Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Perrin percibió un apagado retumbo y poco después, a lo lejos, por el oeste, aparecieron veinte jinetes que galopaban apresuradamente hacia el campamento, procedentes de la dirección en la que se encontraba Campo de Emond, la misma por la que habían venido ellos. Unos cuantos minutos de retraso y sin duda los habrían visto. Sonó el toque de un cuerno, y los hombres se encaminaron hacia las lumbres donde se había preparado la cena.
A un lado se levantaba otro campamento mucho más pequeño, con las tiendas colocadas al tuntún; algunas de ellas estaban algo hundidas al haberse aflojado los vientos. Quienesquiera que las ocuparan, estaban ausentes ahora en su gran mayoría; los pocos caballos atados a una corta ringlera de estacas, que sacudían las colas para ahuyentar a las moscas, eran señal de que no había casi nadie allí. Capas Blancas no, desde luego. Los Hijos de la Luz mantenían una disciplina demasiado rígida en cuanto al orden para que aquel campamento fuera de ellos.
Entre el bosquecillo y los dos grupos de tiendas se extendía una amplia franja de hierba y florecillas silvestres que seguramente los lugareños utilizaban como pastizal, aunque no ahora, evidentemente. El terreno era bastante llano, de manera que los Capas Blancas galopando como aquella patrulla cubrirían el tramo en un minuto.
Abell llamó la atención de Perrin hacia el campamento grande.
—¿Ves esa tienda cerca del centro, con un hombre apostado a cada extremo? ¿La distingues? —Perrin asintió. El sol estaba bajo y proyectaba largas sombras, pero alcanzaba a verla bastante bien—. Ahí es donde tienen a Natti y las chicas. Y a los Luhhan. Los he visto salir y entrar, de uno en uno y siempre con un guardia, incluso para ir a las letrinas.
—Hemos intentado colarnos a hurtadillas tres noches —dijo Tam—, pero mantienen un estrecho cerco de vigilancia alrededor del campamento. La última vez por poco no conseguimos escapar.
Aquello iba a ser como tratar de meter la mano en un hormiguero sin recibir un picotazo. Perrin se sentó al pie de un alto roble, con el arco cruzado sobre las rodillas.
—Quiero pensar en esto un rato, maese al’Thor. ¿Querréis ocuparos de Wil y los demás chicos? Tened cuidado, no vaya a ser que a alguno de ellos se le haya ocurrido correr de vuelta a casa. Seguramente cabalgaría directamente hacia el Camino del Norte, sin pensarlo dos veces, y antes de que quisiéramos darnos cuenta tendríamos a un centenar de Capas Blancas husmeando por aquí para investigar. Si a alguno se le ha ocurrido traer algo de comida, ocupaos de que tomen lo que sea. Si tenemos que huir, podríamos pasarnos la noche sobre la silla de montar.
De pronto cayó en la cuenta de que estaba dando órdenes, pero, cuando quiso disculparse, Tam le sonrió.
—Tranquilo, Perrin —le dijo—. Ya tomaste el mando en casa de Jac. No es la primera vez que estoy a las órdenes de un hombre más joven que sabe ver qué hay que hacer.
—Y lo estás haciendo bien, Perrin —añadió Abell antes de que los dos hombres mayores se metieran de nuevo entre los árboles.
Perrin se rascó la cabeza, perplejo. ¿Que él había tomado el mando? Ahora que lo pensaba, en realidad ni Tam ni Abell habían tomado una decisión desde que habían salido de la granja al’Seen, limitándose a hacer sugerencias y dejando que él dijera la última palabra. Y tampoco ninguno de los dos había vuelto a llamarlo «muchacho».
—Interesante —dijo Verin, que había sacado su pequeño libro.
Perrin deseó tener la oportunidad de echar una ojeada a lo que escribía en él.
—¿Vais a advertirme otra vez que no cometa estupideces? —inquirió.
—Será aun más interesante ver qué harás a continuación —comentó, meditabunda, en lugar de contestar—. No diré que estás sacudiendo los cimientos del mundo, como es el caso de Rand al’Thor, pero Dos Ríos sí que se está sacudiendo.
—Me propongo liberar a los Luhhan y a las Cauthon —replicó, iracundo—. ¡Eso es todo! —Salvo los trollocs. Recostó la cabeza en el tronco del abeto y cerró los ojos—. Sólo hago lo que debo hacer. Dos Ríos seguirá igual que estaba.
—Claro —murmuró Verin.
Perrin la oyó alejarse, seguida de Tomás; los escarpines y las botas apenas sonaron sobre el manto de hojas del año anterior. Abrió los ojos. Faile seguía con la mirada a la pareja y, por su expresión, no parecía muy complacida.
—No te dejará en paz —masculló. La guirnalda de flores trenzadas que el joven había dejado colgando de la perilla estaba en su mano.
—Las Aes Sedai nunca lo hacen —contestó él.
—Imagino que planeas sacarlos esta misma noche, ¿no es así? —Sus ojos se habían vuelto hacia él y lo miraban desafiantes.
Tenía que ser ahora, porque había ido dando la voz de alarma y la gente sabía quién había hablado con ellos. A lo mejor los Capas Blancas no hacían daño a sus prisioneros, pero no era seguro. A su forma de ver, quedar a merced de los Hijos confiando en su clemencia era tan arriesgado como confiar en la bondad del caballo que te ha desmontado para que no te patee. Miró a Gaul, que asintió con la cabeza.
—Tam al’Thor y Abell Cauthon se desplazan con bastante cautela para ser hombres de las tierras húmedas, pero, en mi opinión, esos Capas Blancas son demasiado estirados para ver todo lo que se mueve en la oscuridad. Creo que esperan que sus enemigos sean muy numerosos y que lleguen por donde pueda vérselos.
Los grises ojos de Chiad contemplaron, burlones, al Aiel.
—¿Es que tienes intención de moverte como el viento, Soldado de Piedra? Será divertido ver a un Soldado de Piedra desplazándose ligero como una pluma. Cuando mi hermana de lanza y yo hayamos rescatado a los prisioneros, quizá regresemos a buscarte si estás demasiado viejo para encontrar el camino.
Bain le tocó el brazo, y Chiad miró a la pelirroja Doncella con sorpresa. Al cabo de un instante, un leve rubor asomó bajo el color tostado de sus mejillas. Las dos mujeres volvieron la vista hacia Faile, que seguía mirando fijamente a Perrin, con la barbilla levantada y los brazos cruzados.
El joven inhaló profundamente. Si le decía a Faile que no quería que lo acompañara, entonces era casi seguro que Bain y Chiad tampoco irían. Seguían actuando de modo que dejaban muy claro que estaban con ella, no con él. Quizá Gaul y él podrían hacerlo solos, pero no había modo de impedirle que lo siguiera si se empeñaba en ir tras él.
—Te mantendrás cerca de mí —dijo firmemente—. Lo que quiero es rescatar prisioneros, no que hagan otro más.
La muchacha se dejó caer sentada a su lado, riendo, y metió el hombro debajo del brazo de Perrin.
—Eso de estar cerca de ti es una excelente idea. —Con un rápido movimiento lo coronó con la guirnalda de flores, y Bain se echó a reír.
Perrin volvió los ojos hacia arriba; atisbaba el borde de la guirnalda colgando sobre su frente. Debía de tener un aspecto ridículo, pero no se la quitó.
El sol descendió con la lentitud de una gota de miel. Abell les trajo un poco de pan y de queso —al final resultó que más de la mitad de esos héroes en ciernes no había traído nada de comer—, y tomaron su ración mientras esperaban. Llegó la noche, iluminada por una luna casi llena pero medio oculta por algunas nubes. Perrin siguió esperando. Las luces se apagaron en el campamento de los Capas Blancas y también en Colina del Vigía; el tenue fulgor del astro se reflejaba en las ventanas por todo el oscuro montículo. Perrin hizo que Tam, Faile y los Aiel se reunieran en torno a él; veía con absoluta claridad el rostro de todos. Verin se encontraba lo bastante cerca para escuchar. Abell y Tomás estaban con los otros chicos de Dos Ríos para asegurarse de que guardaban silencio.
El joven se sentía un poco incómodo dando órdenes, así que lo simplificó lo más posible. Tam tenía que ocuparse de que todo el mundo estuviera listo para emprender galope en el momento en que Perrin regresara con los prisioneros. Los Capas Blancas irían en su persecución tan pronto como descubrieran lo que pasaba, así que necesitaban un escondite. Tam conocía un sitio, una granja abandonada que había en la linde del Bosque del Oeste.