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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Jac intercambió una mirada preocupada con Flinn y con Wit, así como con el resto de los hombres presentes en la habitación.

—Si piensas que no estamos haciéndolo bien —dijo después—, ¿qué nos sugieres tú?

Perrin no esperaba esa pregunta, pues estaba convencido de que se pondrían furiosos con él, pero de inmediato empezó a exponerles sus ideas:

—Reunid a la gente. Reunid vuestros rebaños de ovejas, vuestras vacas, vuestras gallinas, todo. Reunidlos y lleváoslos a donde puedan estar a salvo. Id a Campo de Emond. O a Colina del Vigía, ya que está más cerca, aunque eso os pondría justo bajo el escrutinio de los Capas Blancas. Mientras siga habiendo veinte personas aquí y cincuenta allí, seréis piezas de caza al alcance de los trollocs. En cambio, si hay cientos de personas juntas, tendréis una oportunidad, y no será la de inclinar la cabeza ante los Capas Blancas.

Aquello sí que provocó la explosión que había esperado.

—¡Abandonar mi granja completamente! —gritó Flinn.

—¡Estás loco! —exclamó, al tiempo, Wit.

Las protestas se interpusieron unas a otras, la de hermano sobre la de hermano, las de primos entre primos.

—¿Irnos a Campo de Emond? ¡Ya estoy bastante lejos ahora para hacer algo más que echar un vistazo a los campos cada día!

—¡Las malas hierbas lo ahogarían todo!

—¡Ni siquiera ahora sé cómo me las arreglaré para la cosecha!

—¡… si las lluvias llegan…!

—¡… intentar reconstruir…!

—¡… el tabaco se pudrirá…!

—¡… sin hacer el esquileo…!

El puñetazo de Perrin sobre la repisa de la chimenea acalló sus voces.

—No he visto ningún campo arrasado, ninguna casa ni granero incendiado, a menos que hubiera gente allí. Es por la gente por lo que van los trollocs. Y, aun en el caso de que le prendieran fuego a todo, ¿qué? Se puede sembrar una nueva cosecha. Cualquier cosa hecha de piedra, argamasa y madera puede reconstruirse. Pero a esa criatura ¿podéis reconstruirla? —Señaló al bebé de Laila, y la joven lo estrechó contra sus senos mientras asestaba una mirada furibunda a Perrin, como si lo hubiera amenazado. Luego volvió los ojos hacia su esposo y hacia Flinn, pero su expresión era asustada. Se levantó un murmullo inquieto.

—Marcharnos —musitó Jac al tiempo que sacudía la cabeza—. No sé, Perrin.

—La elección es vuestra, maese al’Seen. La tierra seguirá estando aquí cuando regreséis. Eso es algo que los trollocs no pueden arrebataros. Pensad si podéis decir lo mismo respecto a vuestra familia.

Los murmullos se convirtieron en una especie de quedo zumbido. Varias mujeres se encararon con sus maridos, en especial las que tenían uno o dos críos. Ninguno de los hombres parecía presentar resistencia.

—Un plan interesante —dijo Luc, que estudiaba a Perrin. Por su expresión no había modo de saber si lo aprobaba o no—. Estaré atento para ver cómo resulta. Y ahora, maese al’Seen, he de marcharme. Sólo me detuve para ver cómo os iban las cosas.

Jac y Elisa lo acompañaron a la puerta, pero los demás estaban demasiado ocupados con sus propias discusiones para prestarle mucha atención. Luc se marchó con los labios apretados, y ello le dio que pensar a Perrin. Sin duda, las despedidas del noble resultaban tan espectaculares como las llegadas.

Jac volvió desde la puerta directo hacia el joven.

—Ese plan tuyo es audaz. He de admitir que no me entusiasma la idea de abandonar mi granja, pero lo que dices tiene sentido. Sin embargo, no sé qué pensarán de ello los Hijos. Los tengo por unos tipos desconfiados, y a lo mejor creen que todos estamos tramando algo contra ellos si nos reunimos.

—Pues que lo crean —repuso Perrin—. Un pueblo lleno de gente puede seguir los consejos de Luc y decirles que se larguen y dejen de meter las narices en los asuntos de los demás. ¿O pensáis que es mejor seguir en una posición tan vulnerable con tal de no alterar la buena voluntad de los Capas Blancas, si es que puede considerarse así?

—No. No, entiendo a qué te refieres. Me has convencido y, por lo visto, también has convencido a todo el mundo.

La apreciación de Jac parecía acertada. Los murmullos de las discusiones se estaban apagando, pero porque todos parecían estar de acuerdo. Incluso Adine, que ya estaba dando órdenes a sus hijas para que empezaran a hacer el equipaje de inmediato. De hecho, incluso hizo un gesto aprobatorio a Perrin, aunque a regañadientes.

—¿Cuándo pensáis marcharos? —le preguntó el joven a Jac.

—Tan pronto como todo el mundo esté listo. Nos dará tiempo para llegar a la granja de Jon Gaelin, en el Camino del Norte, antes de que se ponga el sol. Le contaré a Jon lo que has dicho, y a todo el mundo en el camino a Campo de Emond. Será mejor ir allí que a Colina del Vigía. Si pretendemos sacudirnos el dominio de los Capas Blancas y no sólo de los trollocs, más vale no ponernos delante de sus narices. —Jac se rascó el ralo cabello—. Perrin, no creo que los Hijos hagan daño a Natti Cauthon y a las chicas ni a los Luhhan, pero me preocupan. Si creen que tramamos algo, ¿quién sabe lo que podrían hacer?

—Tengo intención de rescatarlos lo antes posible, maese al’Seen. Y no sólo a ellos, sino a cualquiera que hayan arrestado los Capas Blancas.

—Un plan audaz —repitió Jac—. Bien, más vale que ponga en marcha a los míos si queremos llegar a casa de Jon Gaelin al anochecer. Que la Luz te acompañe, Perrin.

—Un plan muy audaz —abundó Verin, que se acercó una vez que maese al’Seen se hubo alejado, presuroso, dando órdenes para que se sacaran las carretas y para que prepararan el equipaje que podían llevar consigo. La Aes Sedai había ladeado la cabeza y estudiaba a Perrin con sumo interés, pero no tanto como Faile, que estaba junto a ella. La joven lo miraba como si no lo conociera.

—No sé por qué a todo el mundo le ha dado por describirlo así —arguyó él—. Con el término «plan» quiero decir. El tal Luc no hacía más que soltar necedades, como lo de plantarles cara a los Capas Blancas en la puerta de casa, o lo de los niños en el tejado para detectar la aparición de los trollocs. Dos caminos directos al desastre. Lo único que hice fue hacérselo notar, nada más. Tendrían que haber tomado esta decisión desde el principio. Ese hombre… —Se calló para no admitir en voz alta lo mucho que lo irritaba Luc, y menos estando Faile presente. A lo mejor lo interpretaba mal.

—Claro —musitó suavemente Verin—. No había tenido la oportunidad de ver cómo funcionaba hasta ahora. O quizá sí, pero no me di cuenta.

—¿De qué habláis? ¿Ver funcionar qué?

—Perrin, cuando llegamos, estas personas estaban dispuestas a aguantar aquí a toda costa. Tú las hiciste entrar en razón y les contagiaste tu empuje y tu entusiasmo, pero ¿crees que si yo hubiera dicho lo mismo las habría hecho cambiar de opinión? ¿O Tam o Abell? Tú, mejor que cualquiera de nosotros, sabes muy bien lo testaruda que es la gente de Dos Ríos. Has cambiado el curso que los acontecimientos habrían seguido de no haber venido tú a la comarca. Simplemente con unas cuantas frases pronunciadas con… ¿irritación? Los ta’veren tejen realmente los hilos de las vidas de otras personas con su propia trama. Fascinante. Confío en tener la ocasión de observar de nuevo a Rand.

—Sea por el motivo que sea —murmuró Perrin—, es para bien. Cuanta más gente se agrupe en un solo sitio, más seguridad habrá.

—Por supuesto. Colijo que Rand ya ha tomado la espada, ¿verdad?

El joven frunció el ceño, pero no había razón para no decírselo. Verin sabía lo de Rand y lo que significaba su presencia en Tear.

—Así es.

—Ten cuidado con Alanna, Perrin.

—¿Qué? —La costumbre de la Aes Sedai de cambiar de tema de manera repentina empezaba a desconcertarlo. Sobre todo cuando le aconsejaba hacer algo en lo que ya había pensado él y que creía mantener en secreto—. ¿Por qué?

La expresión de Verin no cambió, pero sus oscuros ojos cobraron un súbito brillo y se tornaron penetrantes.

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