros directamente a Campo de Emond o a Colina del Vigía y quedaros allí. Son lugares demasiado grandes para que se atrevan con ellos. Os aconsejaría que os marchaseis de Dos Ríos, pero, según tengo entendido, los Hijos de la Luz no permiten que nadie cruce el Taren. Ignoro la razón, pero así están las cosas.
—Oh, pero hay historias tan bonitas en la campiña —dijo Verin, parpadeando con remilgo—. Me las perdería si estuviera en un pueblo. —Sin mentir realmente, se las había ingeniado para dar la impresión de que había acudido a Dos Ríos en busca de antiguos relatos, igual que había hecho Moraine cuando había llegado a la aldea, según le parecía a Perrin, le parecía mucho tiempo atrás. Su anillo de la Gran Serpiente permanecía guardado en su bolsita del cinturón, aunque Perrin dudaba que ninguno de los lugareños conociera su significado.
Elisa al’Seen se alisó el blanco delantal y sonrió modestamente a Verin. Aunque tenía el cabello menos canoso que el de su marido, parecía mayor que la Aes Sedai, y su arrugado rostro tenía un aire maternal. Probablemente creyera que podía ser la madre de Verin.
—Es un honor tener a una erudita bajo nuestro techo, pero Jac tiene razón —dijo firmemente—. Sois realmente bienvenidas si queréis quedaros, pero cuando partáis debéis dirigiros inmediatamente a un pueblo. Viajar no es seguro hoy en día. Y lo mismo os digo a vos, mi señora —añadió, dirigiéndose a Faile—. Los trollocs no son un peligro al que dos mujeres deban enfrentarse con sólo un puñado de hombres para defenderlas.
—Lo pensaré —respondió sosegadamente Faile—. Os agradezco vuestro consejo y vuestra consideración.
Tomó un sorbo de té con idéntica despreocupación que Verin, quien se había lanzado de nuevo a escribir en el pequeño libro y sólo levantaba la vista para sonreír a Elisa y murmurar:
—Hay tantas historias en la campiña.
Faile aceptó un pastelillo de mantequilla que le ofreció una de las niñas al’Seen, que hizo una reverencia al tiempo que se ponía roja como la grana, sin apartar de Faile los ojos, contemplándola con admiración.
Perrin sonrió para sus adentros. Debido a su traje de montar de seda verde, todos habían tomado a Faile por una noble; tuvo que admitir que la joven interpretaba el papel a las mil maravillas. Cuando quería, claro está. La chiquilla no habría sentido tanta admiración si la hubiera visto en uno de sus estallidos de mal genio, cuando su lenguaje habría hecho enrojecer incluso a un carretero.
La señora al’Seen se volvió hacia su marido y sacudió la cabeza; no iban a convencer a Faile ni a Verin. Jac miró a Tomás.
—¿Podéis hacerles cambiar de opinión vos?
—Yo estoy a sus órdenes y voy a donde me manda —repuso el Guardián. Allí sentado, con la taza de té en la mano, Tomás seguía dando la sensación de estar a punto de desenvainar su espada.
Maese al’Seen suspiró y cambió su punto de mira.
—Perrin, todos nosotros te hemos visto en un momento u otro al bajar a Campo de Emond, así que te conocemos hasta cierto punto. Al menos, creíamos conocerte antes de que te escaparas el año pasado. Hemos oído algunos comentarios inquietantes, pero supongo que Tam y Abell no estarían contigo si fueran ciertos.
La esposa de Flinn, Adine, una mujer oronda con aires de autocomplacencia, resopló con desdén.
—También he oído ciertas cosas sobre Tam y Abell. Y sobre sus chicos, que se marcharon con Aes Sedai. ¡Con una docena de Aes Sedai! Todos recordáis cómo ardió Campo de Emond hasta sus cimientos. Sólo la Luz sabe cómo consiguieron levantar cabeza después de aquello. Oí decir que secuestraron a la hija de los al’Vere.
Flinn sacudió la cabeza resignadamente y luego dirigió una mirada de disculpa a Jac.
—Si crees eso —señaló irónicamente Wit—, es que te crees cualquier cosa. Hablé con Marin al’Vere hace dos semanas y dice que su chica se marchó por propia voluntad. Y sólo había una Aes Sedai.
—¿Qué pretendes insinuar, Adine? —Elisa al’Seen se había puesto en jarras—. Vamos, suéltalo. —El firme timbre de su voz denotaba con toda claridad un reto.
—No dije que lo creyera —protestó Adine, tercamente—, sólo que lo oí comentar. Hay ciertas preguntas que tienen que plantearse. Los Hijos no se han sacado de la manga los nombres de esos tres, así porque sí.
—Si escuchas, para variar —replicó firmemente Elisa—, a lo mejor oyes la respuesta a una o dos de esas preguntas.
Adine se puso a arreglarse los pliegues de la falda, pero, aunque masculló entre dientes, no hizo más objeciones.
—¿Alguien más tiene algo que decir? —preguntó Jac con un timbre de impaciencia mal disimulado. Al no hablar nadie, prosiguió—: Perrin, aquí nadie cree que seas un Amigo Siniestro, como tampoco Tam ni Abell. —Asestó una dura mirada a Adine, y Flinn puso una mano en el hombro de su esposa; la mujer guardó silencio, pero sus labios apretados manifestaron claramente lo que no expresó con palabras. Jac murmuró algo para sí mismo antes de continuar—. Aun así, Perrin, creo que tenemos derecho a saber por qué los Capas Blancas van diciendo esas cosas. Os acusan a ti, a Mat Cauthon y a Rand al’Thor de ser Amigos Siniestros. ¿Por qué?
Faile, furiosa, abrió la boca, pero Perrin le hizo un gesto con la mano para que se callara. La obediencia de la joven lo sorprendió tanto que se quedó mirándola un momento antes de tomar la palabra. A lo mejor estaba realmente enferma.
—Los Capas Blancas no necesitan ninguna razón para actuar como lo hacen, maese al’Seen. Si uno no agacha la cabeza o no se arrastra o no se aparta para darles paso, entonces tiene que ser un Amigo Siniestro. Si uno no dice o no piensa lo que quieren, entonces es que es un Amigo Siniestro. Ignoro por qué creen que lo son Rand y Mat. —Esta observación era la pura verdad. Si los Capas Blancas supieran que Rand era el Dragón Renacido, sería razón suficiente para ellos, pero era de todo punto imposible que estuvieran enterados. En cuanto a Mat, la sola idea lo desconcertaba. Tenía que deberse a los manejos de Fain—. En cuanto a mí, es porque maté a algunos de los suyos. —Cosa sorprendente, los respingos que provocó su manifestación no lo afectaron y tampoco le dio vueltas a lo que había hecho—. Ellos asesinaron a un amigo mío y también habrían acabado conmigo si no me hubiera defendido. No veía razón para dejarles que lo hicieran. Eso es todo.