La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– ¿Y Brahim? -inquirió Muhammad al-Naqsis después de que Fátima le jurase fidelidad en nombre de Shamir.
– Muerto.
El gobernador examinó a Fátima de arriba abajo sin esconder su admiración. Tenía delante a la mujer más bella, y ahora más rica, de todo Tetuán.
– ¿Y su lugarteniente? -inquirió, fingiendo aceptar la escueta respuesta.
– También ha fallecido -respondió Fátima, en tono firme aunque sin levantar la vista del suelo, como correspondía a una sumisa mujer musulmana.
«¿Fallecido? -pensó el gobernador-. ¿Eso es todo? ¿Qué habrás tenido que ver tú con ambas muertes?»
El hombre miró a Fátima con cierto respeto. Ella siguió hablando: fue un discurso breve, sin rodeos. Él tardó sólo unos instantes en decidirse a no hacer más preguntas y aceptar la ayuda que aquella generosa viuda parecía dispuesta a poner a sus pies para permitirle alcanzar la independencia.
Al día siguiente, Fátima, rodeada de plañideras, todas vestidas con ropas bastas y los rostros tiznados con hollín, escuchó versos y canciones en honor de los muertos. Después de cada verso, de cada canción, las mujeres gritaban, se laceraban el pecho y las mejillas hasta sangrar y se arrancaban los cabellos. Durante siete días repitieron aquellos ritos funerarios.
El anciano judío levantó la vista. Sus ojos se cruzaron con los de Fátima. Ambos sabían que la confesión que acababa de pronunciarse jamás sería repetida en ningún otro lugar. Él había aprendido hacía tiempo a ver, oír y callar. Su pueblo había sobrevivido, y se había enriquecido, gracias a la virtud de la discreción; sobre todo cuando dicha discreción era muy bien recompensada.
– Señora… -murmuró él entonces, señalando la misiva aún en blanco.
Fátima suspiró. Sí… Había llegado la hora. Con voz firme, empezó a dictar:
– Amado esposo. La paz y la bendición del Indulgente y del que juzga con verdad sean contigo.
54
Dios sopló y fueron dispersados.
Insignia que mandó inscribir
Isabel I de Inglaterra
Después de una estancia de dos meses en el puerto de La Coruña, y pese a varias conversaciones de paz y reuniones en las que se desaconsejaba la empresa, la gran armada zarpó definitivamente a la conquista de Inglaterra al mando del duque de Medina Sidonia, que ocupó el puesto del marqués de Santa Cruz, tras el repentino fallecimiento de éste.
Don Alfonso de Córdoba y su primogénito, junto a veinte sirvientes, entre los que se hallaba el camarero José Caro, y decenas de baúles con sus pertenencias, trajes, libros y un par de vajillas completas, zarparon en una de las naves capitanas.
Las noticias de la flota que empezaban a llegar a España no eran las que cabía esperar de la misericordia del Dios por el que habían acudido a la guerra contra Inglaterra. El objetivo de la armada era reunirse con los tercios del duque de Parma en Dunkerque, embarcarlos e invadir Inglaterra. Sin embargo, tras anclar en Calais, a sólo veinticinco leguas de donde se hallaban las tropas del duque de Parma, los españoles se encontraron con que los holandeses habían bloqueado la bahía de Dunkerque: así pues, el duque carecía de los medios necesarios para embarcar a sus soldados, sortear el bloqueo holandés y unirse a la flota. Lord Howard, el almirante inglés, no desaprovechó la oportunidad que le brindaba la flota enemiga apiñada e inmovilizada en Calais y la atacó con brulotes.
La noche del 7 de agosto, los españoles observaron cómo desde la flota inglesa partían hacia ellos, sin tripulación, a favor de viento y marea, ocho barcos de aprovisionamiento en llamas. Dos de los tan temidos «mecheros del infierno» pudieron ser desviados de su ruta mediante largos palos manejados desde chalupas, pero los otros seis se internaron entre las naves españolas disparando sus cañones indiscriminadamente y estallando en llamas entre ellas, lo que obligó a sus capitanes a cortar las amarras, abandonar las anclas y huir a toda prisa, rompiendo la formación de media luna que habían adoptado durante toda la travesía. Los ingleses atacaron al comprobar que la armada enemiga perdía su acostumbrada y segura formación y se produjo una lucha sangrienta, tras la cual los españoles se vieron empujados por el viento hacia el norte del canal de la Mancha. Por más intentos que el duque de Medina Sidonia hizo por regresar y acercarse lo suficiente a las costas de Flandes, las condiciones atmosféricas se lo impidieron. Mientras, los ingleses, sin presentar batalla, se limitaron a vigilar el posible regreso de sus enemigos.
Unos días después, el almirante español ordenó arrojar por la borda a todos los animales que transportaba la flota y, en condiciones precarias, con el agua y los víveres podridos a consecuencia de la mala calidad de los barriles fabricados con los flejes y duelas con que se tuvieron que sustituir los quemados por Drake el año anterior, las embarcaciones destrozadas y la tripulación muriendo a diario por el tifus o el escorbuto, puso rumbo hacia España por el norte, rodeando las ignotas costas irlandesas.
El 21 de septiembre, la nave del duque de Medina Sidonia, toda ella envuelta en tres grandes maromas para que no se despedazase, como si de un macabro regalo se tratase, con su almirante agonizante en una litera, atracaba en Santander junto a ocho galeones. Tan sólo treinta y cinco navíos de los ciento treinta que conformaban la gran armada consiguieron arribar a diferentes puertos. Algunos fueron hundidos durante la batalla en el canal de la Mancha; otros, los más, se perdieron en las costas irlandesas, donde los temporales se ensañaron en unos navíos destartalados, sembrando de naufragios toda la costa oeste irlandesa. Muchos otros, sin embargo, permanecían en paradero desconocido. Algunos días más tarde, un correo partía hacia Córdoba: el barco en el que navegaban don Alfonso y su hijo no había arribado a puerto.
Ante la noticia, doña Lucía dispuso que todos cuantos habitaban el palacio, hidalgos, sirvientes y esclavos, Hernando incluido, acudieran a las tres misas diarias que a tales efectos ordenó al sacerdote que oficiaba en la capilla de palacio. El resto del día el silencio sólo se veía interrumpido por el murmullo de los rosarios que debían rezar a todas horas los hidalgos y la duquesa, reunidos en la penumbra de uno de los salones. Se estableció un estricto ayuno; se prohibió la lectura, las danzas y la música y nadie osó abandonar palacio si no era para acudir a la iglesia o a las constantes rogativas y procesiones que, desde que se supo el desastre de la armada y la falta de noticias sobre tantas naves y sus tripulaciones, se organizaron en todos los rincones de España.
– Maria, Mater Gratiae, Mater Miserkordiae…
Todos de rodillas, tras la duquesa, rezaban el rosario una y otra vez. Hernando murmuraba mecánicamente la interminable cantinela, pero a sus lados, por delante o por detrás, escuchaba las voces de aquellos cortesanos orgullosos y altivos, que se elevaban con verdadera devoción. Observó en sus rostros la inquietud y la angustia: su futuro dependía de la vida y generosidad de don Alfonso y si éste moría…
– No os preocupéis, prima -dijo un día don Sancho a la hora de la comida: la mesa presentaba un aspecto sobrio, con pan negro y pescado, sin vino ni ninguna de las demás preciadas viandas que se acostumbraban a servir en palacio-, si vuestro esposo y su primogénito han sido apresados en las costas irlandesas, sus captores los respetarán. Suponen un extraordinario rescate para los ingleses. Nadie les hará daño. Confiad en Dios. Serán bien acomodados hasta que se pague su rescate; es la ley del honor, la ley de la guerra.
Sin embargo, el brillo de esperanza que destelló en los ojos de la duquesa ante las palabras del viejo hidalgo se fue trocando en llanto a medida que llegaban noticias a la península. Sir William Fitzwilliam, a la sazón capitán general de las fuerzas inglesas de ocupación en Irlanda, tan sólo disponía de setecientos cincuenta hombres para proteger la isla frente a los naturales que aún defendían sus libertades, por lo que no estaba dispuesto a consentir la llegada de tan elevado número de soldados enemigos. Su orden fue tajante: detener y ejecutar de inmediato a todo español hallado en territorio irlandés, fuera de la condición que fuese, noble, soldado, sirviente o simple galeote.