La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Aisha se sorprendió cuando uno de los dos únicos mendigos moriscos de la ciudad cerró con inusitada agilidad la misma mano mugrienta y temblorosa que poco antes suplicaba limosna a la gente que transitaba por la calle de la Feria, junto al portillo de Corbache, justo en el momento en que ella iba a darle una blanca. La mujer se quedó con la moneda entre los dedos al tiempo que el pobre lanzaba un escupitajo a sus pies y le daba la espalda. De inmediato, varios pordioseros cristianos la rodearon para hacerse con el dinero. Aisha titubeó. La ley del Profeta ordenaba la limosna, pero no a los cristianos. Sin embargo, aturdida, al ver cómo, algo más allá, aquel que acababa de despreciarla volvía a reclamar caridad, dejó caer la moneda en una de las manos abiertas que insistentemente rozaban la suya.
¡Ni los pordioseros la respetaban! Arrastró los pies en dirección a la tejeduría de Juan Marco. ¡La nazarena! Algunos ya la llamaban así tras correr por Córdoba la noticia de que Hernando estaba traicionando a sus hermanos y colaboraba con la Iglesia en la investigación de los crímenes de las Alpujarras. En esos años, la situación económica de la comunidad granadina deportada había mejorado sensiblemente: la laboriosidad de los moriscos, tan contraria a la haraganería cristiana, les proporcionó cierta prosperidad y muchos de aquellos que se habían visto obligados a vender su trabajo por míseros jornales, poseían ahora sus propios negocios. La gran mayoría completaba sus ingresos con el cultivo de pequeñas hazas en las afueras de la ciudad, junto al Guadalquivir. Hasta tal punto, que los gremios cordobeses, como sucedía en muchas otras partes, elevaron solicitudes a las autoridades para que impidiesen que los cristianos nuevos se dedicasen al comercio o a la artesanía y limitasen sus actividades a los trabajos asalariados; peticiones que cayeron en saco roto, ya que los cabildos municipales se hallaban satisfechos con la competencia comercial que planteaban los moriscos. Por todo ello, las rencillas entre cristianos viejos y nuevos se agravaban.
Aisha rondaba los cuarenta y siete años y se sentía vieja y sola. Sobre todo sola. El único hijo que le restaba no era más que un enemigo de la fe, un traidor a sus hermanos. ¿Qué habría sido de sus demás hijos?, se preguntó en el momento en que entraba en el luminoso establecimiento del maestro tejedor. Shamir. Fátima y los niños. ¿Cómo sería su vida en manos de Brahim? Por las noches, quieta y acongojada, trataba de espantar las imágenes que la asaltaban de Fátima violentada por Brahim; de su propio hijo y de su nieto Francisco, quizá azotados en uno de los barcos, obligados a bogar como galeotes. Pero las imágenes volvían una y otra vez y, confundidas en un trágico aquelarre, atacaban sus duermevelas. ¡Musa y Aquil! Se sabía que todos aquellos niños que fueron entregados a los cristianos tras el levantamiento habían sido evangelizados o vendidos como esclavos. ¿Seguirían vivos sus hijos? Aisha se llevó el antebrazo a los ojos y detuvo las lágrimas que ya afloraban. ¡Más lágrimas! ¿Cómo podían esos ojos agotados llorar tanto?
Ganaba un buen salario, sí. Todos parecían saber que Hernando estaba detrás de ese privilegio, y desde que ella empezó a oír cómo en su propia casa la llamaban nazarena, en susurros, aquellos dineros de poco le sirvieron. Nadie le hablaba. Primero le desapareció algo de comida. Y calló. Luego, allí donde ella guardaba los víveres, encontró mendrugos secos de harina de panizo. Y siguió callando, aunque no por ello dejó de comprar víveres que comían los demás. Un día encontró su habitación invadida por una familia con tres hijos. Volvió a callar y continuó pagando como si la utilizara ella sola. ¿Y si la echaban? ¿Dónde iría? ¿Quién la admitiría? Aun con dinero, no era más que la nazarena y allí tenía un techo. Otro día, al volver del trabajo, se topó con sus pertenencias amontonadas en el zaguán de entrada, donde dormía desde entonces, acurrucada junto a la puerta de entrada de la casa.
En la trastienda de la tejeduría, donde se tejía el tafetán en cuatro telares, Aisha se dirigió a su puesto de trabajo, frente a una serie de cestas en las que se apilaban los hilos de seda previamente tintados divididos por colores: azules, verdes y tonalidades diversas; dorados, el conocido rojo de España, o los preciados carmesíes, obligatoriamente tintados con cochinilla, colorante que se obtenía de un pulgón que vivía en las encinas, nunca con brasil. Ella tenía que encañarlos, desenredar los cabos de los hilos y después preparar la urdimbre reuniendo uno a uno los hilos de igual longitud hasta devanarlos y enrollarlos alrededor del huso de hierro que se utilizaría en los telares. Cogió un taburete y, tras llevarse la mano a los riñones en gesto de dolor, se sentó delante de un cesto. ¿Por qué la había abandonado el Todopoderoso?, se lamentó ante una madeja de hilos colorados.
Más allá del estrecho que separaba España de Berbería, en un lujoso palacio de la medina de Tetuán, Fátima dictaba una carta a un comerciante judío al que prometió una buena cantidad de dinero por escribirla en árabe, hacerla llegar a Córdoba a través de alguien de su confianza y volver con la respuesta.
– Amado esposo -empezó a dictar con el nerviosismo presente en su voz-. La paz y la bendición del Indulgente y del que juzga con verdad, sean contigo…
Fátima se detuvo, ¿qué decirle a quien hacía siete años que no veía? ¿Cómo hacerlo? Tenía preparado su discurso, lo había meditado entre los recuerdos, el llanto y la alegría, pero en el momento de la verdad no le surgían las palabras. El judío, ya mayor, paciente, levantó la mirada del papel y la fijó en la mujer: bella, soberbia y altanera, dura y fría, con una severidad que ahora parecía sucumbir ante la duda. La observó andar de un lado a otro de la estancia hasta atravesar los arcos que daban al patio y volver a entrar; llevarse los dedos cargados de anillos a los labios para luego entrelazarlos por debajo de sus pechos o hacer un gesto al aire con la mano extendida, como si esperase que aquel ademán lograse atraer la fluidez verbal que parecía haberla abandonado.
– Señora -dijo con respeto el comerciante convertido en amanuense-, ¿os puedo ayudar? ¿Qué queréis decirle a vuestro amado?
Los ojos negros de Fátima, brillantes y gélidos, se posaron en el judío. Lo que quería decirle no cabía en una simple carta, estuvo a punto de contestarle. Quería contarle algo tan sencillo como que Brahim había muerto y que deseaba que Hernando fuera a encontrarse con ella en Tetuán. Que ya nada impedía que fueran felices y que lo esperaba. Pero ¿y si se había casado de nuevo? ¿Y si él ya había encontrado su felicidad? Habían pasado siete años…
¡Siete años de sumisión absoluta! Fátima se plantó delante del viejo judío que continuaba observándola con el cálamo en la mano.
– Fue un grito -susurró. El anciano hizo ademán de mojar el cálamo en tinta pero Fátima se lo impidió-. No. No lo escribas.
Fue un grito el que me despertó, el que me trajo de nuevo a la vida.
El anciano dejó el cálamo sobre el escritorio y se acomodó en la silla, animando a la señora a continuar con la historia que pretendía relatar. Sabía de la muerte de Brahim; todo Tetuán sabía de su asesinato.
– ¡Perro asqueroso! -continuó Fátima-. Eso fue lo que escuché que le gritaba Shamir a Nasi luego, tras el insulto, comprendí que el niño de dieciséis años ya se había convertido en un hombre, curtido en la mar, en los asaltos a las naves cristianas y en las incursiones en las costas andaluzas. Sucedió en el patio, allí mismo -añadió señalando hacia la maravillosa fuente que ocupaba el centro del patio porticado, a ras de suelo, con un surtidor que expulsaba el agua desde el centro de un mosaico circular compuesto por diminutas piedras de colores que formaban un dibujo geométrico-. Contemplé cómo Nasi, diez años mayor que él, el temido corsario de Tetuán, cruel donde los haya, echaba mano a su alfanje ante la ofensa. Temblé. Me encogí como llevaba haciéndolo en esta miserable ciudad desde que puse el pie en ella. Mi pequeño Abdul, con sus ojos azules airados, acompañaba a Shamir. El reflejo de la hoja del alfanje de Nasi, que éste blandía hacia los muchachos, me cegó y creí desfallecer. -Fátima calló con los recuerdos perdidos en aquel momento; el judío no osó moverse. De repente la señora lo miró-. ¿Sabes, Efraín? Dios es grande. Shamir y Abdul retrocedieron unos pasos, pero no fue para escapar como yo deseaba, sino para desenvainar sus armas, los dos al tiempo, juntos, codo con codo, con las piernas firmemente plantadas en el suelo, como si fueran una sola persona, sin el menor atisbo de miedo. Shamir ordenó a Abdul que se retrasase, que lo dejara solo, y mi pequeño lo hizo, y le guardó las espaldas en un movimiento que parecían haber realizado miles de veces. «¡Perro!», insultó de nuevo Shamir a Nasi, manteniendo firme su alfanje por delante de él. «¡Cerdo piojoso!», volvió a insultarle.