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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Hernando sintió un escalofrío al tiempo que notaba cómo se le encogían los testículos. Acababa de leer la carta remitida por Alonso del Castillo desde El Escorial, en la que éste le comunicaba el contenido del informe del obispo Salvatierra.

– ¡Perros cornudos! -masculló en el silencio y la soledad de la biblioteca del palacio del duque.

¿Serían capaces algún día los cristianos de llevar a cabo tan horrendo acto? «Sí. ¿Por qué no?», se contestaba Castillo en la carta ante esa misma pregunta. Hacía tan sólo quince años que el propio Felipe II, instigador de revueltas y protector de la causa católica en Francia, había reaccionado con entusiasmo al saber de la matanza de la noche de San Bartolomé, en la que los católicos aniquilaron a más de treinta mil hugonotes. Si en un conflicto religioso entre cristianos, aducía el traductor en su carta, el rey Felipe era capaz de mostrar públicamente su alegría y satisfacción por la ejecución de miles de personas -quizá no católicas, pero cristianas al fin y al cabo-, ¿qué misericordia podría esperarse de él si los condenados no eran más que un hatajo de moros? ¿Acaso no había considerado el monarca español la posibilidad de ahogarlos a todos en alta mar? ¿Movería un solo dedo el Rey Católico si el pueblo se levantaba y, siguiendo los consejos de ese memorial, se lanzaba a castrar a todos los varones moriscos?

Releyó la carta antes de arrugarla con violencia. Luego la destruyó tal y como hacía con todas las comunicaciones que recibía del traductor. ¡Castrarlos! ¿Qué locura era aquélla? ¿Cómo un obispo, adalid de aquella religión que ellos mismos tildaban de clemente y piadosa, podía aconsejar esa barbaridad? De repente, su trabajo para Luna y Castillo se le mostró de todo punto intrascendente; los sucesos se les adelantaban a un ritmo vertiginoso, y para cuando Luna hubiera puesto fin a su panegírico acerca de los conquistadores musulmanes, hubiera obtenido la licencia necesaria para su publicación, y por fin el texto llegara a ojos de los cristianos, ya los habrían exterminado de una forma u otra. ¿Y si Abbas y los otros moriscos que eran partidarios de una revuelta armada pudieran llegar a tener razón?

Se levantó del escritorio y paseó por la biblioteca, arriba y abajo, ofuscado, retorciéndose las manos, mascullando improperios. Le hubiera gustado poder comentar esas noticias con Arbasia, pero el maestro había abandonado Córdoba hacía ya unos meses para pintar en el palacio del Viso, contratado por don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. Había dejado tras de sí una majestuosa capilla del Sagrario en la que destacaba la para él enigmática figura que se apoyaba en Jesucristo durante la Santa Cena.

– Lucha por tu causa, Hernando -recordaba que le animó, ya montado en una mula, de la mano de un arriero.

¿Cómo luchar contra la propuesta de castrarlos?

– ¡Perros hipócritas! -gritó en el silencio de la biblioteca.

¡Hipócrita! Así había descrito Arbasia al propio rey Felipe en uno de sus encuentros. «Vuestro piadoso rey no es más que un hipócrita», le dijo sin ambages.

– Poca gente sabe -le contó después- que el rey Felipe está en posesión de una serie de cuadros eróticos que encargó en persona al gran maestro Tiziano. Tuve oportunidad de ver uno de ellos en Venecia, una obra de arte en la que Venus, desnuda, se aferra lascivamente a Adonis. Son varios los cuadros que pintó para el monarca cristiano, con diosas desnudas en diferentes posturas. «Para que le resulten más agradables a la vista», le escribió el maestro a tu rey. Nunca una mujer cristiana osaría lanzarse sobre su esposo tal cual lo hace la Venus de Tiziano. -Por unos instantes, Hernando dejó vagar sus recuerdos hacia Isabel-. ¿Qué piensas? -le preguntó el pintor al verlo pensativo.

– En las mujeres cristianas -trató de excusarse-. En su situación…

– Vosotros no tenéis en mayor consideración a las mujeres. Sólo son vuestras prisioneras, incapaces de hacer nada por sí mismas, ¿no es eso lo que dijo vuestro Profeta?

Hernando asintió en silencio.

– Sí -reiteró tras pensar en ello-, ambas religiones las han apartado. En eso nos parecemos. Tanto es así, que hasta en la Virgen María convenimos: cristianos y musulmanes creemos en ella en forma similar. Pero es como si el hecho de coincidir en una mujer, aunque sea la madre de Jesús, careciera de importancia…

Hernando detuvo su pesaroso deambular por la biblioteca de palacio al recuerdo de la conversación sostenida con Arbasia. ¡La Virgen María! Aquél era, verdaderamente, un punto de unión entre cristianos y musulmanes. ¿Para qué empeñarse en demostrar la benevolencia de los conquistadores árabes para con los cristianos, como pretendía Luna, si disponían de un elemento de entronque indiscutible para ambas comunidades? ¿Qué mejor argumento que ése? ¡Hasta el evangelio de Bernabé coincidía con la versión que presentaban aquéllos manipulados por los papas y que los cristianos defendían como verdaderos! ¿Por qué no iniciar ese camino de unión que permitiera la convivencia entre las dos religiones a través de la única persona en la que todos parecían estar de acuerdo? España entera vivía una época de devoción mariana rayana en el fanatismo; eran constantes las exigencias a Roma para que declarase dogma de fe la concepción inmaculada de María. Ni siquiera Dios, el mismo para ambas religiones, el Dios de Abraham, podía llegar a suscitar la misma unanimidad: los cristianos lo habían desvirtuado con su doctrina de la Santísima Trinidad.

Durante algunos días no pudo concentrarse en sus labores. Ya había mandado a Granada su memorial sobre las matanzas de Juviles y, para su sorpresa, puesto que creía que tras leerlo renunciarían a su colaboración, el cabildo le solicitó información acerca de los sucesos de Cuxurio, donde Ubaid había arrancado el corazón de Gonzalico. ¿Cómo iba a excusar aquella carnicería? Allí ningún caudillo morisco había detenido las matanzas. Dejó de lado la transcripción del evangelio de Bernabé y los escritos para Luna y se empeñó en la caligrafía. Había conseguido unas buenas cañas con las que fabricar cálamos con la punta ligeramente inclinada hacia la derecha, como recomendaba Ibn Muqla; sin embargo, le costaba encontrar el punto exacto en que debía tallar esa curvatura, y por las mañanas, mientras Volador ramoneaba en las dehesas, él se apoyaba en un árbol y empezaba a cortar las puntas de las cañas que después probaría en la biblioteca.

Pero la caligrafía ya no lograba aplacar su ansiedad. No se hallaba en la disposición de ánimo necesaria para encontrarse con Dios a través de los dibujos. Después del día en que creyó haber encontrado la solución a través de Maryam, las dudas le asaltaron. ¿Cómo hacerlo? ¿Tenía razón? ¿Cómo presentarlo a los cristianos para que tuviese el eco necesario? ¿Cómo podía, él solo, afrontar tal proyecto?

Sin embargo, la realidad estaba ahí. Desde el día en que fuera al garito de Pablo Coca siguiendo al camarero, quien cumplió con su palabra y acudió al establecimiento del maestro tejedor tras las explicaciones que Hernando le proporcionó acerca de las tretas que utilizaban los fulleros para marcar los naipes -tiznándolos, con diminutas marcas sobre ellos, o con naipes de unas medidas diferentes, imperceptibles, a las del resto del mazo-, Hernando había vuelto en varias ocasiones a jugar; algunas lo hizo solo, otras acompañado por el camarero. Sabía que estaba incumpliendo el mandato que prohíbe el juego, pero ¿cuántos mandamientos más se veía obligado a incumplir en aquellas tierras?

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