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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Incluso evitando dar un rodeo para mantenernos a cubierto en el bosque, tardaremos casi todo el día en llegar a Colina del Vigía —comentó maese Cauthon—. Iríamos algo más deprisa por la calzada, pero también habría más posibilidades de que topáramos con los Capas Blancas o de que alguien nos denunciara para cobrar la recompensa.

—Así es —convino Tam—. Además, por este camino contamos con amigos. Hemos pensado hacer un alto en la granja de Jac al’Seen alrededor de mediodía para darles un descanso a los caballos y estirar nosotros las piernas. Seguramente llegaremos a Colina del Vigía cuando todavía haya suficiente luz para ver.

—Habrá de sobra —comentó Perrin, abstraído; siempre había luz suficiente para él. Giró sobre la silla para echar un vistazo a las granjas que iban dejando atrás. Estaban abandonadas, pero no las habían incendiado ni saqueado por lo que alcanzaba a ver. Las cortinas seguían colgadas en las ventanas; unas ventanas que no estaban rotas. A los trollocs les gustaba destrozar cosas, y unas casas vacías tendrían que ser muy tentadoras para ellos. Las malas hierbas crecían entre la cebada y la avena, pero los cultivos no estaban machacados—. ¿Han atacado los trollocs Campo de Emond?

—No, no lo han hecho —contestó maese Cauthon como dando las gracias por ello—. Y lo iban a pasar mal si lo hicieran, fíjate bien. La gente ha aprendido a estar ojo avizor a raíz de la Noche de Invierno de hace más de un año. Hay un arco preparado junto a cada puerta, así como lanzas y cosas por el estilo. Además, las patrullas de Capas Blancas bajan hasta Campo de Emond cada pocos días. Por mucho que odie admitirlo, mantienen alejados a los trollocs.

Perrin sacudió la cabeza.

—¿Tenéis alguna idea de cuántos trollocs hay?

—Con que sólo haya uno, ya es demasiado —gruñó Abell.

—Quizás unos doscientos —dijo Tam—. Puede que más. Sí, seguramente tienen que ser más. —Maese Cauthon parecía sorprendido—. Piénsalo, Abell. Ignoro cuántos habrán matado los Capas Blancas, pero los Guardianes afirman que entre las Aes Sedai y ellos han acabado con casi cincuenta, y con dos Fados. Aun así, no han disminuido los ataques e incendios de granjas, por lo que sabemos. Opino que tiene que haber más, pero saca tus propias conclusiones.

El otro hombre asintió tristemente.

—En tal caso, ¿por qué no han atacado Campo de Emond? —inquirió Perrin—. Si doscientos o trescientos llegaran en plena noche tendrían tiempo de incendiar todo el pueblo y huir antes de que los Capas Blancas de Colina del Vigía tuvieran noticia de lo ocurrido. Y aun más fácil les resultaría en Deven Ride. Vosotros mismos dijisteis que las patrullas no llegan tan lejos.

—Hemos tenido suerte —murmuró Abell, pero en su tono se advertía que estaba preocupado—. ¿Qué otra cosa podría ser si no? ¿Adónde quieres llegar, muchacho?

—Quiere que vos lleguéis a la conclusión de que ha de haber un motivo —intervino Faile, que se había acercado a ellos. Golondrina tenía suficiente alzada para que los hombres de Dos Ríos, cuyas monturas eran más bajas, la miraran sin agachar la vista; en los ojos de la joven había un brillo inflexible—. He visto los resultados de los ataques trollocs en Saldaea. Saquean todo lo que no queman, y matan o se llevan a las personas y a los animales de granja, a quienquiera o lo que quiera que no esté protegido. Pueblos enteros han desaparecido en los años malos. Buscan las víctimas más débiles, allí donde más muertes pueden ocasionar. Mi padre… —Se tragó lo que iba a decir, respiró hondo y continuó—: Perrin ha visto mucho más que vos. —Sonrió fugazmente al joven, enorgullecida—. Y sabe que tiene que haber una razón para que los trollocs no hayan atacado vuestras aldeas.

—Eso ya lo he pensado —musitó Tam—, pero no se me ocurre el porqué. Mientras tanto, la suerte es una explicación tan buena como cualquier otra.

—Tal vez sea una añagaza —sugirió Verin, que también se había reunido con ellos. Tomás se mantuvo un poco retrasado; sus oscuros ojos escudriñaban el entorno tan implacablemente como un Aiel cualquiera, aunque también vigilaba el cielo ya que cabía la posibilidad de que apareciera algún cuervo. La mirada de Verin pasó fugaz sobre Perrin y se detuvo en los dos hombres mayores—. La noticia de problemas continuos, de la presencia de trollocs, hará que muchos ojos se vuelvan hacia Dos Ríos. Indudablemente, Andor enviará soldados, así como otros países, al conocer que los trollocs están tan al sur. Eso si es que los Hijos han permitido que se corra la voz, naturalmente. Imagino que a los guardias de Morgase les haría tan poca gracia encontrar a tantos Capas Blancas aquí como encontrar trollocs.

—Guerra —murmuró Abell—. La situación por la que pasamos es mala, pero estáis hablando de guerra.

—Podría ocurrir —convino Verin, muy satisfecha consigo misma—. Oh, ya lo creo que sí. —Frunciendo el entrecejo con aire preocupado, sacó de un bolsillo una pluma de punta de acero y un pequeño libro encuadernado en tela. A continuación abrió un reducido estuche de cuero que llevaba al cinturón y que protegía un tintero y un frasquito de arena para espolvorearla sobre lo escrito. Tras limpiar la pluma en la manga con gesto ausente, empezó a garabatear en el libro a pesar de la dificultad que entrañaba escribir a lomos de un caballo. Daba la impresión de no darse cuenta de la inquietud que habían ocasionado sus palabras, y quizás así era en realidad.

Maese Cauthon musitaba una y otra vez «guerra» con expresión estupefacta, y Faile puso la mano en el brazo de Perrin para reconfortarlo.

Por su parte, maese al’Thor sólo gruñía; Perrin había oído contar que había estado en una guerra, aunque no sabía exactamente dónde o cómo, sólo que era en alguna parte lejos de Dos Ríos y que por entonces era joven; cuando regresó años más tarde trajo consigo una esposa y un niño, Rand. Muy poca gente de Dos Ríos salía de la comarca y Perrin dudaba que alguno supiera realmente lo que era una guerra, aparte de lo que oían contar a los buhoneros o a los mercaderes y sus guardias o a los conductores de carretas. Pero él sí que lo sabía. Lo había visto en Punta de Toman, y Abell tenía toda la razón: la situación actual era muy mala, pero ni de lejos podía compararse con una guerra.

Mantuvo la calma. Puede que Verin tuviera razón, pero también era posible que sólo quisiera darles en qué pensar para que dejaran de especular. Si los desmanes de los trollocs en Dos Ríos eran una añagaza, el cebo de una trampa, ésta debía de estar destinada a Rand y la Aes Sedai tenía que saberlo. Ése era uno de los problemas con las Aes Sedai: que largaban tantos «podría» y «si» que al final uno estaba seguro de que habían dicho lisa y llanamente algo que sólo habían insinuado. En fin, si los trollocs —o, más bien, quien los hubiera enviado: ¿tal vez uno de los Renegados?— planeaban tender una trampa a Rand tendrían que conformarse con él, un simple herrero en lugar del Dragón Renacido. Además, no pensaba facilitarles la labor en lo más mínimo, porque no estaba dispuesto a meter el pie en ningún lazo.

Continuaron cabalgando en silencio el resto de la mañana. En esta zona las granjas estaban muy desperdigadas, a veces separadas por dos kilómetros o más. Todas las que vieron habían sido abandonadas, con los campos ahogados por las malas hierbas y las puertas de los graneros meciéndose con cualquier soplo de brisa. Sólo una de ellas había sido incendiada, y únicamente quedaban en pie las chimeneas cual dedos manchados de hollín levantándose de las cenizas. A las personas que murieron allí —los Ayellan, primos de los que vivían en Campo de Emond— se las sepultó cerca de los perales que había detrás de la casa. O, mejor dicho, se enterró a los pocos que encontraron. Abell sólo habló de ello tras presionarlo mucho y a Tam no hubo modo de hacerle abrir la boca. Al parecer pensaban que le impresionaría, pero el joven sabía perfectamente lo que comían los trollocs: cualquier tipo de carne. Sin ser consciente de ello, Perrin acarició el filo del hacha hasta que Faile le cogió la mano. Por alguna razón, era ella la que parecía alterada. Perrin creía que la muchacha conocía las costumbres de los trollocs mejor de lo que su reacción daba a entender.

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