Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Entiendo que no se lo permitieras —dijo lentamente Jac. A pesar de las incursiones de los trollocs, la gente de Dos Ríos no estaba acostumbrada a matar. Años atrás, una mujer había matado a su marido porque quería que otro hombre se casara con ella, y ésa fue la última vez que alguien había muerto de forma violenta en la comarca, que Perrin supiera. Hasta la noche en que los trollocs aparecieron.
—Los Hijos de la Luz son muy diestros en una cosa —intervino Verin—. Saben cómo hacer que personas que han sido vecinas durante toda la vida empiecen a sospechar las unas de las otras.
Todos los granjeros la miraron y algunos asintieron al cabo de un momento.
—Tengo entendido que hay un hombre con ellos —dijo Perrin—. Padan Fain, el buhonero.
—Sí, eso he oído —contestó Jac—. Al parecer se hace llamar por otro nombre ahora.
—Sí, Ordeith —asintió Perrin—. Pero, se llame Fain u Ordeith, él sí es un Amigo Siniestro. Él mismo lo admitió y también que fue quien trajo a los trollocs la Noche de Invierno del año pasado. Y ahora cabalga con los Capas Blancas.
—Es muy fácil para ti afirmar tal cosa —dijo, cortante, Adine Lewin—. Puedes llamar Amigo Siniestro a cualquiera.
—¿A quién creéis, pues? —intervino Tomás—. ¿A los que han llegado aquí hace unas pocas semanas, que han arrestado a gente que conocéis y que han quemado sus granjas? ¿O a un joven que nació y creció en la comarca?
—No soy un Amigo Siniestro, maese al’Seen —repitió Perrin—; pero, si queréis que me marche, lo haré.
—No —se apresuró a decir Elisa a la par que lanzaba una mirada significativa a su esposo, mientras que a Adine le asestaba otra tan gélida que la hizo tragarse lo que había estado a punto de decir—. No, puedes quedarte en esta casa todo el tiempo que quieras. —Jac vaciló pero después dio su conformidad con un gesto de asentimiento. Su esposa se acercó a Perrin y le puso las manos sobre los hombros—. Te damos nuestro pésame —musitó suavemente—. Tu padre era un buen hombre, y tu madre era mi amiga y una excelente mujer. Sé que habría querido que te quedaras con nosotros, Perrin. Los Hijos apenas vienen por aquí y, si lo hacen, los chicos apostados en el tejado nos avisarán con tiempo de sobra para que te escondas en el desván. Allí estarás a salvo.
Hablaba en serio, con el corazón en la mano, y cuando Perrin miró a maese al’Seen, el hombre volvió a asentir.
—Gracias —dijo el joven, que sentía un nudo en la garganta—, pero tengo… cosas que hacer. Hay asuntos pendientes que he de resolver.
La mujer suspiró y le dio unas palmaditas suaves.
—Por supuesto. Pero cuida que esas cosas no te hagan daño. En fin, lo menos que puedo hacer es llenarte el estómago antes de que te pongas en camino.
No había mesas suficientes en la granja para que todo el mundo se sentara para tomar el almuerzo, así que fueron pasando los platos con guiso de cordero, una rebanada de pan crujiente y la advertencia de tener cuidado para no derramarse nada encima, y todo el mundo comió en el mismo sitio en que estaba, ya fuera sentado o de pie.
Antes de que hubieran terminado entró un chico larguirucho a quien las muñecas le asomaban dos dedos por las mangas, y que empuñaba un arco más grande que él. A Perrin le pareció que era Win Lewin, pero no estaba seguro; los chicos crecían muy deprisa a esta edad.
—Es lord Luc —exclamó, excitado, el delgaducho chiquillo—. Lord Luc viene hacia aquí.
33
Otra vuelta en la urdimbre del Entramado
El propio lord llegaba pisando casi los talones del chiquillo. Era un hombre alto, ancho de hombros, de mediana edad, con un rostro de rasgos angulosos y cabello rojizo que pintaba canas en las sienes. Había un aire arrogante en sus ojos, de un color azul oscuro, y su porte denotaba que era un noble. Vestía una chaqueta verde de buen corte con discretos bordados dorados en las mangas, y sus guantes también estaban adornados con hilos de oro. Igualmente, unos realces dorados cubrían la vaina de la espada y fileteaban el lustrado cuero de las botas. De algún modo consiguió hacer magnífico el simple acto de cruzar el umbral de la puerta. Perrin sintió desprecio por él desde el mismo instante en que lo vio.
Todos los al’Seen y los Lewin se atropellaron para recibir al noble; hombres, mujeres y niños se agolparon a su alrededor dedicándole sonrisas, reverencias e inclinaciones de cabeza, quitándose la palabra de la boca unos a otros en su afán por manifestar el gran honor que para ellos era su presencia, la visita de un cazador del Cuerno. Esto era lo que más parecía entusiasmarlos. Tener bajo el propio techo a todo un lord era realmente excitante, pero si además se trataba de uno de los comprometidos por el juramento a buscar el legendario Cuerno de Valere ya era el acabóse. Perrin no creía haber visto nunca a la gente de Dos Ríos adular servilmente a nadie, pero el comportamiento de sus convecinos se aproximaba mucho a ello.
Saltaba a la vista que el tal lord Luc aceptaba aquello como el trato debido a su persona, cuando no menos. Y, además, como algo fastidioso de soportar. Los granjeros no parecían darse cuenta o, quizá, no identificaban aquella expresión levemente aburrida, la sonrisa ligeramente prepotente. Tal vez creían que así era como se comportaban los nobles. Y, efectivamente, la mayoría lo hacía, pero a Perrin lo fastidiaba ver a esta gente —su gente— aguantándolo.
Cuando el alboroto empezó a calmarse, Jac y Elisa presentaron a sus otros huéspedes —salvo a Tam y a Abell, que ya lo conocían— a lord Luc de Chiendelna, aclarando que los estaba aconsejando para que pudieran defenderse contra los trollocs, que los animaba a plantar cara a los Capas Blancas y a que se defendieran por sí mismos. Unos murmullos aprobadores sonaron en toda la habitación. Si Dos Ríos hubiera estado eligiendo a un rey, lord Luc habría contado con el pleno respaldo de los al’Seen y los Lewin. Su aire de prepotente aburrimiento no duró mucho, sin embargo.
Nada más posar los ojos en la tersa cara de Verin, Luc se puso ligeramente tenso y su mirada bajó a las manos de la mujer tan rápidamente que muchos no lo habrían notado. Estuvo a punto de dejar caer los guantes bordados. A juzgar por la figura rechoncha y el sencillo atuendo, Verin habría pasado por una granjera más, pero era obvio que el noble sabía reconocer el rostro intemporal de una Aes Sedai cuando lo veía y, evidentemente, no le hacía mucha gracia encontrarse con una de ellas aquí. El rabillo de su ojo izquierdo se crispó con un tic nervioso al escuchar a la señora al’Seen presentarla como «la señora Mathwin, una erudita de otras tierras».
Verin le sonrió como si estuviera medio dormida.
—Es un placer —murmuró—. De la casa Chiendelna. ¿Dónde está eso? Suena como si perteneciera a las Tierras Fronterizas.
—No, no es tan importante como eso —se apresuró a contestar Luc a la par que le hacía una mínima y cautelosa reverencia—. Está en Murandy, de hecho. Es una casa menor, pero antigua.
Apenas apartó la vista de la mujer mientras duraron las presentaciones, como si lo inquietara hacerlo. A Tomás no le dedicó más que una mirada de soslayo. Debía de saber que se trataba del Guardián de «la señora Mathwin», pero aun así se desentendió de él sin ambages, tan claramente como si lo hubiera manifestado a voz en grito. Era muy raro. Por diestro que fuera con la espada, nadie era lo bastante bueno para desdeñar a un Guardián. Soberbia. Este individuo tenía arrogancia suficiente para bastarles a diez hombres, y lo demostró con Faile, en lo que atañía a Perrin.