Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
1 ... 166 167 168 169 170 171 172 173 174 ... 229
Перейти на страницу:

Los espías de Felipe II y aquellos soldados que con la ayuda de los señores irlandeses lograron escapar a través de Escocia se explayaron en el relato de estremecedoras matanzas de españoles; los ingleses, sin la menor compasión o caballerosidad, mataban incluso a quienes se rendían.

Entonces Hernando, preocupado por la suerte de quien le había tratado como un amigo, empezó también a temer por su propio porvenir. Las relaciones con la duquesa habían empeorado aún más en los últimos tiempos a raíz del conocimiento de sus amoríos con Isabel. Al igual que don Sancho, doña Lucía no le dirigía la palabra; la altiva noble ni siquiera lo miraba y Hernando parecía haberse convertido en una rémora impuesta por aquel de cuya vida nada se sabía. Quizá en otras circunstancias no le hubiera dado mayor importancia: odiaba la hipocresía de tan ocioso tipo de vida, pero el favor del duque, su biblioteca y las decenas de libros a los que tenía acceso, así como la posibilidad de dedicarse por entero a la causa de la comunidad morisca tras el espectacular éxito del descubrimiento del pergamino en la Torre Turpiana, eran algo a lo que no quería ni podía renunciar, por más incómoda que se le hiciera su estancia en el palacio del duque. El cabildo catedralicio encargó la traducción del pergamino precisamente a Luna y Castillo y él, Hernando, acababa de conseguir dar el sutil punto de curvatura hacia la derecha a la punta de los cálamos. Y como si su mano sirviese a Dios, llegó a dibujar sobre el papel las más maravillosas letras que pudiera haber imaginado.

En septiembre de aquel año, al tiempo que toda España, su rey incluido, lloraba la derrota de la gran armada, un joven judío tetuaní provisto de cédulas falsificadas que lo acreditaban como comerciante de aceites malagueño, llegaba a Córdoba acompañando a una caravana a la que se había unido en Sevilla.

Tras superar la aduana de la torre de la Calahorra, mientras cruzaba el puente romano a pie, al lado de unas mulas, el joven fijó su mirada en la gran obra que se abría justo frente a ellos, más allá del puente y de la puerta de acceso a la ciudad. Recordó las palabras de su padre.

– Por delante del puente encontrarás la gran mezquita sobre la que los cristianos están construyendo su catedral -le había explicado éste antes de que partiera, repitiendo las indicaciones de Fátima, hablándole en castellano para recordarle el idioma que sólo utilizaban para tratar negocios con los cristianos que acudían a Berbería. ¡Y ahora allí estaba!

El hijo de Efraín, del mismo nombre que su padre, perdió el paso ante la monumental estructura que se alzaba por encima del bajo techo de la mezquita, con unos majestuosos arbotantes a la espera de que se construyesen el cimborrio y la cúpula que debían coronar el templo.

– En la fachada principal de la catedral, al otro lado del río, donde se alza el campanario -había continuado su padre-, encontrarás una calle que asciende hasta la de los Deanes y que llega a otra conocida como la de los Barberos para después, algo más arriba, llamarse de Almanzor…

La voz del anciano judío tembló.

– ¿Qué sucede, padre? -se preocupó Efraín, adelantando una mano para ponerla sobre su antebrazo.

– Esa zona a la que debes dirigirte -explicó tras carraspear-, es precisamente la antigua judería de Córdoba, de donde nos expulsaron los cristianos no hace todavía un siglo. -La voz del anciano volvió a temblar. Fátima le explicó dónde estaba la casa patio en la que vivían y él escuchó con paciencia a la señora. ¡Cuántas veces había escuchado la descripción de aquellas calles de boca de su abuelo!-. Allí están tus raíces, hijo, ¡respíralas y tráeme algo de ese aire!

La mujer que le recibió en la casa patio no le dio noticia de aquel Hernando Ruiz, cristiano nuevo de Juviles, a quien debía encontrar para entregarle la carta que llevaba escondida bajo su camisa; es más, le echó sin contemplaciones cuando el muchacho insistió en que en esa vivienda había vivido antes una familia morisca.

– ¡Ningún hereje ha pisado nunca esta casa! -le gritó, y cerró la puerta que daba al zaguán.

«Si por algún motivo no lo encontrases -le había indicado su padre-, deberás dirigirte a las caballerizas reales. Según la señora, allí seguro que te darán nuevas de él.» Efraín preguntó cómo llegar, desanduvo el camino, pasó por delante del alcázar, residencia del tribunal del Santo Oficio, y llegó a las cuadras.

– No sé de quién me hablas -le contestó un mozo con el que se topó nada más cruzar el portalón de entrada-, pero si se trata de un cristiano nuevo, pregunta en la herrería. Seguro que Jerónimo sabrá de él; lleva muchos años trabajando aquí.

Superado el zaguán de entrada y la nave de cuadras, Efraín se encontró con el picadero central, donde varios jinetes domaban potros. El joven judío se detuvo unos instantes. ¡Qué diferentes eran aquellos caballos de los pequeños árabes de su tierra! Desde el zaguán, el mozo le llamó la atención y le ordenó continuar hacia la herrería. ¿Por qué el tal Jerónimo debía saber de un cristiano nuevo?, se preguntó mientras caminaba en su busca. Encontró la respuesta en la tez oscura y en las facciones árabes del herrador, que lo recibió con una sonrisa que se borró en cuanto supo el motivo de su visita.

– ¿Qué quieres de Hernando? -espetó.

Efraín dudó; ¿a qué ese recelo? Entre yunques, el horno encendido, herramientas y barras de hierro, el herrador se irguió ante él cuán grande era, respirando con fuerza a través de su nariz bulbosa.

– ¿Lo conoces? -inquirió el joven con firmeza.

En esta ocasión fue el herrador quien dudó.

– Sí -reconoció al fin.

– ¿Sabes dónde puedo dar con él?

Jerónimo dio un paso hacia el joven.

– ¿Por qué?

– Eso es asunto mío. Sólo te pregunto si sabes dónde puedo encontrar al tal Hernando. Si es así y quieres decírmelo, bien; en caso contrario, no pretendo molestarte, ya lo buscaré en otro lugar.

– No sé nada de él.

– Gracias -se despidió Efraín con la convicción de que el árabe le engañaba. ¿Por qué?

El herrador no estaba dispuesto a dar referencia alguna de Hernando, pero quizá fuera conveniente enterarse de las intenciones del visitante.

– Pero sí sé dónde puedes encontrar a su madre -rectificó.

Efraín se detuvo. «La señora exige que la carta le sea entregada a él personalmente o a su madre. Se llama Aisha. No debes hacerlo a ninguna otra persona», le había advertido su padre.

¿Qué sucedía con aquella familia?, se preguntaba Efraín cuando llegó ante la puerta de la casa de Aisha, en una callejuela estrecha del barrio de Santiago, en el extremo opuesto de la ciudad. Era evidente que Jerónimo le había mentido; sus ojos oscuros le delataban, y cuando preguntó por Aisha a unas mujeres que trajinaban con tiestos y flores en el patio del edificio, éstas le miraron con desdén. Efraín era un joven fuerte, probablemente no tanto como el herrador, pero con seguridad más que el morisco que acudió a la llamada de las mujeres. Y estaba cansado. Durante jornadas había caminado desde el puerto de Sevilla, adonde arribó en un barco portugués que había zarpado de Ceuta, y llevaba todo el día de un lugar a otro buscando al tal Hernando Ruiz o a su madre, arriesgándose a que cualquier altercado pudiera originar su detención y poner de manifiesto su condición de judío o la falsificación de su cédula como vendedor de aceites.

1 ... 166 167 168 169 170 171 172 173 174 ... 229
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)