La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Hernando apartó a la gente que ya se dispersaba y la siguió unos pasos, hasta que Isabel volvió la cabeza y lo vio.
– Seguid vos, prima -dijo, al tiempo que indicaba a la mujer en la que doña Ángela apoyaba su brazo que continuara en dirección al carmen-. Creo que en el alboroto se me ha caído un alfiler de la mantilla. Ahora mismo os alcanzo.
Mientras la veía acercarse, Hernando trató de distinguir en el rostro de Isabel el más mínimo atisbo de alegría, pero cuando la tuvo a su lado percibió las lágrimas que pugnaban por asomar a sus ojos.
– ¿Qué haces aquí, Hernando? -susurró ella.
– Quería verte. Hablar contigo, sentir…
– No puede ser… -La voz le surgió quebrada-. No vuelvas a entrar en mi vida. Me ha costado una enfermedad olvidarte… ¡Calla, por Dios! -le pidió cuando Hernando se acercó a ella para decirle algo al oído-. No me hagas sufrir de nuevo. Déjame, te lo suplico.
Isabel no le dio oportunidad de replicar. Le volvió la espalda y se apresuró para alcanzar a doña Ángela.
La negativa de Isabel le persiguió durante toda la jornada. Ya anochecido, acompañado por don Pedro, Castillo y Luna, rodeó la alcaicería granadina hasta llegar a la puerta de los Jelices, desde la que se divisaban las obras de construcción de la catedral. A sus espaldas quedaba el barrio en el que se comerciaba en sedas. Cerca de doscientas tiendas se apretaban en sus estrechos callejones. Nadie vivía por la noche en el barrio. Se cerraban sus diez puertas y un alcaide vigilaba los comercios y el edificio de la aduana en el que se pagaban los impuestos del trato de la seda.
Frente a la puerta de los Jelices se alzaba la Turpiana, el antiguo alminar de la mezquita mayor de Granada, y si la mezquita se reconvirtió en sagrario cristiano, su torre cuadrada, de poco más de trece varas de altura, lo hizo en campanario de la catedral. Pero en enero de ese mismo año se había finalizado la construcción de una majestuosa torre nueva de tres cuerpos destinada a campanario y la Turpiana, ya innecesaria, se interponía en la continuación de las obras de la seo episcopal.
Desde la puerta en la que se encontraban los cuatro hombres, se podía divisar toda la zona, tenuemente iluminada por las antorchas de los vigilantes de las obras y las de los colegios que se alzaban frente a ella. Ante ellos se abría una plaza. A la izquierda, el Colegio Real y el colegio de Santa Catalina; a la derecha, distanciada de la plaza, la catedral, de la que sólo se hallaban en pie la rotonda y la girola, así como el nuevo campanario, que lindaba con la plaza y dejaba un enorme espacio abierto y yermo entre la cabecera y la nueva torre. A escasos pasos de ellos, en el extremo opuesto del nuevo campanario, se alzaba la antigua mezquita y su alminar.
La Turpiana se estaba derribando cuidadosamente, piedra a piedra, desde arriba, para aprovechar sus sillares y evitar cualquier daño en la cubierta del templo. Observaron la torre, atentos a las conversaciones y risas que les llegaban de los vigilantes, que se encontraban fuera de su visión, en la zona central de la catedral.
– No deben vernos -susurró Castillo-. Nadie debería relacionar nuestra presencia esta noche con el hallazgo de la arqueta.
– Hay demasiada vigilancia -arguyó con cierto desánimo don Pedro-. Es imposible pasar inadvertidos.
Siguió un silencio sólo roto por los gritos de los vigilantes. Hernando, con la arqueta embreada escondida entre su capa, aspiró el aroma de la seda que impregnaba el entramado de callejuelas de la alcaicería, parecido al que tantas veces percibiera en las Alpujarras, cuando hervían los capullos e hilaban el preciado producto. «Me ha costado una enfermedad olvidarte», le había dicho Isabel. Hernando la imaginó de nuevo en brazos de don Ponce…
– ¡Hernando! -musitó junto a su oído Castillo-, ¿qué hacemos?
¿Qué hacemos?, se repitió. A él lo que le gustaría era salir corriendo a escalar la fachada del carmen del oidor y volver a deslizarse en el dormitorio de Isabel y…
El traductor lo zarandeó.
– ¿Qué hacemos? -repitió, esta vez en un tono de voz más elevado. Hernando se concentró en la plaza-. Hay demasiada vigilancia -le indicó Castillo.
¡Un noble y dos intelectuales! ¿Qué picardía podía esperarse de ellos?
– Sí -reconoció Hernando-. Parece que hay varias personas, pero no vigilarán la Turpiana. Carece de interés para ellos. En todo caso, estarán pendientes de la catedral; ésa es su misión. -Pensó durante unos instantes-. Vosotros rodead el templo y en el extremo opuesto, más allá de la calle de la Cárcel, embozaos y simulad una disputa. En el momento en que escuche vuestros gritos, entraré y subiré a la torre.
Los tres hombres no escondieron su alivio ante la propuesta de Hernando y se apresuraron en dirección a la plaza de Bibarrambla hasta llegar a la calle de la Cárcel, por debajo de la catedral. En cuanto le dejaron, volvió a pensar en Isabel. ¿Significaba su negativa que nunca más podría hablar con ella? En realidad, ¿deseaba verla de nuevo? ¿O esos sentimientos eran sólo un espejismo provocado por la ensoñadora luz de la Alhambra? Cerró los ojos y suspiró.
Unos gritos le devolvieron a la realidad. «¡Santiago!», se oyó en la noche. No lo pensó. En un par de saltos se plantó junto a la fachada de la mezquita, a la que arrimó su espalda para deslizarse pegado a ella, al amparo de las sombras. La torre no tenía entrada por la plaza; su acceso debía hallarse en el interior de la mezquita. Superó la Turpiana y se encontró en el espacio abierto donde se construía el crucero y la nave. Varios fuegos se emplazaban cerca de la cabecera abierta del templo, y los guardias, en pie, se hallaban pendientes de los gritos y el entrechocar de espadas que procedía de la calle de la Cárcel. Rodeó la Turpiana y allí mismo, entre los cimientos, encontró el acceso a la torre. Casi de costado, ascendió por una angosta escalera interior de poco más de dos palmos de anchura hasta salir de nuevo a la noche granadina. Los gritos de don Pedro y sus compañeros continuaban, pero allí arriba dejó de escucharlos: ¡podía ver la Alhambra y toda Granada! ¡Cuántas veces se habría llamado a la oración de los fieles desde aquel lugar! «¡Alá es grande!», exclamó con la arqueta en sus manos. A la luz de la luna buscó un sillar que estuviera suelto, alguno que ya hubiera empezado a ser desmontado. Lo encontró, lo separó, escarbó en el yeso que unía las piedras e introdujo en el hueco la arqueta embreada. Luego volvió a colocar el sillar. Descendió y deshizo el camino hasta la alcaicería, desde donde se dirigió a Bibarrambla y a la calle de la Cárcel para poner fin a la fingida disputa.
53
A principios de mayo de 1588, pocos días antes de que la armada española zarpara desde Lisboa a la conquista de Inglaterra, Felipe II escribió al arzobispo de Granada agradeciéndole el regalo de la mitad del velo de la Virgen María que le hizo llegar a El Escorial, al tiempo que en nombre de sus reinos se felicitaba por la aparición de tan preciadas reliquias. Poco después de que los operarios que desmontaban la Turpiana encontraran la arqueta embreada que había escondido Hernando y descubriesen el pergamino firmado por san Cecilio, el velo de la Virgen y la reliquia de san Esteban, Granada estalló en fervor cristiano. Eran las primeras y tan deseadas noticias de san Cecilio. Y la certeza de que, antes de la llegada de los musulmanes, Granada era tan cristiana como cualquiera de las demás capitales del reino, provocó en el pueblo una eclosión de éxtasis y misticismo, que la Iglesia no apaciguó en modo alguno. Muchos fueron los que a partir de aquel momento juraron haber presenciado milagros, fuegos misteriosos, apariciones y todo tipo de fenómenos prodigiosos. ¡La catedral de Granada ya disponía de sus reliquias y la fe de sus habitantes podía sustentarse en algo más que palabras!