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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Los Aiel se las ingeniaron para pasar inadvertidos incluso en los tramos abiertos entre arboleda y arboleda, excepto cuando querían ser vistos. En cierto momento Tam empezó a torcer hacia el este, y Gaul y las dos Doncellas también se desviaron en aquella dirección.

Como había previsto maese Cauthon, la granja de los al’Seen apareció a la vista cuando el sol estaba aún en su cenit. No había ninguna otra granja cerca, si bien se divisaban unos pocos hilillos de humo de chimeneas hacia el norte y el este. ¿Por qué seguían resistiendo en este aislamiento? Si aparecían los trollocs, su única esperanza era que, de casualidad, los Capas Blancas se encontraran por los alrededores en ese momento.

La granja todavía se veía pequeña en la distancia cuando Tam sofrenó su caballo y llamó por señas a los Aiel, a quienes sugirió que buscaran un sitio donde esperar hasta que los demás se marcharan de la granja.

—No dirán una palabra sobre Abell ni sobre mí —aclaró—, pero vosotros tres haríais que empezaran a darle a la lengua aunque con la mejor intención del mundo.

Era la forma más comedida de decirlo; los Aiel, con sus extraños atuendos y sus lanzas, y siendo dos de ellos mujeres, levantarían una polvareda de comentarios. Cada uno de ellos llevaba un conejo colgado del cinturón, junto a la aljaba, aunque para Perrin era un misterio de dónde habían sacado tiempo para cazar y a la par ir siempre por delante del grupo a caballo. De hecho, parecían menos cansados que las bestias.

—Está bien —aceptó Gaul—. Encontraré un sitio donde dar cuenta de mi comida y estar pendiente de vuestra partida.

Giró sobre sus talones y se alejó rápidamente. Bain y Chiad intercambiaron una mirada; al cabo de un instante, se encogieron de hombros y también se marcharon.

—¿No van juntos? —preguntó el padre de Mat mientras se rascaba la cabeza.

—Es una larga historia —contestó Perrin. Esa escueta respuesta era mejor que explicarle que Chiad y Gaul podían decidir en cualquier momento matarse el uno al otro por un pleito familiar. Confió en que el juramento del agua siguiera surtiendo efecto. Tenía que acordarse de preguntarle a Gaul qué era eso del juramento del agua.

La granja de los al’Seen era más o menos tan grande como las que había por todo Dos Ríos, con tres graneros y cinco cobertizos para secar el tabaco. Un redil con la valla de piedra, lleno de ovejas de cara negra, abarcaba un trecho casi tan amplio como algunos pastizales, y en unos cercados había vacas lecheras con manchas blancas, separadas del ganado vacuno negro, destinado para matanza. Los cerdos gruñían satisfechos en su cochiquera, mientras que las gallinas deambulaban por todas partes, y en un estanque de buen tamaño nadaban patos blancos.

La primera cosa extraña que advirtió Perrin fue la presencia de ocho o nueve chicos encaramados a los tejados de bálago de la casa y los graneros, equipados con arcos y aljabas. Empezaron a dar voces tan pronto como divisaron a los jinetes, y las mujeres se apresuraron a meter a los niños pequeños en la casa antes de resguardarse los ojos con la mano para ver quién venía. Los hombres se reunieron en el patio de la granja, algunos empuñando arcos y otros sujetando horcas y aventadores como si fueran armas. Demasiada gente. Eran demasiado numerosos incluso para una granja de este tamaño. Dirigió una mirada interrogante a maese al’Thor.

—Jac acogió a toda la familia de su primo Wit —explicó Tam—, porque la granja de éste se encuentra demasiado cerca del Bosque de Oeste. Y también a la de Flinn Lewin después de que su granja fuera atacada. Los Capas Blancas ahuyentaron a los trollocs antes de que ardiera algo más que los graneros, pero Flinn decidió que había llegado el momento de marcharse. Jac es un buen hombre.

Al aproximarse a la granja y reconocer a Tam y a Abell, los hombres y las mujeres se agolparon alrededor de los recién llegados sonriendo y dándoles la bienvenida mientras los viajeros desmontaban. Al ver la reacción de los mayores, los chiquillos salieron de la casa, seguidos por las mujeres que se ocupaban de ellos y por otras que debían de estar en la cocina, ya que se iban limpiando las manos en los delantales. Había representación de todas las generaciones, desde la anciana Astelle al’Seen, de pelo blanco y espalda encorvada, que utilizaba el bastón para apartar a la gente de su camino más que para caminar con él, hasta un bebé en los brazos de una fornida joven que tenía una hermosa sonrisa.

Perrin miró más allá de la sonriente joven y, al instante, sus ojos volvieron presurosos hacia ella. Cuando se había marchado de Dos Ríos, Laila Dearn era una chiquilla delgada capaz de bailar hasta agotar a tres muchachos. Sólo la sonrisa y los ojos seguían siendo los mismos. Se estremeció. Hubo un tiempo en que había soñado con casarse con Laila y ella había dado señales de corresponder a ese deseo. En realidad, fue la joven la que se aferró más tiempo que él a esa idea. Por fortuna, estaba demasiado encantada con su bebé y con el tipo corpulento que había a su lado para prestarle mucha atención. Perrin también reconoció al hombre que estaba con ella: Natley Lewin. Así que Laila era ahora una Lewin. Qué extraño. Nat no sabía bailar. Dando gracias a la Luz por haber escapado de este embrollo, Perrin miró en derredor buscando a Faile.

La encontró jugueteando con las bridas mientras Golondrina le daba con el hocico en el hombro. Empero, estaba demasiado ocupada sonriendo con admiración a Wil al’Seen, un primo de la rama de Deven Ride, para hacer caso a su montura; y Wil le estaba sonriendo a su vez. Un muchacho apuesto, el tal Wil. En realidad, tenía un año más que Perrin, pero era lo bastante guapo para seguir pareciendo un muchacho. Cuando Wil bajaba a Campo de Emond a los bailes, todas las chicas lo miraban y suspiraban. Igual que estaba haciendo Faile ahora. Vale, no suspiraba, pero su sonrisa era decididamente aprobadora.

Perrin fue hacia ellos y la rodeó con un brazo mientras su otra mano descansaba sobre el hacha.

—¿Cómo te va, Wil? —preguntó con la mejor de sus sonrisas. No tenía sentido dar pie a Faile para que pensara que estaba celoso. Y no lo estaba, desde luego.

—Bien, Perrin. —Los ojos de Wil esquivaron los suyos, se detuvieron en el hacha y los retiró de inmediato al tiempo que la sonrisa se volvía forzada en su rostro—. Muy bien. —Evitando mirar de nuevo a Faile, se apresuró a reunirse con los que se apiñaban alrededor de Verin.

Faile alzó la vista hacia Perrin y frunció los labios; luego le agarró la barba con una mano y sacudió suavemente la cabeza del joven.

—Ah, Perrin, Perrin, Perrin —susurró.

El joven no estaba seguro de qué quería decir con eso, pero consideró que lo más prudente era no preguntar. Por su expresión, parecía que tampoco ella supiera muy bien si estaba enfadada o… ¿divertida? Más valía no ayudarla a decidirse.

Wil no fue el único en mirar con desconfianza sus ojos, por supuesto. En realidad, todo el mundo, grandes y pequeños, hombres y mujeres, se llevaban un sobresalto la primera vez que se fijaban en ellos. La anciana señora al’Seen le dio golpecitos con la punta del bastón, y sus oscuros y viejos ojos se abrieron como platos por la sorpresa cuando el joven gruñó; a lo mejor pensaba que no era real. Sin embargo, nadie hizo ningún comentario.

A no tardar alguien se ocupó de guardar a los caballos en uno de los graneros —Tomás condujo él mismo a su rucio; por lo visto el animal no quería que otra persona tocara las riendas— y todo el mundo, excepto los chicos encaramados a los tejados, entraron en tropel en la casa, que quedó abarrotada. Los adultos se alinearon en la sala principal en dos filas, los Lewin y los al’Seen intercalados sin ningún orden de rango en particular, mientras que los niños estaban en brazos de sus madres o relegados a asomarse entre las piernas de los mayores que se apiñaban en los umbrales de las puertas.

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